En uno de los salones de espera del hospital Arlando Milián de Santa Clara dos personas usan nasobucos. Están separados del resto que espera para entrar a una de las consultas del segundo piso.

Una señora entre la multitud tapa su boca con una gasa blanca, de esas que reparten en las canastillas para hacer pañales.

Con suerte, mientras espero a ser llamada para retirar la sutura de una operación de cordales, alcanzo a sentarme lejos del resto de los pacientes.

En el pasillo, tres doctores comentan la Mesa Redonda de este lunes. Hay una mezcla de escepticismo y preocupación en sus rostros. Desde mi puesto alcanzo a escuchar que a la doctora pelirroja le preocupa su madre jubilada, por estos días metida en tantas colas “necesarias”: pollo, detergente, jabón, pasta de dientes —menciona mientras enumera con los dedos.

La zona donde estuvo el cordal me duele. No ha dejado de doler desde que lo extrajeron hace una semana. Entre ibuprofenos vencidos desde 2013 —dice el médico que si no cambia el color y consistencia todavía sirve— y la amoxicilina —guardada desde hace más de un año y que se acabó al tercer día del tratamiento—, estos últimos días han sido terribles. Por suerte, por esa manía —pura resiliencia— de guardarlo todo, hasta lo aparentemente innecesario, pude hacer casi todo el tratamiento que indicó el doctor para evitar una infección.

Mientras examino en un espejo la inflamación de mi rostro, escucho a alguien toser. Tose varias veces, aunque con un minuto entre tos y tos. Busco en el salón de dónde viene la tos seca. Es un señor en la ventana. Tose sin taparse el rostro. No usa pañuelos, las manos y mucho menos la parte interna del codo —como debería ser. Estoy lejos, me siento a salvo.

Reviso el celular. Tengo un mensaje de un amigo canadiense. Ha decidido no venir. George suele visitar Cuba dos veces al año. Ha pospuesto el viaje de marzo. No quiere correr riesgos en aeropuertos o enfermarse aquí y verse “solo, extranjero y aislado”. Además, los del seguro médico fueron tajantes: no cubre las epidemias.

Suelto el celular. Bajar mucho tiempo la cabeza me estremece la cara. A veces siento que el corazón está entre mis dientes de la derecha: todo me late. Me late y me duele.

Vuelvo a ver a la pareja con máscaras: continúan alejados del resto, de pie frente a la puerta clausurada del baño. La mascarilla de él es azul claro y la de ella, blanca. Son desechables, aunque luego de usarlas hoy no las desechen. De esas mismas vendieron en Las Tunas, a 10 pesos (CUP) cada una.

Mi amiga Ainet Ravelo me contó hace una semana que los “merolicos” del ferrocarril las tenían entre sus “ofertas”. “Compra que se están acabando y el coronavirus ese viene”, le ha dicho el vendedor. Quizás se lo dijo con conciencia; probablemente usó el pánico como pregón.

Ainet estuvo a punto de comprar dos: uno para ella y otro para su niño, pero la doctora del consultorio le ha dicho que no gaste dinero en eso. “Se rompen rápido, son desechables, y además deben usarlos las personas enfermas o con contactos con enfermos”, le explicó. Yo le he confirmado lo que ha dicho la médica, pero Ainet quiere sentirse segura, poco le importa si el nasobuco tiene efecto placebo.

—“Le voy a decir a mi abuela que me consiga dos en Melissa” —empresa textilera de Las Tunas, me ha dicho. “Dicen que ahí los están haciendo buenos, de tela”.

—Guárdame dos, le he respondido yo.

Este lunes en la Mesa Redonda, el doctor Roberto Morales Ojeda, vice primer ministro, ha reconocido que Cuba no tiene mascarillas para toda la población. “No hay ofertas en las que Cuba pueda tener respuestas efectivas (…) de diferentes proveedores. Hay carencia de ellos y aun cuando existieran —por la situación económica por el recrudecimiento del bloqueo— no pudiéramos adquirir el número de nasobucos, desechables y que se importan, como para que la población los pueda tener en cada vivienda o centro de trabajo o estudiantil”.

