La jutía, el cocodrilo y el avestruz podrían ser fuentes alimenticias en el contexto de carencias de la Isla. Lo propuso el nonagenario Comandante de la Revolución Guillermo García Frías, en el espacio televisivo Mesa Redonda, a principios de abril pasado.

De inmediato saltaron las bromas en torno al suceso. Humoristas radicados en Cuba y fuera de ella hicieron su agosto con la exposición del dirigente de origen campesino y no faltó quien, en las calles, recordara cuartetas de la sabiduría popular como aquella de: “Yo no como la jutía/ porque tiene cuatro dientes/ y luego dice la gente/ que yo como bobería”.

Sin embargo, más allá de las chanzas y de lo exótica que pudiera lucir la proposición, al parecer el anciano funcionario no estaba errado en sus consideraciones, al menos en lo referente a la jutía. Un científico tan respetable como el doctor en Ciencias Biológicas Vicente Berovides Álvarez, profesor de mérito de la Universidad de La Habana, lleva años promocionando la idea de que específicamente la jutía conga (Capromys pilorides) sea reverenciada como el mamífero nacional cubano.

Así lo planteó en el acto de cancelación de sellos de la emisión postal Jutías de Cuba, efectuado el 23 de mayo de 2016 en el Museo Nacional de Historia Natural Felipe Poey, de La Habana. Así lo ha seguido defendiendo en cuanto espacio académico ha podido. Y ya existe hasta una propuesta fundamentada que se ha discutido en instancias científicas del país entre 2018 y 2019 para viabilizar tal propuesta.

Dr. Vicente Berovides Álvarez

¿NO TE RECUERDA A ALGUIEN?

A finales de julio último, en la casa de su familia en el periférico poblado habanero de Punta Brava, el profesor Berovides concedió a elTOQUE una larga entrevista sobre las razones que lo llevaron a convencerse y proponer tal categoría de símbolo o atributo para este simpático roedor.

Tras cinco años de estudio intensivo de la conga en diversas geografías del país —y decenas de textos escritos al respecto—, el especialista en Genética y Evolución distinguió en esta especie autóctona rasgos que la hacen particularmente significativa en el devenir cubano. Entre lo más relevante de sus valoraciones, estarían los siguientes elementos:

  • Sirvió de alimento a los aborígenes, a los negros cimarrones, a los mambises y, hasta nuestros días, es consumida con placer por diversas poblaciones de la Isla, particularmente campesinos y pescadores. Su nivel proteico y el rendimiento de su carne son considerablemente altos.
  • En el caso de los mambises, además de como alimento, emplearon su cuero para hacer alforjas, cananas (contenedor de municiones) y calzados, y su grasa para aceitar armas y municiones.
  • Vive en toda Cuba y es capaz de adaptarse a condiciones tan disímiles como las de cuevas, bosques, pinares, manglares y ciénagas.
  • Tiene un aparato biológico óptimo para sobrevivir con escasez de agua. Sus riñones e intestino grueso son capaces de aprovechar hasta la última partícula del vital líquido a partir de los productos vegetales que come.
  • Es dócil y puede adaptarse a convivir pacíficamente con el hombre. Muchos la han tenido como mansa mascota.
  • Explotándola de manera sostenible, sin extraer de las poblaciones más del 30 por ciento de los individuos adultos, puede mantenerse en buenas condiciones, pues su ritmo de crecimiento es muy favorable. Suelen parir entre 2 y 4 crías en cada parto, las que en un año y poco más alcanzan madurez reproductiva.

“Fíjate —afirma jocoso el maestro— que si están bien alimentadas y cuidadas ellas no se estresan como otras especies de animales silvestres… pasan su vida muertas de risa. ¿No te recuerda eso a los cubanos, que se adaptan a cualquier situación y viven dondequiera?”.

A la pregunta sobre los ámbitos en los que se ha presentado la propuesta, Berovides comenta que no ha pasado aún de los círculos científicos del país, en los cuales, por cierto, no ha estado exenta de opiniones en contra.

