El sol ha pasado el cenit. A todo micrófono, una voz melodiosa entona el llamado a la oración. Es viernes. El aire huele a incienso. Luces amarillas iluminan las paredes dibujadas con caligrafías árabes, y el piso alfombrado sobre el que se sientan unas cien personas para escuchar la jutbah (sermón) y rezar juntos. Los hombres en túnica árabe o africana y las mujeres con el hiyab o velo islámico. Cubanos y extranjeros repiten muy bajito las palabras del llamado:  Allahu Akbar, Allahu Akbar (Dios es el más grande, Dios es el más grande).

En el corazón turístico de La Habana, en el centro histórico de la ciudad, está ubicada la mezquita Abdallah, donde se busca alimentar una espiritualidad extraña a las tradiciones de la Isla, pero asumida por muchos hijos de ella, desde hace ya varias décadas. Sin embargo, a diferencia de otros grupos religiosos establecidos muchos años atrás en la nación caribeña, este carece de espacios que cubran necesidades propias: la carne halal (de animal sacrificado en nombre de Allah), la ropa adecuada, las alfombras de rezo, o, incluso, un cementerio para enterrar a los muertos según lo prescribe el Islam.

Hace unas dos décadas, cuando se creó la Liga Islámica de Cuba (reconocida jurídicamente a partir de 2007), la mayoría de los musulmanes eran hombres y mujeres de mediana edad. Debido a las peculiaridades del contexto y a la imposibilidad de Internet, el acceso a la literatura islámica era muy precario, lo que, unido a la corta vida de la comunidad, quizá explique la falta, aún existente, de vías para cubrir esas necesidades. La construcción de la mezquita fue, sin dudas, un importante paso de avance para los practicantes; después de tanto esperar tendrían un lugar de congregación con las condiciones requeridas, y amplitud suficiente para todos.

Según el presidente de la Liga, Pedro Lazo Torres, hoy se contabilizan poco menos de 7000 personas entradas al Islam.“Las mujeres todavía son minoría dentro de la comunidad, pero a veces da la impresión contraria, porque son más activas”. El crecimiento del número de hiyabis (musulmanas que siempre usan el velo en espacios públicos) atrae cada vez más la atención sobre quienes, a pesar de los inconvenientes sociales y del calor, deciden portar el polémico hiyab y reivindicar el derecho a vestir como manda el Corán.

Mujeres musulmanas en Cuba se abren camino frente a los estereotipos

Nagulachi Jáuregui es una de esas cubanas conversas. Tiene nombre japonés, pero la conocen por Leila, palabra que significa noche en árabe. “Las musulmanas jóvenes tratamos con más ahínco de buscar conocimiento –me dice– entender el porqué de las cosas, encontrar el sentido de la religión y aplicarlo en nuestra cotidianidad”.

Leila explica que el difícil acceso de los practicantes tanto a vestimenta apropiada como a comida halal propicia que la comunidad se beneficie de donaciones y que no pocos integrantes sientan que dependen de ellas, por ejemplo, para vestir.

Todos viernes caminan por Obispo hacia la mezquita muchas
musulmanas cubanas, Leila es una de ellas. Foto Maryam Camejo

En el caso de los alimentos, escaso ha sido el resultado de aquellos que se han lanzado a la aventura de hacer negocio de la venta de animales sacrificados acorde a los principios islámicos, lo que determina que su carne sea halal, esto es, lícita. Rodolfo Pérez (Jamaal), exlíder de los musulmanes en Santiago de Cuba y actual estudiante en la Universidad de Medina, en Arabia Saudita, confirma que los únicos establecimientos de comida halal en la mayor de las Antillas son los restaurantes árabes de la capital, y ninguno de esos emprendimientos pertenece a un cubano.

Una tienda, un paraíso

Cuando Kira Romero llegó a la mezquita todavía no era musulmana. Apareció acompañada de su padre, recién llegado de cumplir misión en Venezuela como médico. En poco tiempo dio la shahada, el testimonio de fe para entrar en esta religión. Desde entonces, ellos han pensado juntos no sé cuántas variantes de negocios para que la comunidad se desarrolle, sí, no solo su familia, sino toda la comunidad. Y de dar vueltas y vueltas sobre la misma idea, a la postre, Kira encontró la respuesta. La primera tienda islámica dentro del país.

A ella no le gustan las cámaras, por eso no accedió a fotografías, pero le encantó la idea de ser entrevistada sobre el negocio que piensa abrir en unas semanas. En la terraza de su apartamento, en Centro Habana, viene con una bandeja de falafel y humus –típicos platos árabes—, se sienta frente a mí y me dice: “Muchos musulmanes tienen que perder la costumbre de esperar que las cosas les caigan del cielo; del cielo solo cae agua”.

“Lo primero que pensé fue comprar velos y repartirlos entre las mujeres en Ramadán —me cuenta—, luego me dije: ¿por qué no venderlos a un precio simbólico?, y de ahí, decidí hacer algo más grande, algo que también generara empleos para hiyabis”.

En la tradición islámica Firdaus es el nombre del nivel más alto del Paraíso, un lugar al que se accede en una vida posterior a la muerte, lleno de comodidades, y que se encuentra ubicado bajo el trono de Allah, el término árabe para referirse a Dios.

Diseño de espacio para la tienda islámica Firdaus. Foto tomada de su página en Facebook.

—¿Por qué escogiste precisamente Firdaus para el establecimiento? —le pregunto.