Confección de nasobucos para prevenir el coronavirus en Cabaiguán, Cuba. Tomada del sitio web de Radio Sancti Spíritus.

Algunos territorios, sin embargo, comenzaron a tomar sus propias medidas. En Cabaiguán, por ejemplo, la Fábrica Textil “Carlos Simón” anunció recientemente que comenzaron la producción de 20 mil mascarillas de tejido warandoll, “muy útil para fines hospitalarios” destinados a las instituciones de salud.

“El diseño resulta totalmente diferente a otros nasobucos elaborados para procederes quirúrgicos”, aclara la nota. “Estos poseen una mayor fortaleza al presentar tres capas de tela que contribuyen a protegerse de infecciones respiratorias existentes en el ambiente”.

También en las redes sociales varias imágenes indican cómo hacer nasobucos en casa. El propio Morales Ojeda anunció en la Mesa Redonda que “se ha elaborado un plan de comunicación para que las personas puedan asumir la producción de nasobucos de manera familiar”.

Mientras espero en el hospital, pasa delante de mí una mujer con un nasobuco blanco. Lo lleva mal puesto, por debajo de la nariz. No he podido disimular mi cara de “esto no es gracia ni moda, mijita”, y creo que lo ha notado. Después de mirarme se lo ha puesto bien.

En el “hospital nuevo” —así le dicen al Arnaldo Milián— la gente no está alarmada ni con pánico, supongo que hay otras dolencias prioritarias, supongo que la percepción de riesgo es aún menor. Sin embargo, más de uno se ruboriza cuando alguien con mascarilla pasa por su lado.

En su cuenta de Twitter, el periódico Vanguardia anunció que este lunes 9 en la tienda Canesú se vendieron nasobucos de tela a 4 CUP.

“No duraron nada, se acabaron enseguida”, ha dicho una tendera por teléfono. “Pero no te preocupes que van a seguir entrando porque se están produciendo y la orientación que nos dieron es que van a ser obligatorios”, dijo.

Por más tentada que me he visto para ir a comprar un par de estos, ni el dolor de la cirugía bucal ni la evasión de lugares con mucha gente me harán salir de casa cuando regrese del hospital.

Venta de nasobucos en VillaClara. Foto: Tomada de la cuenta en Twitter del periódico Vanguardia.

Venta de nasobucos en VillaClara. Foto: Tomada de la cuenta en Twitter del periódico Vanguardia.

Mi vecina María de los Ángeles tampoco quiere salir. Su estrategia es ahora apertrecharse de cuanto aparezca, y trancarse en su casa hasta que todo vuelva a la normalidad. Pero ella ni sabe cuándo pueda suceder eso, yo tampoco. Le aplaudo que evite aglomeraciones, que se quede en casa si es necesario, que no toque a la gente ni salude, pero no que se prive de vivir. No a sus 76.

“Pepón” el de la casa contigua a María es más incrédulo. Trabaja en una carpintería y desde hace años guarda unas mascarillas contra el polvillo de la madera. No los ha usado nunca en el trabajo, pero recién los ha sacado del cajón. “Para sus hijos, que siempre están en la calle”, le dice a la hija. Aunque es él el más vulnerable al coronavirus: tiene más de 60 años, un asma bronquial crónica en crisis en estos días de cambio de tiempo y una hipertensión arterial controlada con enalapril.

La hija lo ha alertado de los riesgos, pero él no puede ni quiere dejar un día de trabajar. Es también un hombre caprichoso, confía en la grandeza del sistema de salud cubano y cree que “eso aquí, con tanta vigilancia” no va a entrar.

En esa conversación de ayer pienso mientras espero que me llamen para retirar los puntos de la cirugía. Me desespero. No quiero pasar tanto tiempo en el hospital.

Pongo mi brazo en el respaldar de la silla y mi acompañante me lo quita. Me alerta no tocar ninguna baranda, ninguna superficie del hospital. No es una medida por el nuevo coronavirus, así le enseñaron desde niño.