“Alguien, al parecer despistado, objetó que existe el dicho ‘cobarde como una jutía’. Pero esa perspectiva es puro antropomorfismo —o sea, atribuir cualidades humanas a los animales y cosas. Ellos no sienten la cobardía como la sentimos nosotros, que tenemos un cerebro y un sistema neurohormonal mucho más sofisticado. La jutía, como cualquier otra especie, tiene instinto de preservación. Y lo de su posible ‘cobardía’, si vamos al caso, es relativo, pues algunas, en circunstancias específicas, son verdaderas fieras”, sostiene el veterano docente.

El joven biólogo Seriocha Amaro, alumno de Berovides y quien ha estado conduciendo la documentación y avance de la iniciativa, se negó a precisarnos si esta ha sido canalizada ya ante personas e instituciones de responsabilidad estatal o gubernamental y, de haberlo hecho, cómo han reaccionado estos a la idea. Su razón fue la imposibilidad de dar una entrevista a un medio no estatal como elTOQUE y el deseo de no hablar de la propuesta hasta después que encuentre caminos certeros de materialización.

Perros jutieros. Foto Jesús Arencibia

Perros jutieros. Foto Jesús Arencibia

“MÁS SABROSA QUE EL POLLO”

Aunque no llega aún a los 40 años, El Potro —que prefiere le llame así y reservar su nombre—, acumula más de 27 como cazador de jutías de la Cordillera de los Órganos, en la occidental provincia de Pinar del Río. Aparte de una diversión extraordinaria, para él y varias generaciones de su familia estos roedores han sido una exquisita fuente de alimento. De hecho, no duda en afirmar que, a su juicio, “una posta de jutía es más sabrosa que el pollo”.

Para capturar congas, su equipamiento consiste en una linterna con la que alumbrar las cavernas y mogotes; una mandarria para romper piedras y poder llegar a los escondrijos; una fija (especie de lanza) y un gancho curvo (similar al de la pesca), y, lo más importante: al menos dos perros bien entrenados.

Los canes perdigueros o de montería, de mayor tamaño, sirven para ubicar las cuevas, me explica. Luego, los más pequeños y ágiles, se meten dentro: localizan y combaten con la presa, hasta que esta, agotada, sale veloz hacia la boca de la cueva, donde la están esperando, lanza en mano, los diestros cazadores.

El Potro recuerda como su mayor captura en estas lides un ejemplar que le dio 14 libras limpias, o sea, luego de quitarle vísceras, pelo y pellejo. “Nosotros nunca hemos cazado para vender, pero aun así, si te cogen los guardabosques, no sirve de nada que le expliques eso. Según ellos mismos nos han dicho, la multa es de 1 500 pesos (60 CUC), por cada jutía que lleves”.

De acuerdo con la Resolución 160 de 2011, del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, la jutía conga se encuentra entre las especies “de especial significación para la diversidad biológica en el país”; aquellas cuya “caza, captura, colecta, reproducción, cría, tala, transporte, comercio”… queda sujeta al control “mediante la previa obtención de una licencia ambiental”.

En una cacería normal, El Potro puede regresar a casa con 4, 5 o hasta 10 y 12 de estos animales en el saco. Luego, asados, ahumados, fritos o en fricasé, los disfruta con su familia y amistades. Para este pinareño sería extremadamente bueno que autorizaran de forma regulada la cacería de dichos roedores. Incluso, es del criterio de que se debe ser severo con quienes comercialicen al por mayor o maten ejemplares que aún no han alcanzado la madurez biológica; pero la total prohibición le resulta absurda, máxime cuando en nuestros campos cazar y comer jutías es una tradición de siglos.

