La rudeza de un conjunto de tanques de metal no puede sugerir la melodía que generan. Forman una orquesta tan peculiar como su música, pero esa singularidad la convierte muchas veces en una completa desconocida.

Es la Steel Band del Cobre, una de las dos únicas “bandas de acero” de Cuba, que desde 1987 lucha por ser registrada en el vasto panorama de las orquestas bailables de este archipiélago en el Caribe.

“¿Dónde está el background?”, se pregunta más de un espectador cuando la banda rompe a tocar. La ausencia de cables y reproductores de audio no basta para descartar la tecnología detrás del sonido; y sólo con pegarse al instrumento o tocarlo, se convence el curioso de que se trata de un instrumento como otro cualquiera.

“La gente no lo quiere creer, ¡hasta me viraron el tanque en una pausa del concierto!”, dice sonriente Diesmay Abad, “primer tenor” de la orquesta y uno de los varios jóvenes que componen esta orquesta muy célebre ya en su poblado natal de El Cobre, en la provincia de Santiago de Cuba. Esta ciudad es también del santuario a la Virgen de la Caridad, aparición mariana que se considera como la Patrona de los religiosos católicos en el país.

Una sonoridad como de marimba, sacada desde las “membranas” pulidas en el fondo de los recipientes, distingue los acordes de estos tambores, creados en Trinidad y Tobago, y que llegaron por idea de Joel James Figarola, antropólogo y promotor cultural que se apoyó en emigrantes guyaneses empleados en las minas del poblado cobrero.

“Cada instrumento tiene su sonido diferente. Los de adelante, “tenores”, tienen sonido de cantante, parecen pianos. Otros, más graves, suenan como un chelo; y los bidones completos, esos son bajos. Es como una orquesta, pero de puro tanque”, describe Diesmay.

Casi la mitad de los músicos, como Abad, provienen de las escuelas profesionales de arte, graduados de percusión, tumbadora o drum; pero la mayoría son “tocadores” empíricos, músicos natos como Alfredo Vaillant, que se presenta en los conciertos vestido con una camiseta con la imagen del che Guevara y peinado con “dredlocks” al estilo rasta.

“Hemos participado dos veces en carnavales de Brasil, hemos representado a Cuba en eventos de Trinidad y Tobago, le tocamos el Ave María de Shubert al papa Benedicto XVI, y nos hemos presentado ante el presidente de República Dominicana y otros muchos diplomáticos de diversos países. Pero en nuestra propia tierra, apenas estamos empezando a ser reconocidos”, detalla Vaillant, versátil intérprete que durante la actuación cubre diversas posiciones en la banda.

“Quisiéramos mucho más apoyo, que se reconozca la peculiaridad de esta agrupación y nos den más promoción. Nuestra propia rareza nos hace pensar que merecemos oportunidades”, agrega a su lado el “tenor” Abad, cubierto por un sombrero de estilo texano y una toalla, que usa para pulir la superficie de su tambor.

 

Paso a paso, nota a nota

Si bien pocos los conocen y en las presentaciones de carnavales los organizadores a veces no les facilitan los escenarios más concurridos, cuando comienza a sonar la Steel Band santiaguera se gana de inmediato el favor del público. Eso se debe, cree su director Hermes Ramírez, a la selección de un repertorio “contundente”, que sabe muy bien a quién dirige sus notas musicales.

“Nosotros no tenemos obras propias, hacemos transcripciones de Los Van Van, orquestas salseras cubanas y extranjeras (como el éxito del momento, Vivir Vivir, de Marc Anthony), de Bob Marley y hasta Hotel California de The Eagles. El “lápiz” en el arreglo es lo que garantiza que se conecte la pieza con el oyente y ahí está nuestro éxito”, comenta Ramírez.

Pero este director no es sólo un guía, sino que aporta un elemento más al espectáculo: su espacio al frente, en lugar de atril, es una pista de bailador que acompaña cada número con evoluciones atrevidas y desprejuiciadas. “No he construido ese personaje, sale solo. Me concentro en mi trabajo y la fortaleza de la agrupación me exige el movimiento”, asegura.

Por la edad y la compenetración de la compañía, el fundador no conduce todas las obras, pero esa posición de observador le revela otras satisfacciones.

“Cuando descanso detrás de la orquesta me percato de que la agrupación se le mete por la piel a la gente, y ese es el fruto de nuestro trabajo”, explica.   

Esa complicidad es la apuesta de Ramírez y sus colegas tocadores de una de las singularidades musicales del momento en Cuba: cada nuevo espacio que reciban será una oportunidad para darse a conocer, porque después de que los escuchen, el misterio del sonido de sus tanques se encargará de lo demás.