—Pues porque no hay otro lugar donde te puedas sentir mejor —responde sorprendida, como si de antemano yo debiera conocer la respuesta—. Quiero que la gente se sienta a sus anchas en mi tienda. Ahí nadie va a mirarte mal por un velo. Y contrario a lo que algunos piensan, no admito discriminación de ningún tipo, ni por religión ni por orientación sexual. Da igual si eres gay, santero, judío, cristiano… Al final todos somos seres humanos.

Isaura Margarita Argudín, conocida como Anisa, estudió farmacia, pero descubrió una nueva afición desde que se hizo musulmana, hace dos años. “Yo no sé dibujar, tengo la idea en mi mente, lo pongo en papel como puedo y después lo hago. Estoy feliz de poder empezar a vender en esta tienda”. Según ella, la emergencia del establecimiento demuestra que las musulmanas no son mujeres sumisas al hombre, ni oprimidas. “Podemos ser emprendedoras, crear puestos de trabajo. Esto nos da mucha visibilidad. Creo que Firdaus puede servir de inspiración, no dudo que después de nosotras aparezcan nuevos emprendimientos de musulmanas.

—¿Por qué te preocupa generar empleos para hiyabis? —vuelvo a interrogar a Kira.

—A las mujeres que usan el velo muchas veces se les hace difícil encontrar trabajo. Hay lugares donde no te lo expresan explícitamente, pero te lo insinúan —responde molesta—. En los negocios particulares son más claros: sí te lo dicen. Todo eso es parte de una incultura social con respecto a lo que promueve el islam, que no es el terrorismo. Y, además, esta comunidad necesita desarrollarse. Ya la posibilidad de tener dónde adquirir ropa es una ayuda. Si antes de ser musulmana ahorrabas tu dinero para el vestido que querías, ahora lo puedes ahorrar para ropa islámica. La comunidad necesita que haya más emprendedores y que se viva menos de la caridad ajena –me repite insistente.

Kira explica su interés en que Firdaus sirva para cultivar cierto nivel estético en el estilo de vestir de las musulmanas en Cuba, que, hasta el momento, no tenían otra salida que usar cualquier ropa larga que las cubriera. Por ello, también incluyó un espacio de joyería y bisutería, que ha dado mucho de qué hablar en las redes sociales. Desde alfileres muy peculiares para sostener el velo, hasta imanes, broches y prendedores, artículos muy usados en países asiáticos por aquellas que comparten la fe. La mayor parte de la materia prima para los productos de Firdaus se importa de otros países, la única manera hasta el momento de llevar adelante este proyecto.

Foto promocional de broches de la tienda Firdaus. Foto Maryam Camejo

“Lo que voy a vender lo puede usar cualquier mujer, un velo es también una bufanda, un broche para el hiyab puedes usarlo en la blusa. Esta tienda surge para cubrir necesidades de mujeres musulmanas, pero está dirigida a todas las mujeres”.

“Defender lo que somos”

En la nueva Constitución de la República de Cuba, aprobada el 24 de febrero del presente año, tras referéndum, según el artículo 15 “El Estado reconoce, respeta y garantiza la libertad religiosa”. El No. 57 establece que “Toda persona tiene derecho a profesar o no creencias religiosas, a cambiarlas y a practicar la religión de su preferencia, con el debido respeto a las demás y de conformidad con la ley”. En el 42 se declara que “Todas las personas son iguales ante la ley, reciben la misma protección y trato de las autoridades y gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades, sin ninguna discriminación” por varias razones y se incluye la religiosa. Más allá de eso, las musulmanas no saben cómo defender su derecho al uso del velo. A pesar de que muchas voces religiosas y académicas claman la necesidad de una ley de culto en el país, sigue siendo un tema pendiente.

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Las hermanas Yanna y Yanet Mustelier, convertidas hace 6 y 5 años respectivamente, afirman que en La Habana la situación es muy diferente a otras provincias, donde a muchas musulmanas les han exigido quitarse el velo en centros de trabajo, en escuelas o universidades. Para Yanna, esto se debe a incultura, pero actualmente se está produciendo un cambio con respecto a lo que se sabe del islam. “Mi hermana y yo somos ejemplos de eso, ella usa el velo desde el preuniversitario y yo desde la universidad. Trabajo con el hiyab y nunca he tenido ningún problema”.

Las hermanas Yanna y Yanet Mustelier, cubanas convertidas al Islam.
Foto Maryam Camejo

Como mecanismo para defender sus derechos, explica Yanna, las musulmanas se auxilian de la Liga Islámica. Cuenta que la posibilidad de contar con datos móviles les permite estar conectadas y cuando una hiyabi tiene un problema, sin importar la provincia, buscan la protección de la única institución de representación legal para los musulmanes de la Isla.

“Estoy convencida de que se está ganando cultura en este sentido. Los santeros usan sus collares y la ropa blanca, son sus símbolos religiosos, mi velo es el mío. Mientras más visibles nos hagamos, más contribuiremos a que se rompan estereotipos. Se trata de defender lo que somos. La existencia de la tienda ayudará muchísimo en esto. A la dinámica interna de la comunidad, y también a lo externo. Es genial que la dueña sea una cubana, alguien que sabe cómo funcionamos aquí, en este país, quiénes somos como musulmanas cubanas, porque no somos árabes, en lo absoluto, somos cubanas”.

 

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