—Doctor, sería mejor que utilice otro término. Es que emprendimiento es una palabra vinculada a la terminología capitalista, incluso está siendo usada para la subversión, entonces… —el Doctor la interrumpe.

—¿Entonces? Nada, la usaré y listo, porque yo no inventé la terminología, y se llama emprendimiento empresarial.

El diálogo se hubiera extendido, pero el Doctor en Ciencias Económicas dio la espalda y atravesó el umbral de la oficina en silencio pero airado, lamentando para sus adentros tanto puritanismo ideológico.

Diálogo. Revolución. Emprendedores. ¿Quién no sabe en un país como este, que ha dado tan grandes líderes como Martí o Fidel, que ser emprendedor implica ser audaz, tener visión, servir de guía, alentar?

Quienes invierten en proyectos de alto liderazgo y entendimiento saben que solo con personas decididas y laboriosas se puede fortalecer una empresa, (y entiéndase aquí lo mismo una familia, una organización laboral, un país).

Necesitamos gente que se arriesgue a seguir construyendo a pesar de los costos de los sueños, de los ladrillos, de los burócratas, de las zanahorias. Que no se amilane ante la escasez de mano de obra diestra ya sea en un aula, o un consultorio, en una redacción, o ante un encofrado o repello.

Desde 2010 se ampliaron los permisos de trabajo en el área privada (perdón por la “palabrota”, pero la vi en Cubadebate), y desde entonces creció en varias mentes menores un tabú contra “malas palabras” como emprendedores.

La mejor manera de proteger una ideología es liberar el pensamiento, buscarle al pueblo, y sobre todo, a sus líderes, espacios de intercambio e incluso de confrontación. Estigmatizar palabras es obra necia, y los necios solo atraen fracaso. Nos sobran ejemplos terribles de inquisidores. Aquellos que prohibieron el inglés en Cuba, que prohibieron a los militantes disfrutar de las visitas de los familiares que residían en el extranjero, que condenaron las prácticas religiosas, recogen hoy de sus nietos un radiante “Dios te bendiga” (es de las pocas frases que pronuncian sin el sabor anglosajón en los labios), mientras abren los regalos navideños traídos por los familiares que vinieron de visita.

Atreverse es emprender, y son los emprendedores los que protagonizan esas revoluciones que necesita cada sociedad en la cultura, la economía, la política… la vida toda de una nación.

Los cazadores deben ser cazados y tratados con insuflo de espíritu nuevo. Los que prohíben sin tacto deben ser prohibidos con tino. Debe prohibirse en Cuba las mentes estrechas, los que hostigan, los que callan, los que hablan de más, los que no emprenden y juzgan a los que sí. El más de medio millón de cubanos del sector privado (o trabajadores por cuenta propia, que es lo mismo pero parece que no es igual) merecen una dignificación más allá de las apariencias.

No se le debe temer a sus términos, y ahora hablo más allá de las formas de nombrarlos. Me refiero a las demandas que no se les satisfacen, a los añejos frenos a su desarrollo, a discriminaciones que aún persisten en caso de algunos oficios menos suntuosos que una casa de renta o un restaurante.

Los emprendedores, los que han arriesgado capitales, los que ya peinando canas han tenido que aprender oficios nuevos, los que han vencido la pena de vender, los que revolucionan esta Cuba, no son los que atentan contra el socialismo; los estigmatizadores sí.

Una secta de extremistas del patio hace más daño al progreso nacional que un ejército enemigo.