“¿Ustedes dos juntos? ¡Dentro de poco serán los reyes de la provincia!”. Así suele bromear una vecina que conoce bien a esta pareja de jóvenes cubanos.

Ella, Dayami Jaime Mazola, es psicóloga de la salud y Máster en Educación de la Sexualidad; trabaja en un hospital de La Habana desde el 2009. Él, René Alfonso Torres, es médico militar del Ministerio del Interior, especializado en Medicina General Integral.

Pero además de su labor en los servicios sanitarios, ambos comparten su vida profesional con el negocio familiar que han creado desde que Dayami sacó su licencia de cuentapropista como elaboradora vendedora de alimentos ligeros, en 2015.

El día para René comienza bien temprano, antes de las 6:00 a.m., cuando sale en la bicicleta a buscar suministros para su esposa.

Después, también en bicicleta o en lo que aparezca, cruza los límites entre San Antonio de los Baños, en la provincia Artemisa, y la capital de Cuba —unos 15 kilómetros—. Hace pesquisas y seguimientos de casos médicos, chequea la calidad de la comida y la manipulación de los alimentos en las unidades del MININT. Suda la jornada en el ajetreo de un galeno.

Ella, hasta hace unos meses abandonaba también el hogar antes de la salida del sol, y volaba en lo que apareciera —camiones, tractores, guaguas, taxis— para viajar desde su residencia hasta el Vedado, en el corazón de La Habana. Allí, en el Hospital Ginecobstétrico América Arias, debía asumir la atención psicológica que se necesitara.

Lo mismo apoyaba a pacientes que por prescripción médica los médicos habían determinado debían interrumpir su embarazo por muerte del bebé que participaba de consultas de climaterio y menopausia, o con muchachas que enfrentaban un embarazo con muy corta edad”, relata.

A las 6:00 de la tarde, más o menos, luego de regresar de sus respectivos empleos estatales con la misma zozobra de transporte, arrancaba para ellos la doble faena: vender dulces caseros como rosquitas, caramelos, helado, bizcochos… hasta que la demanda y sus fuerzas se lo permitieran. “A veces —recuerda René—, eran más las 12:00 de la noche y todavía estamos atendiendo personas por la ventana de la casa”.

Foto Eltoque.com

“Ahora, después de que tenemos a nuestra hija Vera y yo estoy de licencia de maternidad, la rutina me ha cambiado en cuanto al trabajo profesional, pero la del negocio sigue más o menos igual”, afirma Dayami. “René me apoya en todo para que no se detenga. Este es nuestro soporte esencial”.

“Aunque nos apasiona nuestra profesión y nos sentimos muy bien en lo que hacemos, solamente en transporte de San Antonio de los Baños a La Habana se nos va buena parte de los salarios estatales. Y claro, siempre estaría la opción de trabajar más cerca, en el municipio; pero las posibilidades de desarrollo y crecimiento intelectual están allá, en la urbe grande”, encaja René, luego de atender a una mamá con su niño que venía a comprar helado.

“Uno trata de vivir lo mejor posible”, dice Dayami, mientras calma un ataque de hambre de la pequeña Vera. “¡Qué comilona es!”, sonríe la mamá, al tiempo que el padre, desde la cocina, apunta un lema humorístico que los une: “El que es gordo es gordo, y el que no, que se opere”.

“Mi país es esta casa”, dice Dayami. Y no porque no le interese su realidad social, sino porque está convencida de que si todos, en su pedacito, se enfocan en ser más felices y prósperos, la nación completa avanza.

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“Hay muchos jóvenes que se rinden, se desmotivan o sencillamente se van del país buscando mejoras económicas. Cada quien es dueño de su destino. Pero nosotros decidimos quedarnos, y quizá con más trabajo, pero también con alegría, vamos “aterrizando” los sueños”, opina René.

Con el resultado del esfuerzo de estos meses ya han reparado y amueblado su casa, equiparon su cuarto con aire acondicionado —lo que para muchos cubanos es un verdadero lujo— y garantizan que a la niña no le falten las diez libras de malanga que se está comiendo en el puré de cada semana, junto a la imprescindible leche materna.

“Lo único que nos falta es un carro propio”, suelta Dayami y casi al unísono Vera ha gastado otro costoso culero desechable. “Ya lo tendremos”, riposta de inmediato su esposo. Son poco más de las 6:40 de la tarde. La venta apenas comienza.