Jorge Mario Bergoglio llegará a Cuba con el mismo mensaje de misericordia que lo ha acompañado como lema desde que era obispo y cardenal en Argentina. Aunque eso no le impidió en 2010 calificar como “la pretensión destructiva al plan de Dios” el hecho de que las personas homosexuales pudiéramos formar una familia y adoptar niños.

Por Francisco Rodríguez Cruz

El programa de la visita en la Isla incluye saludar a los jóvenes en La Habana y un encuentro con las familias en Santiago de Cuba, entre otros discursos y homilías donde es muy probable que exponga la visión de la Iglesia Católica y sus puntos de vista personales sobre cómo deberíamos comportarnos en nuestras relaciones humanas.

Desde el comienzo de su pontificado, Bergoglio atrajo la atención por sus posturas renovadoras y progresistas en torno a diversos asuntos sociales y políticos que inquietan hoy a la humanidad. Pero parece estar lejos todavía de reconocer plenamente a la diversidad sexual y a todos los tipos de familias, de manera que lesbianas, gais, bisexuales, trans e intersex (LGBTI) tengamos los mismos derechos que las personas heterosexuales.

Su famosa frase de 2013, cuando declaró “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”, para no pocos activistas LGBTI fue solo una hábil reafirmación de la doctrina cristiana: Dios no rechaza al pecador, pero sí de modo inflexible lo que la iglesia considera pecado. Ese razonamiento, por supuesto, no es suficiente garantía de justicia y equidad ante la sociedad y la ley.

Foto: Yariel Valdés

El sínodo extraordinario de obispos sobre la familia que tuvo lugar en octubre de 2014—hasta ahora una de las principales iniciativas de Francisco que permitirían intuir alguna evolución suya en este aspecto— lanzó otra importante señal: el punto de su documento final sobre el tratamiento pastoral hacia hombres y mujeres homosexuales fue uno de los tres que no obtuvo los dos tercios de los votos requeridos, por parte de los casi 200 obispos con derecho al sufragio en ese encuentro.

Las desavenencias, escarceos y prejuicios de la Iglesia Católica en relación con los derechos sexuales parecieran no ser muy diferentes, paradójicamente, de los que vivimos en un Estado socialista y con un Partido Comunista en el poder, el cual luego de permitir, alentar y hasta aplicar políticas homofóbicas durante décadas, no fue hasta el 2012 que adoptó como uno de sus objetivos de trabajo el enfrentamiento a la discriminación por orientación sexual.

El sumo pontífice vendrá a un país donde el respeto a la libre orientación sexual e identidad de género todavía es un asunto que pugna por trascender a los meros planteamientos generales y las campañas educativas para tratar de concretarse en políticas públicas y decisiones jurídicas. Falta reformar, por ejemplo, la anticuada ley de Código de Familia que data de 1975, cuyo anteproyecto  permanece desde hace más de un lustro en un reacio closet gubernamental.

Resulta muy improbable que durante su estancia en la Isla alguien importune al Papa Francisco con los reclamos de la comunidad LGBTI. Sobre todo si tenemos en cuenta que, según le escuché en mayo de 2014 a quien fuera representante de la Cancillería ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ginebra, la postura oficial del gobierno cubano hasta ese instante había sido —y todo hace indicar que así continúa siendo— no hacer nada en el plano internacional que vaya contra el avance de las políticas inclusivas, pero tampoco liderar ninguna iniciativa al respecto.

Esta línea de (in)acción, que en lo personal me parece bastante poco revolucionaria para una Revolución, lamentablemente es lo que todavía tenemos, a pesar de que desde el 2008 el Centro Nacional de Educación Sexual celebra en mayo de cada año masivas Jornadas Cubanas contra la Homofobia, cuyas ediciones de 2013 y 2014 también tuvieron como eje central a las familias.

En este contexto, quienes somos activistas tendremos que prestar mucha atención a todos los pronunciamientos de Francisco alrededor del tema familiar, en particular por el impacto que pudieran tener sus palabras en la actual coyuntura política cubana, donde la Iglesia Católica emerge como un factor influyente que pudiera retrasar —aún más— el reconocimiento de mayores derechos para la comunidad LGBTI en la Isla.

Disgústele a quien le disguste, habrá que escuchar a Bergoglio desde una perspectiva crítica: al Papa lo que es del Papa; y al activismo lo que es del activismo. Sin que le quitemos al primer sumo pontífice latinoamericano un ápice del mérito que pudiera tener como estadista por su proyección más moderna y radical a favor de la paz y contra la pobreza u otros males sociales, tampoco nos debemos olvidar que no le podemos pedir peras, o boniatos —para que sea más cubana la metáfora— al Papa.