Mi familia hizo lo posible por hacerme un buen cristiano pero terminé siendo ateo. Eso no me hace mejor ni peor sino un producto de las circunstancias en Cuba.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Es el verano de 1992 y soy el único niño en la familia que todavía no ha sido bautizado. Como mi padre es militante del Partido Comunista, no son posibles los lazos con el mundo religioso pero eso está a punto de cambiar. Mi abuela Clara tratará de salvar mi alma y mientras todos creen que estamos en casa, cruzamos el umbral de la iglesia en un esfuerzo por llevarme al reino de los cielos.

El bautizo fue prácticamente una operación militar. Clara ha conspirado con otra amiga para hacer creer que vamos a otra parte pero en realidad nos dirigimos a la Catedral y allí se realiza la ceremonia. Mi único recuerdo de aquello es la conciencia de que hacíamos algo furtivo que no debía contarle a nadie. Mi madre se enteró del hecho una semana más tarde, cuando ya era demasiado tarde y mi nombre estaba inscrito en los libros sagrados que ayudarían a salvarme el día del Juicio Final.

El catolicismo lo tendría difícil conmigo en los próximos años. En 1997 Clara fue quien se marchó al reino de los cielos y con ella mi vocación religiosa, que fue suplantada por una curiosidad sobre lo místico y lo supersticioso. Al año siguiente vino el Papa Juan Pablo II a Cuba, mientras la multitud se reunía en la misa que efectuó en mi ciudad, yo estaba al otro lado de la ciudad montando bicicleta y viendo alguna película repleta de pecados.

El efecto más inmediato que tuvo la visita papal fue tenerme todo un verano leyendo la Biblia desaforadamente, con mirada crítica, viéndolo más como un libro de historia que otra cosa, no tenía madera de creyente.

Era evidente que mis problemas con la autoridad incluían también a las autoridades eclesiásticas, que solo me veían el pelo cuando de casualidad entraba a una iglesia y me asombraba ante ese mundo desconocido. Sin contacto con la religión, durante los próximos años estaría demasiado ocupado estudiando natación y polo acuático, entrando al mundo del rock, el pelo largo y los regaños por llegar de madrugada a casa. Este período se llama adolescencia y si hay un momento en que nuestra alma peligra más, debe ser ese.

A los 17 años tuve otra experiencia religiosa pero no precisamente en el catolicismo. Era moda en el preuniversitario que los chicos aprendieran cosas básicas de santería y así lo hicimos pero tampoco me sentía cómodo en ese mundo. Aunque los otros me dijeran que no era necesario creer para que las cosas fueran reales, yo miraba un bembé afrocubano y una iglesia cristiana con la misma mirada antropológica, sin saber todavía lo que significaba esa palabra. Supongo que en ese mundo pagano, me alejaba aún más del reino de los cielos.

Fue en la universidad cuando me hice definitivamente ateo.

Mi mejor amigo en clase era metodista y teníamos largas charlas sobre religión que casi siempre terminaban en un empate técnico. Como los pecados universitarios son los mayores y de los que más orgulloso se siente uno a la hora de la nostalgia, era muy difícil moverme hacia otro camino que no fuera el de la incredulidad religiosa. Si mi alma existe realmente, lleva años luchando entre ángeles y demonios, sin que yo le preste demasiada atención.

Es el verano de 2015 y mi familia no ha podido recuperar el acta de bautizo en la Catedral. Como mi abuela se llevó a la tumba la fecha exacta de la ceremonia, ahora tendremos que buscar entre libros empolvados hasta encontrar mi nombre. Siguen los intentos por salvar mi alma, intensificados ahora que viene el Papa Francisco. Quizás con su presencia y mi ateo comportamiento, alcance un día el reino de los cielos, aunque no lo merezca.