Mi vecina lo contó indignada. Resulta que en su ausencia, alguien de su familia había permitido que otro vecino (de ojos y lengua bien afilados) pasara al interior de la casa y usara el teléfono fijo para hacer una denuncia. “Si quieren cogerlo vengan, que ahora mismo está en eso”, dicen que dijo el denunciante, refiriéndose a otro sujeto del barrio que tenía por costumbre sustraer las lámparas de luz fría de los portales ajenos.

En efecto, vino la policía, atraparon al ladronzuelo y la historia tuvo un final feliz, es decir, justo. “Chica, pero está muy bien que hayan cogido robando a ese tipo”, me apresuro a contestarle. La mujer, como un resorte, riposta: “Sí, sí, claro, eso está muy bien, y me alegro. Pero lo que yo no soporto es la chivatería”.

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Chivato, chivatiente, sapo, delator, trompeta, chismoso, chiva… llámese de cualquier forma, de las múltiples e ingeniosas que ha encontrado el saber popular para nombrarlos, estos personajes no cargan casi nunca con la simpatía de quienes les rodean. Y la explicación primera parece ser simple: basta hurgar un poco en la historia lejana e inmediata del país, y en sus circunstancias de hoy mismo, para ver cuánto sufrimiento, cuánta pena puede venir detrás de una delación; y cuántas veces ni quien delata encarna los mejores ideales, ni el delatado es, en rigor de justicia, un delincuente.

Soplón, recuerda la Real Academia Española, es alguien que “acusa en secreto y cautelosamente”. Y eso, traducido mal y pronto al aguaje marginal cubano, significa que no tiene lo necesario para denunciar de frente y sin cautela.

Cuando a raíz de la doble crisis que sufre la nación —coyuntura económica-pandemia—, las autoridades han llamado insistentemente a “ayudar a las fuerzas del orden público”, a “colaborar con la policía”, a asumir como “una batalla de todos” la lucha contra el delito; los que acumulan cierta edad no pueden menos que recordar las muchas veces que en las últimas seis décadas se han lanzado convocatorias similares.

De hecho, la caricatura más frecuente que ha quedado como vestigio de los derruidos Comités de Defensa de la Revolución (CDR) es la de algún veterano o veterana, responsable de vigilancia, que lo mismo alerta de cualquier movimiento extraño en la zona, que ofrece toneladas de información sobre la vida íntima de quien se necesite verificar. No importa que la verificación sea para un ascenso de trabajo, para un viaje o para un funeral.

Y como tantas normativas que nos han conducido también por más de medio siglo se mueven entre lo absurdo y lo despótico —no puedes sacrificar una res que criaste para alimentar a tu familia, no podías vender tu carro, no podías vender tu casa, no podías alojarte en hoteles, si te ibas del país debías entregar al Estado hasta las puntillas de la vivienda… y un larguísimo etcétera—, casi que vivíamos y vivimos todos en un permanente trance delictivo. Traspasando barreras de lo legal en aras de lo legítimo. Luchando para sobrevivir. Escapando.

Recientemente el poeta Alex Fleites meditaba: “No hay que hacer profundas pesquisas para determinar el lugar que el mercado negro tiene en nuestra economía familiar. […] En ese segmento sumergido de las relaciones mercantiles se halla la precaria satisfacción de necesidades de productos y servicios que el estado todopoderoso y omnisciente por muchas décadas no ha logrado resolver. Desplazar la atención hacia la bolsa negra como origen de la mayoría de los males que nos aquejan, deviene ejercicio de enmascaramiento”.

De ahí que, concluía el escritor, receptador, esa figura pintoresca del Código Penal, nos aplica a todos, o a casi todos, para no ser absoluto.

Desde otro ángulo del asunto, como el sistema se ha encargado más de repartir equitativamente la pobreza que de incentivar a la prosperidad, casi todo lo que despunte diferente, atractivo, emprendedor, es digno de sospecha, y se estimula a denunciarlo, intervenirlo, aplastarlo. Con lo cual, no se gana en bienestar colectivo, sino más bien lo contrario, se cercenan los árboles que sobresalen de la monótona techumbre del bosque. De ahí que muchos de esos árboles, dolorosamente, se amputen las raíces y partan a crecer en otras tierras.

No hace falta decir que en incontables ocasiones, quienes empujan a delatar desde las cómodas alturas son ellos mismos los primeros malhechores; y en verdad poco les importa el avance del país, sino que la cosa siga flotando en la misma salsa, para ellos seguir viviendo de Liborio. Algo así como aniquílense los unos a los otros; llénense de miserias, envidias y bajas pasiones, mientras nosotros nos cargamos la patria.

Entiéndase, no apoyo ni apoyaré jamás el delito. Aborrezco tanto la injusticia como amo la equidad. Pero no sé, ante tantos y tan engañosos llamados a la guardia ciudadana en alto, me pasa como a mi vecina, que no soporto la chivatería.

 

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