El espectáculo de la velocidad lo mantiene embrujado. Cada vez que el rugido del motor suena sobre el asfalto la adrenalina se aviva en sus venas como bomba de combustible. Valerio no es un simple aficionado, es un motorista curtido que no permite ventajas a sus contrarios. Sabe que se encuentra en juego miles de pesos o hasta el propio vehículo.

Aguza el oído. Coloca su cuerpo de forma horizontal sobre la moto buscando una postura aerodinámica. La sincronización debe ser perfecta para alcanzar la máxima potencia. El tubo de escape no deja de petardear, sin embargo, escucha la señal y en cuestión de segundos sale disparado hacia la recompensa.

Valerio logra que algunos ganen mucho dinero. A su llegada lo agasajan unos entusiastas entre los que está, también, su “niño” de 13 años de edad. Padre e hijo se abrazan, luego comienza la tirantez. Valerio no le quiere ahí. Regaña su presencia, haciendo un esfuerzo inútil, porque al chico le bombea gasolina dentro de sí. El ciclo vuelve a comenzar.

“Cuando apenas era un ‘chama’ mi papá me llevó a una de estas competencias. Quedé prendido. Por aquel tiempo el viejo también era motorista. Él me enseñó a manejar y yo continué la tradición. Mi hijo desea seguir los mismos pasos. Yo no lo apruebo. Recuerdo que mi primera carrera fue huyendo de la policía. Andaba sin licencia, en un motor armado con piezas robadas. No quiero eso para él.”

“El dinero es el motivo principal”, acepta Valerio. “La adrenalina de ganar y saber que no puedes perder el efectivo. Hay arrogancia, sentimiento de orgullo por defender los intereses de tus amistades. No llevo la cuenta, pero he corrido unas 60 carreras. Tengo 15 años de experiencia, la mitad de mi vida.”

Foto: Iris C. Mujica

Para un máster en psicología médica como Eusebio Rojas Santos esta temeridad, como lo nombran los especialistas, está asociada a ciertos problemas de autoestima: “Las personas ven en esa práctica una manera de llamar la atención, sentirse importantes o centro de algo. Incluso tratan de apropiarse de valores que muchos no poseen. Requieren ser aceptados por ese grupo que imitan. Hacen cualquier cosa en busca de su aprobación. Este tipo de conducta es más común en jóvenes, entre la adolescencia y la juventud temprana, y puede convertirse en tendencia, al menos para los practicantes u otros círculos cercanos.”

Debido al carácter ilegal de este tipo de eventos, las competencias se organizan meticulosamente, en el más absoluto secreto. Con anterioridad seleccionan un tramo de carretera (por lo general en línea recta, sin baches) se coordinan los horarios (muy temprano o en el cambio de turno de la policía) y se toman medidas de seguridad (a ambos lados de la autopista se adentran varios motoristas, posicionándose a kilómetros del lugar para avisar, vía celular, si una patrulla se dirige hacia la carrera).

“No todos los que quieran pueden acercarse o participar. Tienes que estar muy recomendado. Aunque quisieras tú solo no te puedes meter. Tendrías que venir conmigo varias veces, que la gente nos viera juntos y supieran de mi aprobación. De no ser así no vez la luz: no te enteras dónde es la cosa, quiénes corren, de cuánto son las apuestas. Si alguien se percata que estas ‘mareado’ te aconseja que le juegues a una moto perdedora para quitarte el dinero”. Valerio no escatima detalles.

“Las carreras son en parejas. Se busca velocidad. Distancias cortas, 100 o 150 metros. Incluso puede ser un carro contra una moto”, asegura Tony, un imberbe motorista que apenas sobrepasa los 20 años.

Tal vez el miedo a la grabadora o la propia inexperiencia le impide a Tony alcanzar los altos niveles descriptivos de su colega Valerio: “El camaján viejo sabe que los eventos de motos contra autos están amañados. Un novato pudiera pensar que está disparejo, pero este es un mundo de ‘maraña’. En todos los juegos ilegales las hay, más si existen grandes sumas de dinero. Hay quien perdió hasta una casa en una apuesta tan desequilibrada como la de un carro moderno contra una moto aparentemente en mal estado. Esas son carreras arregladas.”

