Un hombre me dice que no puede hablarme, que está triste, que lo perdone. Una mujer llora y pone su mano en mi grabadora: “No me grabes por favor” .Yo camino por algunas calles de La Habana. Hoy hay poca gente en las calles de La Habana. Casi no hay ruidos. Murió Fidel, y todos hacemos silencio.

Una mujer me dice: “¿Extrañar? De Fidel lo extraño todo porque Fidel es Cuba, y su muerte ha sido algo inesperado. Ahora tenemos que defender las ideas que nos legó”.

Mi vecina lo supo por un mensaje que le envié. Le dije: “Murió Fidel”. Era de madrugada ya, creo que pasada la una de la mañana. ¿Eso es verdad? Sí Ida, Raúl acaba de decirlo. “¿Y ahora?” Me preguntó ella. “Tenemos que esperar a que amanezca. Imagino que todos estemos mal, Raúl habló triste, lloroso”. Y colgamos los celulares.

Hablé con un hombre que barría la calle G bien temprano en la mañana. Me advirtió que estaba muy conmovido, que se había enterado cuando su mujer lo despertó para el trabajo. Con sinceridad, me dijo: “Hemos perdido a una persona extraordinaria, ha fallecido Fidel, pero él estará vivo en todo el pueblo y su ejemplo perdurará para toda la vida, porque este pueblo es muy fidelista, y Fidel nos enseñó mucho”.

Una mujer sentada en el borde de su portal me cuenta con dolor que se nos fue el hombre del siglo, el hombre que hizo de Cuba lo que es, “porque antes Cuba no se conocía en el mundo, y después de la Revolución hemos sido gente. Nosotros éramos una islita de turistas y ahora somos un país”

Una muchacha venía con una foto de Fidel dibujado en su  pulóver blanco. Le pregunté qué será de los cubanos a partir de entonces, y me dijo que recordar, y vivir lo que Fidel nos dejó. “Tenemos un dolor que no se repara con nada, pero hay que seguir, y él estará con nosotros, acompañándonos siempre”.

Una doctora esperaba una guagua. “Estoy mal, me duele, tengo un dolor inmenso, como si fuera un familiar”.

Yo me quedé con el deseo de saber sobre las novias de Fidel, sobre sus alegrías y sus tristezas cuando llegaba la noche en La Sierra. Escribí muchas preguntas para hacerle que deben estar en alguna libreta vieja. Hubiera querido hablarle, abrazarlo un rato y encontrar junto a él la calma que ofrecía. Me hubiera gustado ser su amigo, y que me llamara de madrugada para hablar de cualquier cosa, y reír o pensar.

En una esquina un señor dice que no tiene ánimos, que se perdió el hombre más grande del mundo y  al hombre más inteligente del mundo. “Pero hay que echar pa lante”.

“Oiga periodista”, me llama una señora, “escriba que yo, Angelina Rodríguez, amo a Fidel y le agradezco por la vida, la libertad y la paz que me dio. Ah, y dígale que hoy le encenderé dos velitas. Y todos los días antes de acostarme, le diré gracias y amén”.