Se cumplen 50 años de creadas las Unidades de Ayuda a la Producción (UMAP) en Cuba. Esta es la historia de Raúl en esa triste experiencia, contada desde la sabiduría que brinda la edad, nunca desde el rencor.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Dicen que la primera noche siempre es la más difícil. Raúl está durmiendo en el piso del campamento sin terminar donde no hay literas, ropa, dónde comer o bañarse. La UMAP ha sido creada para reunir y “reeducar” aquellos que no cumplen el estándar (bien estrecho) de lo que debe ser un revolucionario en la Cuba de los sesenta. El recinto donde lo han ubicado por sus creencias religiosas se llama San Pablo, una ironía más del destino. A partir de entonces será el número 43.

Es junio de 1966, desde hace un año operan estas unidades y en el segundo llamado le tocó a Raúl despedirse de su joven esposa e hijos en el poblado de Colón, provincia Matanzas, para marcharse al otro lado del país en Camagüey. Se suponía que era una especie de servicio militar pero las diferencias son evidentes, nunca se les permitirá utilizar el uniforme del ejército sino uno distinto color gris. Hay otros dos creyentes con él en la formación, se toman de las manos para permanecer juntos y no los separen cuando dividen los pelotones pero terminan perdiendo a uno.

El campamento tiene aproximadamente el tamaño de una calle con un alambre de púas que lo rodea para recordarles que no es un paseo en el campo.

Raúl llega a la UMAP cargado de prejuicios hacia muchos de sus compañeros en la unidad. El día que llegaron las hamacas descubrió que el número 44, su compañero de al lado, era abiertamente homosexual. En esa época donde lo “normal” era la homofobia, había historias de que en la madrugada estos se propasaban y el joven pastor está dispuesto a que nadie abuse de él, entonces agarra un palo de la madera más dura que encuentra.

Foto: Harold Cárdenas Lema

Mirando al 44 a los ojos y con la viga en las manos, le dice: “si por la noche siento que me toca una mano nada más, te meto el palo por la cabeza”. La respuesta de su compañero era la única posible en ese entonces, le dice “qué rudo” y se vira al otro lado.

De más está decir que nunca lo tocó, en cambio establecieron una profunda amistad con el paso del tiempo. Tres meses después cuando Raúl tuvo que irse de cocinero le costó despedirse del 44. La tolerancia fue una lección inesperada de la UMAP pero difícilmente esa fuera la intención de sus creadores.

Los jefes del campamento procedían del Ejército Rebelde y tenían muy poca preparación. El joven Raúl que se suponía debía estar reeducándose allí, era profesor de muchos de ellos que terminaron llamándole “el maestro”.

Un jefe le dijo una vez que si algún día llegaba a ser religioso, iría a su iglesia. Otro de ellos, un subteniente muy respetado por todos, a quien veían como paradigma de comunista en el campamento, decía abiertamente que se sentía mal haciendo ese trabajo.

El día que la esposa e hijos de Raúl fueron a visitarlo, el subteniente tomó el riesgo de permitirle irse con ellos a pasar la noche en la iglesia bautista. Gandhi le llamaría resistencia pasiva a disposiciones absurdas.

Después de cuatro meses recogieron a todos los homosexuales de las compañías e hicieron una grande 200 personas. Se veían tiempos de cambio porque las unidades eran impopulares tanto dentro como fuera del país.

Los oficiales decían “yo no luché en la Sierra Maestra para esto” y el trabajo parecía incapaz de corregir las causas que llevaron a los integrantes de la UMAP allí. Para colmo, muchos se fugaban y luego aparecían en Miami haciendo declaraciones al respecto. Los días del campamento estaban contados, la experiencia duraría solo dos años y en 1967 terminaría todo. Un día alguien que llega de visita reconoce a Raúl en la unidad y recuerda que este había sido herido en la invasión de Playa Girón.

Diez meses después de aquella primera noche,  dejó atrás los alambres de púas y regresó a su vida normal. Después de medio siglo, Raúl es diputado en la Asamblea Nacional y afirma con orgullo que “la UMAP no me hizo reaccionario ni me llenó de odio”, algo recurrente en los que vivieron esa amarga experiencia. Explica que la idea era “buscar una alternativa para el servicio militar de estas personas que eran distintas, pero la puesta en práctica fue terrible”.

El número 43 hoy es el Reverendo Raúl Suárez y todo lo que ha hecho por su país contradice la lógica que lo llevó a la UMAP. 50 años más tarde, le pregunto si alguien ha pedido disculpas por aquellos diez meses y baja la cabeza mirando al piso. Dan ganas de hacerlo uno mismo pero no me toca, nuestra generación solo puede tomar las lecciones de nuestros padres y abuelos para no repetir errores. Toca irse entonces a casa pensando por qué nuestros antecesores evitan el tema durante medio siglo. ¿Es soberbia o vergüenza de quien sabe que se ha equivocado? Ojalá alguien se disculpe con el número 43 y sus compañeros, ahora que todavía estamos a tiempo.