Varias veces Amanda había pedido un unicornio como obsequio de cumpleaños. Lo quería “blanco, con ojos carmelitas, cuerno amarillo y cascos rosados”. Imagínense la expresión de los dependientes ante tal pedido; un “no” rotundo recibían los padres como respuesta en cada tienda que iban, aquí y allá, porque en esta tierra el consumidor no tiene mucho dónde escoger, imagínense llegar a conseguir un producto con tantos “requisitos”.

Para ese tipo de demanda abrió Tin Marín, una tienda de regalos para niños y jóvenes.

Desde hace más de un año y medio duendes, muñecas de trapo, ranas y cualquier animalito artesanal han llenado de colores el garaje de una casa, ubicada en la capitalina calle 48 entre las avenidas 9 y 11, en el municipio habanero de Playa.

Ofrecer productos totalmente artesanales y personalizados, si es interés de los clientes, es la razón de ser del emprendimiento de Gretel de la Rosa y Ailette Hernández, dos jóvenes que apuestan por productos nacionales con calidad y belleza.

Foto: Thais Roque

En el trabajo cotidiano se encuentran con todo tipo de clientes: “lo mismo el que llega y alaba la tienda por lo bien que están hechas las cosas, que quien pregunta: ¿pero todo lo que venden es hecho en Cuba? y ante la respuesta afirmativa pone cara de desprecio y se va sin mirar”, cuenta De la Rosa mientras me alcanza a Silvio, un muñeco con los cachetes sonrojados y aspecto bonachón que me cautivó desde el principio. “Tócalo, mira, es todo de tela”.

Los niños definitivamente son el nexo entre estas dos mujeres que provenían del mundo de las ventas. Aunque habían estudiado por la misma época en la Universidad de La Habana no eran amigas. Fueron sus hijos Rodrigo y Amaya quienes las pusieron en el mismo camino.

Luego el fracaso ante la búsqueda de un regalo auténtico para un niño que vive en otro país, iluminó a Gretel que desde hace tiempo quería emprender su propio negocio.

Foto: Thais Roque

De los primeros momentos, recuerda Ailette la convicción que siempre tuvieron de no comercializar nada importado: “Localizamos a personas que hacían este tipo de productos, pero que normalmente no los vendían o que tenían habilidades y podían comenzar a hacerlos para nosotras”.

Aunque han sabido guiar la nave y sortear los escollos, esa elección les ha traído varios dolores de cabeza. A veces sube la demanda de un determinado producto y de pronto desaparecen los materiales para confeccionarlo. Tal situación las obliga a buscar otras alternativas: “eso a veces es bueno porque genera nuevas opciones, pero nos mantiene en constante tensión”, comenta Gretel.

-“Te puedes sentar en el caballito”, me dicen.

-“¡Pero lo voy a romper!”, las miro incrédula.

-¡Que no muchacha, que te puedes sentar!, eso está hecho con papier maché y aguanta lo que sea”, me responde una de ellas.

Foto: Thais Roque

Esa es otra de las máximas en Tin Marin, vender juguetes que los niños puedan lanzar contra el suelo, golpear, halar, y que aun así sobrevivan. Por eso y para evitarles rasguños u otros daños, ofertan productos confeccionados, esencialmente, en los más diversos tejidos, madera, mimbre, foami (material espumoso), papel y cartón en técnicas como el papier maché.

Conservar el oasis alejado de gustos estandarizados, es otro de los retos diarios. Muchos llegan preguntándoles por Mickey Mouse o Dora la Exploradora, pero a ellas no les interesa vender ese tipo de personajes que pueden encontrarse en otros lugares: “Preferiríamos tener a Elpidio Valdés, aunque en realidad no hemos indagado sobre los permisos que necesitamos para hacerlo”, confiesa Gretel.

Foto: Thais Roque

Tener una relación cercana con los clientes fue otra clave que siguieron desde el inicio. Por eso además de dueñas son también dependientas en su negocio. Consideran que esa experiencia es fundamental para el desarrollo de la tienda.

Aunque no lo han logrado, ya han intentado copiarles la iniciativa. De ahí que se sientan desprotegidas desde el punto de vista legal: “Cualquiera llega, tira tres fotos, replica los modelo y después los vende más baratos en la sala de su casa”.

Me explican que ya registraron la marca, quizás, les recomiendo, deban buscar asesoría y hacer lo mismo con sus productos.

Ahora el espacio es pequeño y no les permite hacer demasiado, aun así aprovechan cuanta oportunidad se les presenta para realizar acciones comunitarias. El primer aniversario lo celebraron con los niños del barrio: rifa, piñata, concursos y juegos participativos, fueron la antesala del montón de ideas que constantemente revolotean en las cabezas de estas dos cubanas emprendedoras.

Foto: Thais Roque