Supongamos que él se llama Pedro Nieves y que tiene 30 años. Supongamos también que trabaja en una fábrica de bicicletas, que tiene mujer e hijo, y que vive en Esperanza, un pueblecito marginal en las afueras de Santa Clara.

Son las seis de la tarde, Pedro acaba de llegar del trabajo. Se quita la camisa y se sienta en la mesa de la cocina con una libreta y un lapicero. Habla consigo mismo:

—Así que ayer salió el 41, que significa lagartija; antier el 4, gato. Están tirando los cuatros de tema animal.

Pedro es un fanático de la bolita, lotería clandestina que se juega en Cuba. Aprendió mirando a su abuela, quien todas las tardes, religiosamente, le ponía un pesito al número de sus sueños.

La lotería se inició en Cuba a principios del siglo XIX, durante el mandato español sobre la isla. Los inmigrantes chinos popularizaron la primera charada o chifá, en la cual los números se representaban con animales o cosas. Debido a esto la lotería comenzó a ser llamada “el juego del bicho”, vocablo con el cual todavía se le conoce en algunos países de América Latina. Pedro va hacia la cómoda y coge cinco pesos. Su mujer lo mira hacer, pero no le dice nada. Su único vicio es jugar bolita.

—Jamás toca el dinero de la casa, ni el de la comida —dice ella—. Juega con lo que sobra del día, cinco o diez pesos. Y yo lo dejo porque ¿qué se puede comprar hoy en día con diez pesos?

Pedro llega a una casa, con los cinco pesos y el papelito donde tiene anotados los números. Una mujer con un lápiz enredado en el moño le abre la puerta. La mujer mira el papelito y asiente. Pedro le dice unas palabras, rebusca en el bolsillo y le tiende más dinero.

El número premiado tiene tres cifras. Si acierta las dos últimas, por cada peso que apostó le pagarán 60. Si acierta las tres cifras, como se dice en buen cubano: “Lo coge con centena”, entonces cada peso se multiplicará por 400. En diciembre pasado, Pedro le dio a uno de estos premios y se llevó a su casa 2 000 pesos. Con eso compró toda la comida de fin de año.

***

Pongamos que ella se llama Adriana González y que vive en Santa Rita, aunque podría ser Cautillo o Jiguaní, a 15 kilómetros de Bayamo, que tiene 52 años y comparte una la casa con su hijo, un modesto artesano del mármol. Adriana González es lo que se dice una “listera”.

—Yo empecé en este negocio cuando me jubilaron por enfermedad —me cuenta mientras remueve un dulce de arroz con leche—. Cobro 200 pesos de pensión ¿Y qué tú haces hoy con 200 pesos?

La cocina es pequeñita. Casi no cabemos en ella.

—Estaba en la casa sin hacer nada, así que un buen día me acerqué a un listero y empecé a recoger para él. Después el listero me dejaba algún dinero. Así entré en el negocio de la bolita.

Adriana debe terminar la comida antes de las cinco, porque a esa hora empezará la afluencia de gente a su casa y entonces no tendrá tiempo ni de abrir la boca.

—Cuando llevaba tiempo recogiendo empezó a venir más gente —añade—, entonces el listero fue a hablar con un cabeza de banco para que yo hiciera una lista aparte.

El juego de la bolita lo controlan los banqueros; pero a ellos nadie los conoce. Son perseguidos por la ley y, si los capturan, les pueden expropiar todo el dinero que han amasado y, además, aplicarle el artículo 219.1 del Código Penal: “El banquero, colector, apuntador o promotor de juegos ilícitos es sancionado con privación de libertad de 1 a 3 años o multa de 300 a 1000 cuotas o ambas”.

Por eso existe un intermediario entre los banqueros y sus colectores, el llamado cabeza de banco o mensajero. Este es responsable de pagar a los listeros, repartir los premios, así como atender cualquier reclamación o problema que surja en el ámbito del juego.

