Media hora antes de que saliera el camión de pasajeros un tipo de unos 38 años sacó una tabla cuadrada de unos 30 X 15 cm, cuatro tapitas de pomos plásticos y comenzó a moverlas al lado mío canturreando cosas en presente inmediato.

“La paso por aquí, la coloco por acá, y ustedes me dicen dónde está, el que juega se gana el doble de lo que pone. Si me pones treinta te ganas sesenta, si pones sesenta te ganas ciento veinte. Si no tienes dinero entonces ni ganas ni pierdes, porque sin dinero no se juega”. Había que localizar una pequeña esponjita que jugueteaba dentro de las tapitas.

Apareció el primer apostador, le puso 20 pesos a la ficha del extremo. Habría que ser estúpido para no saber que la pelotica estaba en la tapita del otro extremo. El operador volvió a la carga e inició otro juego, y otro más. Y aparecieron otros tres que apostaban mal y perdían bien.

Los pasajeros del camión a Caballería, un punto donde confluye la carretera hacia Santiago de Cuba, Holguín y Moa, nos mirábamos y sonreíamos. Sabíamos que eran embusteros tan viejos como los políticos profesionales, como los primeros magos, los charlatanes vendedores de pociones contra el envejecimiento y falsos profetas bíblicos.

El operador colocó la tabla casi en mi nariz para que viera qué fácil es notar la bolita de esponja. Maniobraba con torpeza, dejaba verla. Al lado mío un sujeto perdía y ganaba con negligencia. Era un equipo de cuatro apostadores falsos, más el operador, situados en diferentes partes del camión. Actores de primera, organizados, conocedores de los puntos de giro del espectáculo.

Armaban la historia hasta hacerla creíble usando trucos de credibilidad como que uno repite una mentira hasta que monta un nivel de realidad, y el público se la cree. En su ficción se ganaba o se perdía, en la realidad real, solo había una realidad y un sentido: perder, caerse por el desfiladero.

Mi primer encuentro con esta pillería fue en 1994. En mi casa quedaban solo 40 pesos y me habían encargado buscar una medicina para mi abuela a un extremo de la ciudad. Mi papá tenía carro, pero no había gasolina, ni neumáticos, tampoco teníamos manteca, ni corriente eléctrica, sólo hambre y neuropatías.

Por suerte llovía suficiente para el pasto, y abundaban los coches tirados por caballos purulentos pero bien alimentados. Me subí a uno, pagué y al lado mío un tipo joven sacó una tablita cuadrada, cuatro tapitas y una esponja.

A los 15 minutos parecía tan fácil ganar que quise apostar los 40 pesos. ¿Qué haría con el dinero ganado? ¿Se lo daría a mi papá para la casa, o me regalaría un capricho de adolescente? Era evidente dónde estaba la pelotica de esponja. Para colmo, el operador le dio la espalda a la tablita fingiendo que verificaba si había policías cerca, y alguien -uno de sus compinches- levantó para nosotros la que ocultaba la esponja.

Los dos sujetos, hombres mayores ya, campesinos, que apostaron sus ahorros se pusieron histéricos señalando la tapita. Un hilo de vértigo me corrió por la espalda. Mis cuarenta pesos. La esponja oculta. El dinero. El operador insistió en que debían estar seguros de que ahí estaba, y ellos gritaban mostrando los colmillos, la lengua, la perilla ¡Ahí esta!, ¡ahí está! ¡Ahí está hijo de puta! El operador sonrió, recogió el dinero, se lo embolsilló, y levantó la tapita: no estaba la esponja.

El equipo de estafadores se bajó del carretón y se dispersó dejando tras de sí llantos, protestas y juramentos. Yo tenía aun mis cuarenta pesos, me temblaba el cuerpo, ¡todavía me tiembla! No los perdí por inteligente, sino por cobardía, la misma cobardía que me acompaña cuando cruzo una calle, o cuando miro a una mujer hermosa, la que me tiene en Cuba aun. Todavía tengo la eléctrica sensación de haberlos perdido.

Durante años he visto esta estafa repetirse varias veces y no salgo de mi asombro al ver que hay gente que todavía muerde, la mayoría hombres de más de 60 años. En esta ocasión perdieron dos, al parecer campesinos que viajan a la ciudad a hacer trámites jurídicos o médicos, 70 y 100 pesos. La esponjita se esfumaba. Se volvía a esfumar. Y con ella las ilusiones que les vendió el mundo.

Se formó el debate, todos indignados, decían lo que no tuvieron valor de decir cuando estaban allí los ladrones del pueblo. Pero un vendedor de galletas, especie de coro griego, soltó una perla nietzscheana que calló sobre todos: “esos tipos no tienen la culpa de nada, la culpa es de quien crea que se puede ganar dinero fácil”.

No sé… creo que hablaba de nosotros también, nosotros dejamos que montaran su circo, y su mentira. También estafamos esos hombres, y a nosotros mismos. Lo hacemos a diario y sistemáticamente.