Saca el gel desinfectante y me unta un poco en las manos. El pomo está por debajo de la mitad. Antes de entrar al hospital pasamos por la candonga. Buscamos esos desinfectantes que vienen en pomitos “cómicos” chiquitos que muchas mujeres enganchan —desde hace un tiempo y hasta por moda— en las mochilas y los bolsos.

“Antes costaban 1 CUC o 25 CUP, pero desde hace unas semanas cuestan el doble”, me he enterado al preguntar. “Están perdidos” me ha dicho una cuarentona de moño lacio, negro y largo. “Pregunta en los kioscos del final, pero dudo que encuentres algo”.

No me atreví a adentrarme más allá de los puntos de venta de la entrada. Con tanto kiosco encima de otro y gente entrando y saliendo, este debe ser un sitio propicio para enfermarse. “Supongo que cuando ‘eso’ entre, lo primero que desmantelen sea la candonga”, pienso para mis adentros. Ciertamente este lugar es necesario, pero también es altamente peligroso.

¿Y qué hará la gente en las guaguas, las colas inevitables ante tanto desabastecimiento? Mejor no pienso en eso. Porque sí, más temprano que tarde Cuba también anunciará su primer caso de COVID-19. Negarlo es pecar de ingenuidad. Hay protocolos activados, capacitaciones y mucha información al respecto. Hasta un bot en Telegram llamado @NovelCoronaVirusBot. Actualiza dos veces al día con los datos de infectados, muertes y curados por países.

Recibo una llamada de mi hermana. Está contenta porque en Las Tunas han anunciado la venta de un módulo de aseo y de limpieza por núcleo, teniendo como referencia la libreta de abastecimiento. “Con esta medida se intenta lograr mayor equidad en la distribución de algunos surtidos que presentan inestabilidad en la red comercial y evitar el acaparamiento”, la escucho leer de una nota.

“El módulo vale 63 pesos y tiene dos jabones de lavar, dos de baño, dos tubos de pasta, un pomo de detergente líquido y uno de lejía de cloro”, me dice mi hermana. La noticia la alegra… y a mí también.

Además, me cuenta que ha enseñado a mi sobrino a lavarse las manos por 20 segundos. “Cada vuelta es un segundo. Cuenta 20”, le ha dicho. Y aunque al principio estaba motivado, ahora dice que se aburre. ¡Niños!

Yo he aplaudido su creatividad. En la escuela hay muchos riesgos… y niños con catarro. La gripe es “el pan de cada día” en un salón de clases y la maestra le ha recalcado que si hay alguien con tos lo mandan para la casa. “No puede darse el lujo de faltar. Él se está aprendiendo los productos, así que tenemos que cuidarnos”, me ha dicho mi hermana antes de colgar.

Yo también quiero que la gente se cuide: mis seres queridos, los no tanto, los desconocidos… todos. Quisiera que fueran más conscientes, que no se alarmen, pero tampoco tomen esta enfermedad a la ligera, que tengan percepción de riesgo. Pero entonces recuerdo a quienes van al trabajo enfermos para que no les quiten la estimulación; o quienes pasan dolencias en sus casas temerosos del mal estado de los hospitales o el miedo de “pescar” cualquier bacteria en un salón; o quienes no pueden evitar guaguas, colas, aglomeraciones.

Supongo que entre el COVID-19 y mi extracción dental puedo hacer una parábola. Me preparé sicológicamente, tomé medidas preventivas, cumplí con la higiene imprescindible… pero a veces no percibí los riesgos verdaderos, me expuse innecesariamente y la escasez de medicamentos me la puso más difícil. Hay mucho de responsabilidad individual ante padecimientos inevitables.

Ya sea el COVID-19 en Cuba o el retiro de mis puntos, espero que no duela demasiado.

Han dicho mi nombre. Habían tardado demasiado. Cruzo los dedos.

 

Si te gustó este texto puedes leer otros en la aplicación móvil de elTOQUE. Cada día compartimos nuevas publicaciones a las cuales puedes acceder mediante una descarga por correo Nauta o Internet. Búscala en Google Play o en CubApk.