Vivo en un apartamento de un edificio construido a la usanza soviética y con varias décadas de historia, en la capital de Cuba, La Habana. Creía que el patio de mi casa era particular… pero evidentemente no es así. “Particular” resulta ser una palabra peligrosa, suena a “privado” así que hay que demolerla, echarla abajo, por esa razón, el patio de mi casa parece venirse abajo muy pronto.

Invertí los ingresos hogareños durante más de 2 años en fabricar un pequeño comedor en el patio de mi casa, ingresos adquiridos a base de ahorro y trabajo limpio porque vivo en un núcleo familiar sin remesas o entradas “alternativas”. Yo que soy un profesor universitario, demoré 2 años en construir esto, mientras otros que han escogido caminos más rentables pero menos dignos, construyen palacios sin riesgo alguno en cuestión de semanas.

Esto me recuerda el chiste del borracho que pasa por el barrio alardeando de ser camarero, portero y cocinero en un hotel, pero al llegar a casa su mujer lo recrimina porque la bebida lo vuelve “autosuficiente”, en realidad su esposo es un simple neurocirujano. Ahora este simple profesor de filosofía que escribe estas líneas, verá como le echan abajo el comedor que construyó en el patio. Los invito a un sencillo ejercicio de empatía, pónganse en mi lugar  y díganme cuanta gracia les hace.

La situación de la vivienda en Cuba es bastante precaria, las últimas cifras oficiales reconocen que casi el 40% de las viviendas están en mal o regular estado, mientras el 85% de los edificios necesitan reparaciones. Mientras esto ocurre, el Estado no está en condiciones de solucionar dicha situación si tenemos en cuenta que en los últimos años la construcción de vivienda ha caído drásticamente pese al empeño gubernamental.

A las condiciones materiales se suman las viviendas ilegales que se improvisan por necesidad, desde vivir en una fábrica abandonada hasta construir un cuarto sin autorización, son muchos los dramas humanos que se evidencian en la isla. Quizás los más dramáticos están relacionados a la migración interna que tiene lugar del oriente hacia el occidente del país, personas que buscan una vida mejor en las provincias con mejores posibilidades económicas y se ven obligadas a vivir en pésimas condiciones, siempre bajo la amenaza de que sean obligados a regresar a su lugar de origen por la policía. Un amigo el otro día llamó a esta política respecto a los migrantes orientales como algo segregacionista, no sabría llamarlo de otro modo.

Son muchos los escenarios dolorosos que respecto a la vivienda nos ha tocado vivir a los cubanos, aún así un amplio sector se empeña en vivir una vida digna, pero en la cotidianidad retumban las palabras pronunciadas por el personaje de Memorias del Subdesarrollo: “es una dignidad muy cara”. Esto se complica cuando además de la escasez, lo poco que uno logra se convierte en efímero por decisión de otros.

Los compañeros que regulan la planificación física ahora ven con malos ojos las construcciones en los edificios, yo siempre vi mal los tremendos trabajos con los que mis vecinos (y yo) construimos un comedor, un cuarto o algo más detrás de nuestras casas, pero ellos no, ellos ven mal lo que nosotros hicimos.

No estoy en contra de la disciplina urbana, entiendo la necesidad de respetar los diseños arquitectónicos del país, pero quizás eso pueda ser una ambición o prioridad para el futuro. Este país en el que estoy viviendo, más que destruir construcciones tiene que ocuparse de construir otras nuevas. Habría que ver si los que toman dichas medidas o las apoyan, tienen problemas de vivienda o viven en un barrio como el mío.

He visto cómo se construyen barrios enteros dedicados a los médicos o los militares, sectores evidentemente priorizados por el Estado. Yo solo espero que me avisen cuándo se construirá el edificio o la barriada de los profesores, un sector tan sufrido en nuestra sociedad. Mientras espero a que nos llegue la prioridad, trato de preservar mi comedor, que bien puede quedar hecho escombros.

Yo creía que el patio de mi casa era particular pero esta resulta ser que por las legislaciones vigentes podría dejar de serlo… El patio de mi casa es un simbolismo de muchas cosas que amenazan con venirse abajo, sin que aún tengamos cómo construir otras mejores. Luego les cuento.