Cuando era adolescente, algunos muchachos de la escuela me llamaban Pepe y me cantaban felicidades los 28 de enero. Esta especie de bullying-tradición surgió por mi amor platónico hacia Martí. Entre las aventuras de Salgari que leía en la placa de una casa a medio construir, mientras comía mangos verdes y huía de las peleas de mis abuelos, intercalaba alguna que otra carta a María Mantilla o los Versos Sencillos que desde temprana edad me aprendí de memoria. «¡Qué suaves lágrimas se asoman a los ojos después de haber leído buenos versos!».

Lo juro, admiraba tanto a Pepe que se convirtió en mi amigo imaginario. Conversaba con él largas horas y me refugiaba en sus letras cuando me sentía sola. Por eso, creo que siempre sentí que era un ser de carne y hueso, con sus defectos y sus luces.

Martí fue conmigo a todas partes. En la etapa del preuniversitario me lo imaginaba caminando por los largos pasillos de la Lenin, fugado en el trampolín o sentado leyendo en el Bosque de la Amistad. Luego, en la universidad, lo imaginé muchas veces cuestionando las clases de Historia o de Cultura Política. «¿Quién no ha conocido, en los bancos del colegio como en los de la vida, al que hace la ronda, como gallina enamorada, al maestro, al rico, al poderoso, y al mísero de corazón que, sin ser malo, va por miedo donde los malos lo llevan?».

Pero algo cambió en mí con el pasar de los años.

‌Cada vez leía menos a Martí. No porque lo sintiera distante, sino porque me era difícil ubicarlo en estos tiempos sin presagiarlo rebelde y honesto.

Martí seguro hubiese visitado el Tun Tun, como muchos de los jóvenes que encontrábamos refugio en las letras de Ray Fernández y entretenimiento a nuestros jueves. O quizás se convirtiera en cuentapropista, en dirigente, en pintor, en soldado. Martí hubiese sido todo lo imaginable e inimaginable también, porque las personas cambian con las épocas, se ajustan, crecen. «Las épocas, que con este y el otro se van agrupando y determinando mientras están en su estado de formación, cuando están ya determinadas, empiezan a dar carácter y a concretarse en las inteligencias sensibles y perspicaces de su tiempo».

Quizás se sentaría en la acera para mostrar sus principios, o hubiese estado esa noche frente al Ministerio de Cultura aunque no compartiera las mismas ideas de aquellos jóvenes, solo por empatía y por respeto al hombre, en toda su dimensión. «Dígase hombre y ya se han dicho todos los derechos».

Si Martí viviera en estos tiempos, quizá se acogería a su ciudadanía española para buscar un futuro más próspero como muchos de mis amigos y conocidos. O se quedaría a vivir en Cuba y lucharía por el cambio que su país soñado necesita. «Sin libertad, como sin aire propio y esencial, nada vive».

Me imagino a un Martí con tatuajes, a un Martí negro, a un Martí anciano, a un Martí con nasobuco. Pero lo que no me imagino es a un Martí sumiso, a un Martí callado, a un Martí injusto. Él sufrió en carne propia la censura y la persecución. Él supo de la ingratitud de los hombres y aprendió a perdonar.

Quizá hubiese sido presidente de la Asamblea Nacional o un diputado capaz de romper la trillada unanimidad. No me lo imagino conformándose en tiempos de ordenamiento y unificación monetaria. Me lo imagino, orgulloso de los logros, capaz de buscar la luz hasta en los momentos de oscuridad. Sin embargo, también lo veo triste y pensativo, avergonzado de errores que pudieron evitarse y dispuesto a «cambiar todo lo que debe ser cambiado».

Cuando era adolescente, algunos muchachos de la escuela me llamaban Pepe y me cantaban felicidades los 28 de enero. Ellos se burlaban de mi amor hacia Martí, yo le agradezco por tanto. Y hoy, a 168 años de su natalicio, me imagino a un Martí vivo, dispuesto a luchar «con todos y por el bien de todos», aunque eso implique aceptar lo diferente, lo nuevo, lo arriesgado y llegar a un acuerdo, a un llamado de paz entre sus hijos cubanos. Por eso, prefiero imaginarlo también en Hogwarts jugando ajedrez con Ron Wesley o compitiendo con Hermione por ser el mejor de la clase. Quiero pensarlo en el mundo mágico luchando contra Voldemort, porque en este rincón, cada día más muggle, se necesitan muchos Martí y menos normalidad.