—Yo no soy de recoger mucho —me grita Adriana desde la sala. Está atendiendo a un hombre delgado en la puerta. El hombre, con disimulo, le entrega unos cuantos billetes de 20 pesos y uno de cinco—. Lo que más he recogido han sido 400 pesos. En La Habana hay listas que se van con seis mil pesos, pero aquí en Oriente el dinero está escaso.

Adriana es una mujer llenita a la que los años no han conservado bien. Tiene el rostro repleto de arrugas y el pelo blanco en canas. Dice ella que por los muchos sacrificios que hizo para criar sola a su hijo.

—Lo que pasa es que yo no recojo por la calle —saca una libreta y un bolígrafo del aparador—. Hay listeros que sí lo hacen. Lo mucho y lo poco que yo vaya a ganar es aquí, tranquila, sin buscarme líos con nadie.

“A nosotros nos pagan el 25% de lo que recojamos. O sea, si entrego 300 pesos al cabeza de banco, él me da 75. Hay días malos, que solo le llevo 80 pesos, y tengo que conformarme con 20”.

—Las recaudaciones, ¿de qué dependen?

—De muchas cosas, de la época del año, de los días de la semana. Hasta del tipo de listero. Hay algunos que tienen fama de dar premios. Son listeros con buena suerte y la gente juega mucho con ellos.

“También pasa que aquí en Oriente los banqueros ponen límites a las listas. Por ejemplo, dicen que a ningún número se le puede apostar más de 30 pesos y eso frena la cantidad de dinero. En La Habana, como te dije antes, no hay ese problema. Yo los entiendo porque si alguien apuesta 30 pesos a un número y lo coge con centena haya que pagarle 12 mil. Lo malo es que nos afectan a nosotros”.

Adriana prende Radio Reloj, son las seis de la tarde. Tiene que recoger el dinero y hacer todas las cuentas antes de las siete, hora en que debe entregar el dinero al cabeza de banco.

—Es para no complicarme. El que venga más tarde se embarca, porque no le recibo. Si anoto un número después que entregué el dinero y sale , tengo que pagar el premio de mi bolsillo.

Hay una cola de gente en la sala. Conversan entre ellos con evidente camaradería, los jugadores de bolita se conocen todos entre sí. Hablan sobre los números bonitos, esos que salen con mayor frecuencia: el 33, 54, 37, 90, 82 y el 12. Adriana recoge con una sonrisa los papelitos y el dinero. A otros los anota en una libreta.

—También hay números malos —me explica—. Nosotros los llamamos «bola de banco» porque casi nunca salen: el 26, 92, 76 y el 72.

La única riqueza en casa de Adriana es un teléfono blanco que a ciertas horas del día no para de sonar. Ella también lo utiliza para tomar apuestas.

—¿La bolita no está prohibida? ¿Por qué se arriesga con el teléfono?

Adriana baja los ojos y sonríe.

—Pues yo llevo muchos años en esto y nadie me ha dicho nada. La gente llama y me dice: “Anótame tal y tal, con tanto y tanto”. A pesar de que yo soy discreta, todo el mundo sabe a lo que me dedico, y nunca me han dicho nada.

José Antonio Saco y José Martí satanizaron los juegos de azar. Este último, Héroe Nacional de Cuba, afirmó que la lotería era incompatible con el ideal de Cuba libre porque: “en nuestra patria organizada rechazaremos sin duda por la debilidad que produce en el carácter del hombre la esperanza en otra fuente de bienestar que no sea el esfuerzo de su persona”.

—¿Y cómo saben qué número salió?

—En La Habana se enteran por el radio, Internet o la gente que tiene televisión por cable. Ellos llaman para acá y lo dicen. A las ocho de la noche ya se sabe, pero yo demoro en enterarme. A veces son las ocho y media y todavía no sé qué número salió.

Este sistema, bastante rudimentario, tiene sus fallas.

—Hace un tiempo en la televisión de Miami premiaron el 33, pero en la página de Internet salió el 83. El 83 era el correcto. Algunos bancos habían mandado a pagar el otro número y se embarcaron. El banco mío, por ejemplo, pagó los dos porque la gente que cobró el 33 no quiso devolver el dinero.

