La basura cerraba la calle. Colmaba los dos tanques y alcanzaba diez metros de largo. Los carros no podían circular. Los transeúntes caminaban tanteando. Hacía más de un mes que los trabajadores de servicios comunales no pasaban por la esquina de Cisneros y Nápoles Fajardo, en el Consejo Popular Párraga del municipio Arroyo Naranjo, cuando Carmem Mayletet Cancio vio en esa intersección a niños retozando en el coctel de inmundicias, tirando piedras y escachando caracoles gigantes africanos.

Se preocupó porque vive a dos casas del vertedero, tiene una hija de cinco años que sale a jugar con esos mismos chicos y ha visto en la televisión las advertencias sobre el molusco. Entonces cogió su teléfono móvil, hizo par de fotos y divulgó en su perfil de Facebook la insalubre situación. La publicación llegó a ser compartida más de mil novecientas veces, tuvo cientos de comentarios y reacciones.

Sobre la Loma de la Esperanza, a pocos metros de casa de Carmem, quedan en pie los vestigios del Hospital Materno Infantil Lebredo. De allí baja el caracol gigante africano, considerado una de las cien especies exóticas invasoras más dañinas del mundo.

—Es que eso está al abandono –explica Carmem–. Nadie chapea el monte ni se preocupa por él.

Así quedó el Hospital Materno Infantil Lebredo tras ser cerrado en 2003 y posteriormente desmantelado por la población (Foto: Hitchman Powell).

Así quedó el Hospital Materno Infantil Lebredo tras ser cerrado en 2003 y posteriormente desmantelado por la población (Foto: Hitchman Powell).

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Hace 20 años que Herminio Rodríguez Aguilarte vive con su familia a media cuadra de las ruinas del hospital. Su casa está rodeada de árboles, terrenos vacíos y malezas. El patio es abierto, espacioso, de tierra. Herminio cría cerdos, gallinas, varios perros. La calle del CDR #7, Antonio Vázquez Parada, al que pertenecen, es un camino polvoriento sin asfalto ni acera. Son alrededor de 50 personas inscritas en 18 hogares que permanecen con las puertas abiertas. No existe el hermetismo de la ciudad.

—Nosotros conocimos el caracol antes de que lo mostraran en las noticias. En enero empezaron los primeros cerca de mi portal. Los veíamos extraños. Imaginamos que no eran buenos. Tuve hasta pesadillas con ellos –cuenta Herminio.

Desde hace tres meses cierra las ventanas al oscurecer. La plaga se ha vuelto incontenible. Cada mañana, antes de que el sol despegue, Herminio sale con una jaba de nailon a recolectar los moluscos más próximos. La llena con 15 o 20. Es una esclavitud.

De noche, cuando están en su apogeo, vuelve a salir con una linterna que compró especialmente para eso. Se ha convertido en rutina: ponerse guantes, apilar caracoles en la bolsa y luego rociarlos con creolina, un desinfectante. “Cuando la echas gritan como si fueran pajaritos y botan espuma”.

Herminio tiene que dedicar cada mañana a la recogida del molusco invasor (Foto: Hitchman Powell).

Herminio tiene que dedicar cada mañana a la recogida del molusco invasor (Foto: Hitchman Powell).

Con el tiempo los ha ido conociendo. En período de lluvia sabe que proliferarán aún más. Los aguacates podridos funcionan como una especie de trampa. Herminio los deja en lugares estratégicos y antes de que amanezca revisa cada uno: allí están los caracoles saboreándose.

La cantidad de dinero gastado en jabas no la sabe. Diez pesos por semana aproximadamente. Más el pomo de creolina, que le cuesta 30 pesos y rinde para un mes. Con sal nunca ha probado. Dice que es absurdo. “Un camión de sal no alcanza para matar los que he recogido”.

Aunque en el país no se reporta de manera oficial ningún paciente con meningitis a partir de esta plaga, sí se han comprobado animales con alta carga infecciosa. “Me pregunto qué fuera de nosotros si no recogiera todas las mañanas”, dice Herminio. “La casa estuviera minada. El Estado debería traer una brigada de saneamiento, porque la otra solución es mudarse”.

Vivian Torres, presidenta del CDR, asegura que la queja no ha sido tramitada formalmente, aunque todo el vecindario está afectado. Sin embargo, el Policlínico Párraga y el Instituto de Investigaciones de Sanidad Vegetal están informados de las circunstancias, porque varios vecinos se han acercado requiriendo ayuda. Uno de ellos, Julio Norlen, tiene un bebé de un año al que no deja salir a jugar porque teme que agarre un caracol y, por ejemplo, se lo lleve a la boca.

—La respuesta siempre es la misma: que el trabajo es individual –afirma Vivian Torres–. Que hay que matarlos con sal, o con cal. Y no hay ni sal ni cal. Mi preocupación es el hospital Lebredo, minado totalmente. Eso no es de nadie. ¿Quién lo va a limpiar?

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A sus 87 años, Luis Collado se ve obligado a recoger diariamente los moluscos para evitar que entren a su casa (Foto: Hitcham Powell).

A sus 87 años, Luis Collado se ve obligado a recoger diariamente los moluscos para evitar que entren a su casa (Foto: Hitcham Powell).

Mientras recogían ciruelas en el patio, Caridad Rosa, de 70 años, y su esposo Luis Collado, de 87, se percataron del peculiar molusco que andaba por las ramas y los frutos. Después desapareció el bejuco de boniato, la yuca y una planta de albahaca que tenían sembrados en un pequeño huerto al lado de la vivienda. “Enseguida supimos que se trataba del caracol gigante africano. Ya por el televisor aclaraban los daños que ocasionaba a la agricultura”, apunta Collado.

Al inicio los aniquilaban con sal. “Pero, imagínate. Nos dan dos paqueticos al mes en la bodega y en la tienda a veces no hay. Opté por meterlos en alcohol, pero se acabó y no tengo de dónde sacar. A veces cogía una piedra grande y los aplastaba a todos en un mismo lugar y limpiaba para eliminar los restos”.

Rosa y Luis saben que esta no es la manera indicada de hacerlo. Por eso, Rosa buscó el calentador en forma de tornillo gigante que le dieron a inicios de la Revolución Energética, hirvió agua en un cubo y cogió un palo y un recogedor de aluminio. Amontonó alrededor de 15 y los sumergió. “Matarlos con agua caliente es lo más efectivo”, asevera.

Pese al esfuerzo diario, a los vecinos de la comunidad les será muy difícil erradicar la presencia del caracol gigante africano (Foto: Hitchman Powell).

Pese al esfuerzo diario, a los vecinos de la comunidad les será muy difícil erradicar la presencia del caracol gigante africano (Foto: Hitchman Powell).

El matrimonio también ha tenido que adaptarse a la nueva forma de vida. Él camina vagamente con un bastón. Ella tiene diabetes y padece de presión arterial alta. Los caracoles están en todos lados: debajo de los tanques del patio, en las plantas, camuflados con las piedras.

En junio Rosa recogió seis: tres grandes y tres chiquitos. Los colocó en un pote de helado envuelto en una jaba y fue hasta la entidad de Sanidad Vegetal. “Eso no hace nada”, fue la respuesta recibida. A Rosa no le bastó. Agrupó otros, los llevó al policlínico y una enfermera alegó que ellos no tenían nada que ver con la plaga. No dijo nada, cogió su jaba y la zumbó en cualquier tanque de basura.

Los pobladores de Párraga parecen estar condenados a una invasión.

 

Este texto fue publicado originalmente en Periodismo de Barrio y su autor es Sabrina López. Se republica íntegramente en elTOQUE con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.