Sentado en un banco del bulevar escucho dos mujeres conversando a mi lado. Una embarazada, la otra siguiendo con sus ojos una pequeña que no dejaba de corretear cerca, supuse acertadamente que era su hija. Ambas hablaban de asuntos maternales. Yo escuchaba a ratos consciente, a ratos inconscientemente, el hecho es que la conversación no se me escapaba. En un instante la madre de la pequeña le hizo a la embarazada una pregunta clásica:

—Quieres que sea hembra ¿verdad?, para tener la pareja…

—No me desagradaría que fuera hembra, pero si es macho será mucho mejor.

—Qué raro, casi todo el mundo quiere la pareja…

—Es por la canastilla, ¿sabes?… Si fuese macho podría heredar la ropa del hermano…

Me quedé atónito al escuchar su respuesta. La otra mujer debió sufrir algo parecido pues demoró en hablar nuevamente. Luego no sé qué pasó que me distendió del tema; pero más tarde, mientras regresaba a casa en tren y veía a una madre juguetear con sus dos hijos, un varón de unos diez años y una pequeñita de meses, recordé la conversación de la mañana y pensé en las madres.

Sí, en las madres. En la de mi hijo, en la mía, en la madre de mi madre, en las de mis amigos, en lo que ha de significar ser madre en sentido general. Si algo le envidio a una mujer es la maternidad. Me dolerá irme de la vida con la inconformidad fisiológica de no saber lo que es tener una criatura en mi vientre, alimentarla de mi sangre, de mi cuerpo, sufrir amargamente para traerlo a este mundo de calamidades y belleza, para finalmente amamantar. ¡Cuánta dulzura duerme en una madre que amamanta!

Siento un amor rotundo por todo lo maternal y me duele que las mujeres a mi alrededor aún carezcan de cuidados y privilegios. Nuestro país decrece poblacionalmente; es una verdad que nos afectará en el futuro. El Estado ha mostrado su interés en apoyar a las madres, pero aún es mucho lo que se podría hacer para facilitarles su consagrada tarea. Una medida oportuna podría ser el refuerzo de ayuda material para aquellas que decidan embarazarse en más de una ocasión.

La mayoría de las muchachas a las que pregunto si piensan dar a luz lo ponen en entredicho, unas disparan un no rotundo, otras alegan que solo lo harían fuera de Cuba, y las más osadas quieren tener uno, pero solo después de los 30 años. Fue una sorpresa cuando en una ocasión le escuché decir a una estudiante de Medicina que le encantaría tener cinco hijos. Jocosamente le dije que no fuera a comentarlo mucho pues corría el riesgo de quedarse sin pretendientes. Su comentario me provocó una alegría que aún me asalta cuando la recuerdo. Disfrutaría de saber si su deseo de aquel entonces logra materializarse para su bien espiritual.

Después de meditar pude comprender a la embarazada que había escuchado esa mañana en el bulevar. Deseé que tuviese otro varón en el vientre, un heredero para la ropa de su futuro hermano, para que así sus preocupaciones de madre fueran un poco menos agobiantes.

 

(El Toque es una plataforma que abre espacio a voces múltiples. Las opiniones aquí expresadas no necesariamente representan la visión del proyecto, las publicamos porque creemos en la necesidad de lo diverso)