Adriana se ha puesto a sacar cuentas con el bolígrafo y la libreta.

—Antes yo le fiaba a mucha gente —explica— y me enredaba. Cuando iba a entregar el dinero, no estaba completo; pero por otra parte, a veces uno debe fiar porque si no, pierde la clientela. ¿Tú viste el flaquito que vino ahorita y me entregó un rollo de billetes? Eran 85 pesos que me debía.

—¿Hay algo más que no debe hacer un listero?

—Jugar demasiado. Mira, si yo me gano aquí 25 pesos y juego 30, no estoy haciendo nada.

Se saca un billete de 10 pesos de su ajustador y lo agrega a la lista.

—Le voy a poner un pesito a todos los números terminales 8 —me mira y sonríe con los dientes cariados—. ¿Qué tú quieres que haga? Yo también soy hija de Dios.

***

Pedro llega a su casa cabizbajo. Saca un taburete y se sienta en la acera a esperar que tiren el número. Le pregunto cuáles anotó hoy.

—Le puse dos pesos al 42, 46, 47 y al 48, más otro peso a cada uno por la centena. También jugué con dos pesos el 32 (puerco), el 53 (luz eléctrica) y el 63 (asesino), que hace rato no salen. Y el 95 (perro grande), para que me dé suerte. El año pasado —dice con una sonrisa triste— lo cogí dos veces.

—Oye, pero son 20 pesos.

—¿Qué voy a hacer? Aquí no hay nada más en qué entretenerse: la televisión está en candela, no se puede ir a ningún lado. La bolita es la única esperanza que uno tiene para conseguir dinero y vivir desahogado un tiempo.

—¿Solo es un juego?

—No, no es un juego —afirma Pedro con lentitud—. Yo anoto todos los números que salen, sé cuáles repiten más, cuáles llaman a otros números, cuáles hay que virar y cuáles no. Ese es mi vicio y yo lo llevo responsablemente.

—Bueno, bueno —trato de apaciguar la cosa—. Vamos a ver si alguien sabe qué número salió.

—Dicen que la gente oye el número por la radio y yo no encuentro un radio que coja esas emisoras de afuera. ¡Y mira que lo he buscado!, pero aquí no venden ese tipo de radio.

***

Supongamos que este viejo, que está cortando cebolla, se llama Mario Alfonso, que tiene 65 años y trabaja en un restaurante particular de Santa Clara.

—Los buenos son los radios antiguos, marca VEF —asegura Mario, un mulato gordo y socarrón—. Ellos sintonizan Radio Martí, La Poderosa, las emisoras que dicen el número premiado.

Después que cesó el mandato español sobre la isla el presidente Estrada Palma se negó a legalizarla nuevamente. Los fanáticos de la lotería tuvieron que esperar que José Miguel Gómez, apasionado de las apuestas, la trajera de vuelta cuando llegó a la presidencia en 1909. En la República la bolita llegó a ser tan estimada que sus billetes se imprimían en Cultural S.A., la misma empresa que editaba los libros escolares, los sellos de correo y los papeles del gobierno.

—En realidad, los americanos hacen cuatro tiros de lotería: uno a las seis de la mañana, otro a las ocho, está el de las dos de la tarde y el de la noche. Yo nada más juego por la noche, los demás no —el viejo se limpia la nariz y sigue cortando cebollas—. Imagínese usted, sería demasiado.

Mario sigue la bolita hace más de 30 años, desde que volvió de la Unión Soviética, donde estudiaba una especialidad relacionada con la mecanización agrícola.—Yo juego por cábalas. No sé si usted sabe que es una palabra hebrea, significa “recibir”.

—Es una cosa, un detalle de la realidad, que uno ve y lo impresiona. Por ejemplo, la semana pasada un cliente pidió papas fritas y cuando fui al viandero a buscarlas, vi un alacrán. Dejé la cocina como estaba, fui a donde estaba un listero aquí cerca y le puse cinco pesos. Lo cogí.

