La yegua Milagros avanza, casi a saltos, por la accidentada guardarraya. Uno cree que saldrá catapultado de la volanta en cualquier momento. “Y gracias a Dios que pude comprar este carretón de caballos. Antes tenía que venir a pie, lo mismo lloviendo que con el sol rajando las piedras”, dice Nolvis Sánchez Fuentes, un muchachito que se ha hecho hombre con el azadón y el machete en la mano.

Ya han pasado más de cinco años desde que decidió dejar el magisterio para cultivar la tierra. Primero en el patio de su casa, en las afueras de Laberinto, un batey de Matanzas que bien podría compararse con el Macondo de García Márquez, si de lejanía y escasas oportunidades se trata.

“En el Politécnico de Gispert, donde me ubicaron cuando me gradué como profesor de Educación Física, siempre andaba limpio y entre muchachitas, pero a veces llegaba a la escuela con cinco pesos en el bolsillo y así no se puede vivir. Además, a mí siempre me gustó el campo, y cuando vi que la piña se daba bien aquí, le pedí permiso al presidente de la cooperativa para sembrar también en el área forestal”, comenta el joven que sonríe poco, pero trabaja mucho.

Terraplén adentro, con el cañaveral a un lado y bordeando algún que otro marabuzal, vamos llegando a su conuco. En cada curva del camino tiene una historia. “¿Ves aquel surco?, sí, el tercero. Ahí mismo enterré una bicicleta”, me dice mientras señala casi el final de un cuadrante de caña.

“Imagínate, estaba lloviendo a cántaros. Ya no podía seguir en ella, me la eché al hombro, pero ¡qué va!, faltaba mucho para llegar a la carretera y decidí esconderla ahí, para recogerla al otro día. Sin embargo, cuando llegué, me la habían vuelto un número ocho: un tractor pasó fumigando y cogió por esa esquina precisamente.”

Una vez más se vio a pie, pero no perdió la fe, ni el empuje.

Entre los surcos de árboles maderables de la cooperativa no solo se ven las hileras de piñas. También destaca un pequeño guayabal al fondo, plátanos y café brasileño.

“Lo que le pase a mata es como si me pasara a mí. Además, siempre hay algo que hacer. Lo mismo escardar, que aporcarlas o quitarles las hojas secas. Claro, también hay que invertir. Y a veces no aparece el ‘fumigo’ o el abono que necesitan y cuando lo encuentras es muy caro”. 

Hay que estar inventando.

Y eso no siempre sale bien. Que se lo digan a él, que ya tuvo un incidente con un líquido de fumigación comprado “por la izquierda”, que casi mata todas sus plantas de piña.

“Parecía que les habían dado candela. Pensé que las iba a perder, pero son fuertes y poco a poco se han ido recuperando. Realmente esto es duro y lleva trabajo, trabajo y más trabajo”, dice mientras se acomoda el sombrero de camino al cafetal.

Entre los algarrobos se empinan las matas de café. Algunas ya tienen su segunda cosecha. Casi todas están parejitas y debe haber más de un millar.

“Esto lo he hecho yo solo”, me dice con orgullo. “Lleva mucha constancia y paciencia porque son cultivos que demoran años en dar buenos resultados, pero dentro de tres o cuatro años habrá valido la pena el sacrificio”.

Foto: Yamila Sánchez