Las apuestas no tienen límite. El tope depende de la profundidad del bolsillo de los presentes. Valerio ha conseguido 10 mil pesos en una sola carrera. Tony gana lo que puede mientras construye ‘prestigio’.

“Uno se enfoca en ganar, no en cuidar su propia vida. Buscas velocidad, no seguridad. Te preparas para la carrera, no piensas que te vas a matar. Una vez tuve un accidente muy peligroso. Se me dislocó el hombro, perdí la rótula de la rodilla y una pierna se me partió por tres lados. No obstante, nada más me recuperé volví a montar. No lo puedes dejar. Lo sabes cuándo te retiras por la edad. Por eso mi papá todavía trata que yo no vaya”, continúa Valerio.

Foto: Iris C. Mujica

Según cifras oficiales en la provincia de Villa Clara ocurrieron 829 accidentes de tránsito en 2016. De ellos 94 se produjeron en Placetas, segundo municipio de más incidentes, detrás de la cabecera provincial, Santa Clara. Aunque no se especifica cuántos de esos sucesos estuvieron relacionados con motos es conocido que el número de muertes y lesionados (de todos los vehículos) aumentó respecto al 2015.

En sus 17 años de experiencia, el licenciado en enfermería Gilberto Morales, del Hospital Clínico Quirúrgico Daniel Codorniu, de Placetas, ha socorrido a decenas de accidentados: “He tratado diversos tipos de lesiones. En estos casos las más comunes son cráneo-encefálicas (fracturas y golpes en la cabeza), traumatismos severos en miembros inferiores (roturas de tibias, heridas, fracturas abiertas de fémur) y superiores (fracturas de clavículas, dislocación de hombros). Por supuesto, si vinieron de una carrera no te lo van a decir. Es como las heridas por armas blancas, uno las conoce por práctica, pero el paciente cuenta otra historia.”

“El peligro forma parte de la carrera. Cuando caes te pueden echar dentro de una jaba de nylon. De ahí no sacan más nada. También existe el riesgo de la policía. Primero te confiscan la moto y con ella todo el dinero que invertiste. Eso es peor que caer preso.”

Los corredores callejeros, según el nivel de reincidencia, pueden cumplir varios años de prisión además se ser procesados por causas como exceso de velocidad, alteración del orden público, ingesta de alcohol y otras violaciones viales.

“Muchos de estos motoristas se consideran inmutables. Se salvaron, pasaron un susto, pero no se sienten vulnerables. Libran sus batallas otra vez. Como los paracaidistas que demandan ciertas cantidades de saltos para tener prestigio o pedigrí ellos requieren de sus carreras. Creerse admirados y respetados mediante esta experiencia es una de las causas que los motivan a ser temerarios, a obviar peligros y ser más osados respecto a la ley. Pocos concientizan de verdad los riesgos contra su vida y la de los demás”, resume el psicólogo Eusebio Rojas Santos

“No sé si pudiera abandonar las carreras,” prosigue Valerio. “Lo tenemos en sangre. Es algo cíclico. Temo por mi hijo. Pero imagínate, es lo que ha visto. Una vez mi papá me ponchó las gomas, pero fui. Es difícil resistirse a lo prohibido. ¿Qué voy a hacer? Me gusta.”

Los motoristas son competidores en una carrera asimilada como modo de vida. Sus motores pueden alcanzar velocidades increíbles, inmortalizar sus hazañas y ganar un montón de dinero. Valerio siempre enfrenta los desafíos bajo sus propias condiciones por eso recrimina a su hijo delante de todos. No quiere que el ciclo se vuelva a repetir. Lo regaña enaltecido. Sabe que se le acaba el tiempo y también, las mentiras.

Foto: Iris C. Mujica

Lee también: Giros de 360 grados