Como cualquier reportero, hice la tarea antes de ir a la entrevista. Averigüé datos esenciales de mi interlocutor, busqué algunas pistas sobre cómo había levantado su negocio, fijé los objetivos de información que quería sacar de él.

Productor porcino. Más de un lustro en el giro. Exitoso. Varios empleados. Como tantos otros, había erigido su prosperidad luchando. Que, bien sabemos, en cubano significa muchas veces —aparte de laboriosidad e inteligencia—, tocar amablemente ciertas puertas y bolsillos, callar con prudencia ciertos males, encontrar los sujetos apropiados para conectarse al mercado subterráneo. Jamás marcarse como rebelde o incómodo ante los eternos decisores político/gubernamentales.

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El hombre resaltaba con mayor interés por la doble crisis que ruge en la Isla. Economía llena de agujeros (entre ellos, el déficit de carne de todo tipo en la dieta familiar) y, encima, pandemia de la COVID-19.

***

Me mostró sus naves. Cientos de cerdos de raza. La mayoría por encima de las 100 libras. Se le escapó, mientras caminábamos junto a un amigo común, que el pienso último que le habían entregado no parecía ser muy bueno, porque los animales no avanzaban. Y que los medicamentos —conseguidos por la izquierda como si fuesen para humanos— no daban abasto.

Le repetí las características del medio no estatal para el que iría el diálogo. Y que, dados los temores (bien fundados) de la gente del país cuando se trata de estas plataformas, podíamos omitir su nombre y señas personales si lo deseaba. Que tan solo quería que me hablara claro. Comprendido todo, encendí la grabadora. Palabras más, muletillas menos, así conversamos:

—Para comenzar un negocio como este ¿se puede acceder a créditos del Gobierno?

—Sí, sí, siempre te da créditos para el inicio y, en la medida en que cumplas, te los aumenta. Porque si no, cualquiera pide dinero y no cumple.

—¿Ventajas y desventajas de producir carne porcina en el país?

—¿Desventajas?… No sé, quizá los tiempos, que el tiempo muy frío es malo para el cerdo, o el extremo calor. Pero del negocio, del negocio con el Estado, eso funciona.

—¿Y las entregas de comida?

—Puede ser un poquito más acá, un poquito más allá, pero siempre llega. Lo que pasa es que a nosotros, como somos el país que somos, nos ponen obstáculos paʼ que los barcos entren al puerto y eso…

—Pero hay quejas de productores, que no llega el pienso o llega tarde y es insuficiente, o no viene con calidad…

—La calidad depende de la materia prima, hay materia prima mejor y peor y así será el pienso.

—¿Qué barreras sientes que has tenido en tu negocio, para producir?

—Las barreras son las de uno mismo. Que las cosas no siempre salen como uno quiere, que hay cosas que se desconocen y se van aprendiendo, etc.

—Por ejemplo, para construir naves como las que me enseñaste, ¿resulta fácil adquirir los materiales?

—En los puntos de venta se compran los materiales, con la licencia de construcción y a través de las cooperativas. A veces hasta más baratos que por otras vías.

—Y los convenios, ¿cómo funcionan? ¿Son favorables a los productores?

—Hay distintos tipos de convenios, con distintas entregas de comida por el Estado y de carne por el productor. Eso está parejo y organizado.

—Ejemplifícame. Ahora, por ejemplo, ¿esta puesta de cochinos hasta cuántos kilogramos debes llevarla?

—Hasta 80.

—¿Y la comida te alcanza?

—Sí, sí. Lo que hay es que saber echarla. Y si faltara algo, los cochinos se ponen por la cantidad de tierras y la capacidad del productor de sembrar también el alimento que falte.

—¿Por qué tú crees que escasea entonces la carne de cerdo en el país?

—Esa parte no sé decírtela, porque lo mío es producir, no distribuir.

—No te pregunto como productor, sino como ciudadano común, como cubano que mantiene un hogar…

—Y como ciudadano y cubano te digo que no sé. Ni idea tengo.

—Si el negocio funciona tan bien, ¿por qué no hay más productores en este giro?

—Porque el campo no es fácil. Hay que trabajar.

—¿Te ha pasado que por enfermedad pierdas animales? ¿Qué pasa con esas pérdidas?

—El Estado asume parte del costo. Eso está en los contratos. Como te digo, todo está cuadrado.

—¿Te ha ocurrido que tengas los cerdos con el peso acordado y se demoren en venir a comprártelos, como les pasa a los productores de viandas y hortalizas con la empresa de Acopio?

—No, no. Eso no ocurre. A veces hasta se adelantan para llevar carne a las ferias y eso…

—¿Te son favorables los precios? ¿Quién los fija, el productor o la empresa estatal?

—Eso es un convenio, se llega a un acuerdo. Siempre las dos partes ponen lo suyo, paʼ no perder.

—¿Qué tú crees que podría mejorar las condiciones de producción de la carne porcina en la Isla?

—Todo lo que mejore será bueno.

—Claro, pero dime algo específico…

—Bueno, chico, eso que ahora dicen, que autorizarán las importaciones de uno mismo. Seguro será bueno para nosotros.

—¿Cómo son los salarios de tus trabajadores?

—Dependen de la producción.

—Pero más o menos cuánto, un aproximado…

—Nunca es una cifra fija, pero les alcanza para vivir.

—¿Qué se hace más difícil en el proceso de ceba del animal?

—El trabajo con el cochino chiquito.

—Se te enferman y no tienes medicamentos, supongo.

—No, no, cuando el Porcino te los da, vienen vacunados contra las principales enfermedades, leptospira, cólera y otras… Como los niños. Lo que pasa es que el cochino chiquito tiene sus cosas.

—¿Algo más, alguna clave que pudieras resumir de este negocio?

—Trabajar. Producir y trabajar.

—Pues te agradezco mucho.

—Pues aquí estoy, llámame si te hace falta saber algo más.

***

“Cada hombre ha de llevar en su interior una serie de disfraces, para poder concursar en el carnaval de la vida…”. Esto escribió el capitán Pedro A. Castells, asesino con ínfulas de filósofo que dirigió el Presidio Modelo cubano, entre 1925 y 1933.

¿Cuántas máscaras nos ponemos día a día? ¿Por qué? ¿Miedos? ¿Conveniencias?¿Costumbre? ¿Facilismo?

Todo producto periodístico es, al final, una puesta en escena; pero, ¿acaso no debe partir siempre del ejercicio honesto de contar y evaluar la vida cotidiana? ¿Cómo pueden las compulsiones desde los poderes de una sociedad encajarnos el antifaz permanente de lo políticamente correcto?

En esas elucubraciones medio bobas voy absorto, camino a casa, después de la entrevista. Mi amigo, que facilitó y acompañó el diálogo, rompe el silencio y comenta, como para aterrizarme: “Compadre, ¿por qué no paraste la conversación? Al final el hombre dio curvas y curvas como un majá y no te dijo nada”.

—Me dio pena, respondo.

Y sigo pensando en la carne de puerco y los disfraces.

 

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