Preciosa y Sultana, dos auténticas “jutieras”, ladran en el patio de este ranchero mientras conversamos. Como vivencia más impactante en las casi tres décadas de montear en busca de los pequeños mamíferos, recuerda el cazador la vez que, imposibilitado de llegarle con el perro, la fija o el gancho a una jutía que se metió en una profunda grieta rocosa, le lanzó el brazo desesperado. El puño se le trabó en el agujero y la jutía le comió parte de la palma de la mano. “Pero la cogí”, sonríe orgulloso.

De acuerdo con el libro Mamíferos de Cuba (Ed. Gente Nueva, 2005), de Luis S. Varona, la conga es la mayor y más popular de las 10 especies vivientes de jutías conocidas en la Isla. Presenta un aspecto robusto, rechoncho, la cola más corta y desnuda que las demás y coloración del pelo variable, desde los tonos blancos o amarillentos, pasando por los pardos, hasta los casi negros. Las otras con más presencia en el territorio de la Antilla Mayor son la carabalí y la andaraz, esta última reducida a las provincias orientales.

Jutías en el Parque Infantil Rubén Bravo de Holguín. Foto: Jesús Arencibia

Jutías en el Parque Infantil Rubén Bravo de Holguín. Foto: Jesús Arencibia

LLEVAR INICIATIVAS A LEY: ARDUO CAMINO

Varios países poseen más de un animal emblemático; a veces un ave y un mamífero, recuerda el profesor Berovides, y pone como ejemplo a Chile, que distingue al Cóndor andino y al Huemul. Otro caso podría ser el de Estados Unidos, que señala al Águila calva y al Bisonte americano como sus insignias; o el de Honduras, que encumbra a la Guacamaya roja y al Venado cola blanca.

En Cuba es considerado como ave nacional el Tocororo (Priotelus temnurus) —en calidad de atributo, no de símbolo. Su colorido semejante al de la bandera nacional y su cualidad de no adaptarse a vivir en cautiverio son subrayados como razones de esta predilección. Pero la jutía, especialmente la conga, tiene un palmarés “glorioso” que merecería, a juicio de este eminente biólogo y de otros científicos nacionales, un destaque singular.

“Un pigmeo ha de ser, mísero idiota/ no de estirpe cubana, / quien no atine a encumbrarte/ oh, jutía, que brindas al patriota/ alimento y calzado, arma y canana” escribió el combatiente e intelectual Ramón Roa, en plena manigua, en 1887, cuando los mambises se batían por su libertad contra el colonialismo español. Y terminaba su oda a este mamífero: “¡Escucha y goza!… cuando triunfe Cuba/ y el ansiado laurel orle su frente/ y su pendón a las almenas suba, / la amada patria mía/ pondrá sobre su escudo: Independiente/ por la gracia de Dios y la jutía!”, este fragmento es parte de un poema incluido en el Compendio de los mamíferos terrestres autóctonos de Cuba vivientes y extinguidos, de Gilberto Silva Taboada.

Sin embargo, poner algo sobre el escudo, modificar o crear símbolos, llevar a categoría de reglamento público o ley alguna iniciativa en la Isla, es cuestión que al menos en las últimas décadas ha resultado bien compleja si la idea no parte de las autoridades políticas y gubernamentales.

Para no salir del ámbito animalista, los defensores y amantes de estos seres sensibles en la Mayor de las Antillas llevan más de 30 años abogando por una ley de protección y/o bienestar animal, incluso entregando propuestas concretas, redactadas y avaladas con recogidas de firmas, a las instancias de Gobierno correspondientes y no han recibido más que promesas, dilaciones, evasivas.

Recientemente, y luego de la protesta de varios protectores ante las oficinas de Zoonosis en La Habana, el Ministerio de la Agricultura anunció que se está estudiando y elaborando una normativa legal al respecto.

Así que la Capromys pilorides, con todo y su currículo, y aun logrando consenso de apoyo entre la comunidad científica y la población, puede tardar mucho y atravesar serias vicisitudes para llegar a convertirse en emblema nacional. Aunque, como los propios cubanos, ella también es una sobreviviente.