Al hueco del Canal no se llega por casualidad. Nadie ajeno entra por equivocación. Probablemente nadie ajeno tiene algo que buscar allí. En el mismo centro, unos zinc agujereados — las piedras de una pelea causaron esos hoyos, me explican— previenen al visitante. Un anticipo que espanta.

En el hueco hay un solar, algunas casas corrientes, un pasillo y una cuartería. Abundan tablas podridas cubiertas por metales, cubiertos a su vez por óxido.

Todos en el Canal de Cerro saben que es más prudente mantenerse alejado del 15. El 15 es la médula del barrio. Zona de broncas, mutilaciones, droga… tierra agresiva. Este entresijo, más que un número, es una advertencia para el ajeno y una especie de estigma de supremacía para el propio. Quien vive dentro se sabe poderoso, a veces, podría decirse que temido.

A la cárcel no vuelvo

El canal tiene una calzada principal, la calle Salvador. Lo demás son calles que se entrelazan, o callejones. Recreo, por ejemplo, se cruza con San Cristóbal. Y en ese cruce nace el 15. En la calle Recreo también vive Eduardo a un par de cuadras de la cuartería y de los zincs porosos.

Eduardo, con 25 años, ha estado dos veces en prisión.

Ha tenido también más trabajos de los que puede recordar. Algunos durante meses, otros no le duraron ni siquiera semanas. Eduardo fue camillero, pescador, auxiliar de herrería, podador de áreas verdes, criador de palomas, técnico automotriz… “delincuente”.

Foto: Yander Zamora

“La primera vez que estuve preso fue a los 17 años por tentativa de robo. Me soltaron rápido porque no se consumó el delito. De ahí fui saltando de pincha en pincha. Hasta hace unos años que en medio de una borrachera, mi hermano me embulló para asaltar un tipo, supuestamente andaba con mucho dinero encima. El resultado: pasé casi 10 meses en una prisión de verdad.

“Durante ese tiempo es como estar en un cementerio. Socialmente estás muerto. Ni amigos, ni familia. No tienes nada. Además, la cárcel está llena de hombres que no son normales. Un hombre sin miedos no es normal. Se vuelve muy peligroso. Allí tienes que cerrar los ojos y subsistir sin meterte en líos. Hay gente que no tiene nada que perder y te pueden joder la vida.

“Afortunadamente en agosto termino mi libertad condicional y concluyo la pena. A la cárcel no vuelvo”.

Hoy Eduardo trabaja de 12 a14 horas diarias en un taller de chapistería. Desde las 8:00 am hasta las 10:00 de la noche, a base martillo y cincel moldea, sobre una plancha de metal, algunas piezas para los autos. Es su rutina desde hace un año, lo hace exactamente desde que nació Dylan.

“Con Amanda embarazada yo estaba de camillero. Era sencillo y me gustaba, pero con 535 pesos no se puede mantener un niño. Esas mismas sandalias que tiene puestas —me dice mientras señala al pequeño que corre feliz por la sala— costaron 20 CUC (480 pesos). Si siguiera en el hospital, el mes que le compre zapatos a mi hijo no le puedo comprar comida.

“Desde que llegó este chiquito he cambiado por completo: la personalidad, el fundamento, las acciones, no derrocho mi dinero, pienso las cosas antes de hacerlas. Antes yo trabajaba, o no, pero sin presiones. Ahora lo hago siempre. No soy capaz de levantarme y no hacer nada. No me preocupa desgastarme en el taller, lo importante es que él no carezca.

Foto: Yander Zamora

“Unos años atrás era un loco de madre. Dylan Eduardo me cambió. Después de que lo tengo jamás me ha pasado algo malo por la cabeza. Él necesita crecer con sus padres. Si no estoy a su lado, ¿quién va a darle lo que requiere?, ¿quién va a cuidarlo? Luego de tener un chama todas esas cosas las tienes en cuenta”.

En el canal del Cerro las casas no tienen un portal, las puertas están pegadas a la calle. Quizás por eso muchos han hecho de las aceras sus propios portales. Tirados en ellas beben, conversan, se gritan de un callejón a otro, arman una mesa de dominó. Hay esquinas donde se desbordan aguas negras y pestilentes, pero a algunos parece no importarles y también se sientan en esos bordes. En una de estas esquinas vive Eduardo.