Los ideólogos en Cuba buscan insistentemente fórmulas que promuevan el consenso y la participación social. Quieren hacerlo según las reglas, pero una revolución será siempre una alteración del orden y su mayor valor es, precisamente, la herejía.

Por Harold Cárdenas Lema

Son tiempos difíciles para los revolucionarios. Si pudiera escoger iría a vivir sin pensarlo a la Cuba de los años sesenta, época de heroísmos y claridad en la lucha. Ahora todo es más complicado. En este tiempo confuso, muchos jóvenes comprometidos con su realidad no encuentran espacios por donde canalizar sus esfuerzos y ponerlos al servicio del país. Nadie crea que no estamos a tiempo de revertir esto y (r)evolucionar antes de llegar al punto de no retorno.

Decía Alfredo Guevara en 1963 que “mientras más denso y fuerte es el dogma que impide y retarda la vida, más placentera resulta la herejía intelectual que lo desautoriza”. Tenía toda la razón. La Revolución Cubana tiene suficiente experiencia ya para tomar lecciones valiosas. Como algunos revolucionarios del pasado devienen en conservadores en el presente, hay otros que siempre serán de un pensamiento avanzado sin importar la geografía o la edad. Y estos últimos, por lo general, son los herejes.

El proyecto político cubano, de por sí, constituye una inmensa herejía. Declarar intenciones socialistas a 90 millas del mayor símbolo capitalista del mundo no es poca cosa ni nos ha costado poco. Ya lo anunciaba proféticamente el protagonista de Memorias del Subdesarrollo: “Es una dignidad muy cara”, que tiene también sus resultados porque Cuba posee unos recursos humanos, salud, educación y seguridad pública que son envidiables para la mayoría de las naciones.

Resulta doloroso ver cómo en una revolución los jóvenes con espíritu rebelde quedan recurrentemente marginados de las posiciones donde serían más útiles.

Muy a menudo he visto cómo se privilegia al previsible, al políticamente correcto, el que se comporta según las reglas, pero que difícilmente podría llenar una plaza de compañeros que lo sigan. Mientras sigamos promoviendo cuadros y sospechando de los líderes estaremos hipotecando nuestro futuro.

En una carta relativa al trabajo político, Lenin advertía: “Si ustedes expulsaran a todos los que no son particularmente obedientes, pero que son inteligentes, y solo dejaran a su alrededor estúpidos obedientes, seguramente arruinarían al Partido”. Sus palabras cobraron un triste saldo con el paso del tiempo en la Unión Soviética porque el modelo de joven que se promovió no fue el del hombre nuevo sino el de la docilidad frente a las orientaciones superiores. La carencia de un pensamiento crítico desde la izquierda, que sirviera como mecanismo regulador del poder, significó el derrumbe.

En nuestro país hay que atestiguar situaciones vergonzosas, por ejemplo, asistir a una reunión y ver el simbolismo que supone que quienes la dirigen dispongan de una mesa especial a la hora del almuerzo, ahí, “presidiendo” todo, con manteles y servilletas que marcan la diferencia del resto. Pueden hacerlo ahora que no hay un Che Guevara para aleccionarlos, ahora que ellos ponen las reglas y suplantan los principios con orientaciones. Por suerte todavía quedan suficientes buenos ejemplos para que esto no sea norma.

Si estos comportamientos fueran visibles a la opinión pública, si el ejercicio de los cargos públicos contara con la anuencia directa del pueblo y no a través de complejas estructuras con numerosas mediaciones, otro gallo cantaría. Visibilizar los buenos y malos ejemplos, dejar de votar en las elecciones por frías biografías y más por personas de mentalidad avanzada, todo eso podría hacerse. El resultado sería un mayor consenso y un fortalecimiento del proyecto socialista cubano. Pero sigue faltando algo.

¿Cómo unir a las vanguardias jóvenes que existen en cada universidad del país? ¿Cómo llegar a los adolescentes cubanos que ya utilizan códigos desconocidos para los decisores? ¿Cómo devolverle el impulso a nuestras organizaciones juveniles con prontitud?

Para eso existe la herejía, no entendida como rebeldía sin causa, sino como alternativa al dogma paralizante.

De alguna manera la música más escuchada, los programas televisivos más populares y los proyectos más exitosos son aquellos que irrespetan las reglas sociales. Esto no significa que el irrespeto sea la clave, porque rebeldía vacía de contenido es igual de dañina. En cambio la herejía bien encauzada y con objetivos dirigidos al bien común es un arma poderosa.

Todo esto se complica más aún si tenemos en cuenta que existen intereses foráneos buscando una rebelión enfocada a sus intereses, con especial énfasis en los jóvenes. Esto condiciona mucho lo que podamos hacer en este sentido, pero no lo vuelve imposible. En la construcción de una utopía, la capacidad de alterar el orden de las cosas resulta imprescindible. La posibilidad de seguir cambiando constantemente significa la garantía de la continuidad. Ahí reside el valor de la herejía.