A Leodanys Castellón lo criaron sus abuelos en Santo Domingo, un municipio conocido por su ron en el centro de la isla. Creció en un barrio marginal llamado “El paradero” donde tuvo que aprender a ganarse a vida. Con 26 años pesa solo 110 libras y recuerda con dolor el servicio militar cuando tuvo que cargar por obligación pesadas traviesas de líneas al sol del mediodía.  

Empezó a estudiar en la Escuela de Instructores de Arte pero le “regalaron” la baja a los pocos meses. No quería seguir allí, y tampoco lo dejaban ir por ser uno de los alumnos más integrales. Se decidió, entonces, por un técnico medio en agronomía. Tomó la guitarra y comenzó a hacer canciones con la esperanza de que alguien lo descubriera algún día. Y alguien lo vio y lo llevó a cantar a la capital provincial.

“No me interesaba ser instructor de arte. Me importa el body art. Ese es mi sustento, porque la música no me da el plato de comida todavía. Hay muchos artistas en Cuba que deberían estar más alto y no lo están”.

Para vivir decorosamente, Leodanys viaja hasta muchas provincias del país con su equipo a cuestas. Tatúa por aquí y por allá. Tiene clientes fijos y, de paso, aprovecha para tocar sus temas en alguna que otra peña de los “socios trovadores”.

Leodanys Castellón. Foto: Yariel Valdés.

Los materiales para tatuar los consigo con amistades que están fuera del país. Les das el dinero y ellos te los traen. Son caros, no vayas a pensar que no. Las agujas se usan y luego hay que botarlas. Una caja de esas cuesta 500 pesos y una onza de pintura más o menos 10 CUC. Debería existir en Cuba un mercado para esos productos”.

Este muchacho prefiere el estilo asiático para dibujar. Según explica, porque contiene trazos más sueltos y busca el movimiento del boceto. “Si quieres ser buen tatuador tienes que tatuarte a ti mismo”, agrega, aunque no es de los que exhiben “un periódico en su cuerpo”.

“Yo empecé con este negocio en el servicio militar, para buscarme la vida. Ahora lo veo de una forma diferente, como arte”.

Tatuajes. Foto: Yariel Valdés.“No entiendo por qué la Asociación Hermanos Saíz, a la que pertenezco, no considera el tatuaje como arte. Estoy decidido a fajarme por esa causa. Puedo mostrar ejemplos de que sí lo es. Yo no tengo por qué usar el lienzo o el papel como un soporte. Mi forma de ser la muestro en la piel de los que vienen a mí porque les gusta como trabajo”.

En las provincias orientales, Leo sube montañas, atraviesa ríos y va a tatuar a quien lo solicita. Manzanillo, Pilón, Niquero, Contramaestre, Bayamo… ahí están sus plazas preferidas. Allí también se nutre también de ritmos diferentes para sus canciones. Pasa gran parte del año encima de ómnibus y camiones.

Leodanys Castellón. Foto: Yariel Valdés.“Los mejores tatuadores están en Oriente y trabajan, incluso, con pocos recursos. Tengo buena aceptación con mi obra plástica, pero la musical es muy importante también. Quiero que mis canciones digan la verdad. Lo digo en mi tema Sé morir aquí: este es mi país, una burbuja flotando en el aire, una sonrisa para no llorar. Este es mi país, una trinchera bajo el fuego y la metralla, una mirada en falso entre dos aguas. Este es mi país”.

“Para vivir tengo que inventar mucho en la calle, crecerme entre los que ya están crecidos. Con mis canciones yo no pretendo cambiar en mundo. Solo quiero demostrarles a muchas personas que no existe quien no luche por el arte verdadero. Las decisiones de los que tienen el poder de hacerlo, han hecho que se escuche música banal en la mayoría de los lugares. No quiero funcionar como los demás y eso sale caro”.

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