Michael Sánchez puede pasar inadvertido como el profesor universitario que es casi todos los días. Con solo mirarlo nadie sabría que coordina un grupo para promover la investigación, conservación y difusión de la arqueología (ARKREA) desde iniciativas vinculadas al arte.

Pero Michael tiene más de dos pasiones. Existe un tercer momento en que cada gesto suyo causa sensación: cuando se pone un traje de arlequín y actúa como estatua viviente en la acera del Hotel Ambos Mundos, en La Habana Vieja. Entonces sí que todos lo miran, incluso se detienen a tomarse fotos con él.

Licenciado de la carrera Preservación y Gestión del Patrimonio Histórico-Cultural y miembro del proyecto Gigantería desde hace algunos años, Sánchez comenzó a ponerse otra piel por necesidad económica: “Tenía que arreglar un refrigerador, mi hija estaba a punto de nacer y como ya conocía ese mundo, vi una buena opción para obtener dinero. Con el tiempo he descubierto que es algo bonito y he hecho muchas cosas sin cobrar”.

Con su hija Helena. Foto cortesía del entrevistado (o protagonista)

“Cuando me aprieta el zapato, en buen cubano cuando tengo el bolsillo vacío, salgo a la calle a jugar pues yo me divierto junto con los espectadores. Regalo pequeños mensajes de amor que la gente guarda, llamo a las personas que veo tristes, les toco las manos, las miro fijamente, les saco una sonrisa”.

Al principio, Michael necesitó el apoyo de amigos que lo cuidaban mientras trabajaba como estatua: “Puede pasarte cualquier cosa y es mejor precaver”. En su opinión, no todos están educados para la apreciación, por eso son comunes las ofensas y las agresiones físicas. En su caso, hasta han llegado a tocarle los genitales. “Hay quienes comprenden que es arte, otros lo relacionan con la vagancia, la marginalidad…”.

“Es también difícil porque mientras represento el personaje suceden ilegalidades delante de mí y no puedo hacer nada. Las personas hablan de sustancias ilícitas al lado mío como si yo fuera una piedra, de hecho tengo que comportarme como tal”, me comenta y bromea con la posibilidad de convertirse en policía para sacarle provecho a todo el conocimiento de los negocios underground que ha adquirido.

El arlequín junto a otra estatua viviente

“A veces pasan mis alumnos y quieren aclarar dudas o me preguntan si tienen que entregar tal tarea para mañana. Cuando estaba haciendo mi tesis de licenciatura en el Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana donde hoy soy profesor, me sucedió algo muy singular: mi tutor caminaba por la zona con una delegación extranjera, se detuvieron frente a mí y yo pensé que hablaban sobre este tipo de estatuas en La Habana. A los pocos minutos, se me acerca uno de los señores y me dice: «Muy interesante tu tema de tesis, recuerda avisarnos cuando la termines». Me quedé estupefacto. En momentos como esos no sé qué hacer: si hablar, si moverme…”.

Dentro de muy poco nacerá su segunda hija. Han quedado atrás sus años de estudio en la Escuela de Veterinaria mientras buscaba un camino para cumplir el sueño de ser biólogo, y las experimentaciones en la artesanía y en la joyería, como respeto a una tradición familiar. Ahora, además de ser padre las 24 horas y arlequín los fines de semana, organiza expediciones a sitios arqueológicos poco conocidos para que sus alumnos los descubran, realiza investigaciones para demostrar las potencialidades de este tipo de patrimonio en el desarrollo de las comunidades y coordina talleres para educar a niños y a adolescentes en esas temáticas.

De expedición junto a sus alumnos en el Valle de Viñales

Le molesta que en Cuba exista una percepción social inadecuada sobre los arqueólogos, que las personas le repitan que pierde su tiempo «si aquí no hay nada que excavar»: “La mayoría desconoce que alrededor de la Isla hay más de 3000 barcos hundidos y a lo largo del territorio nacional existe una gran variedad de sitios arqueológicos. Esa actitud es comprensible hasta cierto punto, pues ni siquiera tenemos una carrera universitaria que se dedique íntegramente a la Arqueología, yo mismo solo tengo una especialidad de dos años como parte de otro programa de estudios.”

Con Michael, el profesor de San Gerónimo, el coordinador de ARKREA, nunca me había cruzado; o quizás sí, pero su rostro pasó desapercibido. Al dorado personaje que interpreta en las calles sí lo había visto un montón de veces. Él ya está acostumbrado a eso.

“El muchacho que trabaja en el Colegio” es un desconocido para la mayoría de la gente, al “arlequín que a veces anda por el Hotel Ambos Mundos” enseguida lo reconocen. “Nos vemos por la calle Obispo”, me dice al despedirse. Ya no sé si quien me habla es el joven que quiso ser biólogo, el artesano, el joyero o el arqueólogo arlequín que decidió darle un vuelco a su destino.