Malú Bilasa abre la botella de cerveza en una tarde calurosa de septiembre. Asciende unas gradas y se sienta en su contén superior. Detrás, el teatro La Caridad persiste en su papel de atalaya; al frente, el parque Leoncio Vidal se imbuye en otro día de ajetreo santaclareño. Pero la brisa de esa tarde con nubes es más deliciosa desde allí, donde toda la vida del centro de la urbe se percibe más clara.

“Vengo hoy a esperar a un amigo. Vamos a conversar y a pasar el rato. Quizás tomemos algo luego”.

Malú tiene 32 años, y desde que ingresara a la universidad para estudiar arquitectura, este sitio le ha parecido el punto de convergencia de la juventud por antonomasia en Santa Clara. Un muro de hormigón que circunda al célebre edificio construido por Marta Abreu, donde no hay olas que rompan contra rocas, pero que la gente persiste en llamar “el malecón” de una ciudad sin mar.

“Dicen que es la añoranza por el mar, porque Santa Clara no tiene costas. Pero yo digo que lo nombramos así porque somos una ciudad con las mismas aspiraciones y carencias que van a decantar los que se sientan en el malecón de La Habana o el de Cienfuegos”, asegura Malú.

Foto: Yariel Valdés

El malecón santaclareño cobra vida cuando el sol comienza a disiparse. Jóvenes que salen de las escuelas, de la universidad, de sus trabajos, llegan hasta allí para hablar, para descorchar una botella de vino, abrir una lata de cerveza o beber un vaso de ron. Se escuchan acordes de guitarra, rimas de rap. Se besas chicas con chicos, chicos con chicos, chicas con chicas. En cierto punto de la medianoche en el malecón tampoco hay pedazo para el pudor pacato.

Malú cree ver una solapada división grupal: “La esquina de la derecha del teatro es para personas más desprejuiciadas, que les gusta el rock, la trova, la música underground, las llamadas tribus urbanas. A la izquierda, en el bar La Marquesina, confluyen boteros, luchadores, es la parte donde van los turistas… Cercano al Rápido que está bajando la calle están quienes vienen a tomar alguna bebida alcohólica de mayor costo. En el portal del teatro viene la gente a navegar en la WiFi, por lo general más apegados a la farándula”.

Foto: Yariel Valdés

Aunque la vida cultural de Santa Clara ha sido reconocida por tener más propuestas que en otras ciudades, muchos de estos jóvenes sienten que todavía sus gustos no están satisfechos.

Las propias autoridades políticas de la ciudad han reconocido la insatisfacción juvenil, en un reportaje publicado por el semanario local Vanguardia en 2015. Las pocas opciones existentes, a decir de los jóvenes, no pasan de discotecas y bares, lugares caros a los cuales gran cantidad de ellos que no pueden acceder.

Para los bohemios, que en esta ciudad de ambiente artístico no son pocos, el malecón es el muelle para fondear cuando aprieta el aburrimiento.

“Yo vengo a tocar guitarra, hay quien viene a tomar alcohol, hay quien fuma. No es un sitio donde se ponga música o se haga algo concreto. Es un punto de encuentro con los amigos, cuando no hay adonde ir. Venimos a pasar el rato”, se explica Carlos Quiroga, un rockero de 18 años que en sus pases del Servicio Militar recala en el malecón.

Foto: Yariel Valdés

No pocas veces el sitio ha sido etiquetado como el escenario para jóvenes de mal comportamiento. Grafitis en los contornos del teatro mellaron la reputación de muchos de ellos, y la apariencia estrafalaria les hizo caer de bruces contra prejuicios de toda clase.

Quizás por eso, un personaje asiduo a este malecón sin mar, Abdel González Alfonso, conocido como El Tanque, prefiera rapear sus criterios: Alguna gente nos ven como escoria/ Porque no entienden/Que aquí andamos con muy buen prende/Si nos ven borrachos /Al final no comprenden /Que lo que hay ahí son buenos muchachos /No somos delincuentes / Te puedo explicar, te puedo hablar una hora/ Y es que del malecón no se habla de computadoras/ Ni de tecnología,/ Las personas aquí hablan solo de poesía.

Foto: Yariel Valdés