Mi niña quiere un caballo, como casi todas las niñas del campo cuando los ven trotar por primera vez. Ahora, con sus inocentes tres años, es fácil convencerla de que cualquier penco que pase, esclavizado a su eterno carretón, es su caballito blanco. También quiere una palma para atarlo… y una muñeca. Una muñeca que hable y diga papá, que se siente y tome café, y que sepa contar hasta diez.

Desde que me habló de este último deseo, evito pasar con ella frente a la tienda de juguetes, donde se exhiben, a precio de quién sabe para quién, esas muñecas fantásticas, con los rostros de las princesas de Disney; autos de un rojo manzana, que se manejan por control remoto, y de los que ya algunos niños presumen en el parque; y muchas otras fantasías, muy alejadas de los quinientos pesos que alcanzo en el mejor de mis meses.

Mi niña no sabe que pronto tendré que explicarle, cabizbajo, que eso no lo es todo en la vida, que estudie mucho para que su hija sí los tenga, que sea buena y que haga caso, que eso es lo que importa y la hace linda. No sabe que diera lo que no tengo por no tener que casi mentirle así, para apagar esos deseos de niña que mira, con ojos muy abiertos, un mundo que se divide en dos bandos, con un abismo insondable de por medio. Y lo peor: a nadie le importa.

Ella tendrá que conformarse con los aparatos destartalados del parque de diversiones; con el carrusel de caballitos que ya no bajan ni suben, solo dan vueltas y vueltas, aburridos de su miserable vida; con las lonas para brincar, y las bicicletas inventadas, y los chivos con carretón que algunos visionarios ponen a disposición de los que menos tienen, todo por cinco pesos.

A cinco pesos sí llego.

Pero no al caballo de verdad, ni a la muñeca de verdad, ni a la verdad misma, que mi niña, tarde o temprano, tendrá que tragar, como la más amarga de las medicinas. A este paso tendré que sembrar una palma, a ver si logro redimirme.

A veces me pregunto por qué la vida es tan curiosa. Antes, cuando te tocaba un juguete mensual por la libreta, uno prefería jugar con un pomo de benadrilina vacío y un tirapiedras; pero ahora mi niña se aburre de su bolsa de trastos: tapas de frascos, pedazos de juguetes viejos, herramientas de mi trabajo, palos, piedras, cosas sin nombre. Esos son sus juguetes de ahora: cosas sin nombre.

Como tampoco tiene nombre la desesperanza, la impotencia, y a veces la furia y hasta la rabia de no dar para más. De no poner llegar a la casa con una muñeca bajo el brazo —¡con una simple muñeca para mi hija! — y decirle que es para ella, por ser la niña más linda, por comerse toda la comida, porque papá y mamá la quieren mucho. Mucho, mucho, mucho.