—¡Y yo también! —dice una muchacha que nos pasa por el lado.—Pasa igual que con los sueños —agrega el viejo—. Hay gente que tiene el don de ver cábalas.

“Esa muchacha es un caso raro, vea usted —añade—. Los jóvenes de hoy no juegan mucho a la bolita, por lo menos no como en mis tiempos. Están para otra cosa, se lo digo yo. Pero a ella parece que eso le viene de familia porque sabe jugar y acierta bastante”.

—En esta ciudad las cábalas se dan bien. Cada vez que hay un ahorcado en los alrededores, sale el 92. Si vienen los huevos tienes el 75 % de probabilidades de que tiren el 60. Eso es un buen average.

Revisa la candela. La baja un poco y remueve lo que tiene en el sartén.

—Uno de los defectos del fanático es obsesionarse con el juego. A veces la suerte se va y uno debe refrescar un tiempo. Se lo digo yo, que juego poca cosa y cuando vengo a ver tengo deudas por 500 o 600 pesos.

Hace una pausa.

—Hágame caso, joven, la bolita no es rentable ni como entretenimiento.

***

Pasa un carretón de caballos. En el pescante va un joven con sombrero que le grita a Pedro: —¿Cuál?

—¡Todavía! —responde este con otro grito.

—Los jóvenes sí juegan, verdad que son los menos. Más del 70% son mayores. La bolita se ha convertido en un juego de viejos.

Pedro comprueba el celular, son las ocho menos siete minutos.

—Yo no creo mucho en eso de los sueños. El otro día mataron un tipo por aquí cerquita. Fui y le puse diez pesos al cuchillo, diez al muerto y veinte al asesino, el 63, que hace muchísimo no sale. Gasté cuarenta pesos por nada.

Hace una pausa.

—Y en fin de año, le puse dinero al puerco y a la comida. Las cosas de fin de año. ¿Y tú sabes qué tiraron? Pedro rio demencialmente.

—El huevo, compadre, el huevo.

***

El muchacho está sentado en una esquina. Es alto, fuerte, va vestido con un short, un pulóver ajustado y un par de zapatillas. Te mira fijo con sus ojos grandes. Te mira todo el tiempo con ojos de loco.

—Yo sí he ganado mucho con la bolita. ¡Decenas de miles de pesos! —dice y frunce la boca en una muequita particular.

Pongamos que este muchacho se llama Yosiel Martínez, que vive en Caibarién, que trabajaba en un hotel de Cayo Santamaría del cual fue expulsado sin que se sepa la causa y que ahora se dedica a conseguir cosas, lo que uno quiera, en esta ciudad del litoral villaclareño.

—Mi secreto está en los sueños —afirma—. Yo sueño mucho, toda la noche. Por ejemplo, sueño con mi mamá y le pongo dinero a la madre, al padre, al hijo. Le juego diez pesos a todo el mundo por ahí para allá.

“Además, con los años uno aprende cosas. También sé que el tres hala al ocho, al seis.  Cada número atrae a unos y aleja a otros. Eso me sirve para montar mi jugada”.

“Aquí hay gente que ha ganado más que yo. ¿Tú ves aquel muchacho? —señala a uno con ropas más o menos parecidas a las suyas que está posicionado en otra esquina—. Una vez dio un golpe de 90 mil pesos. Eso es mucho, mucho”.

El nombre por el que se conoce en Cuba a la lotería ilegal, “bolita”, es un término de invención bastante moderna. Tiene que ver con las pequeñas bolas numeradas que se colocaban en una tómbola y luego, en presencia de público, eran extraídas por niños provenientes de las instituciones de caridad. Estas esferas determinaban no solo los premiados, sino también la cuantía del premio.

—¿Y si en vez de un tema, sueñas con un número?

—Ah, juego por carrilera. Por ejemplo, ayer y antier salieron el 4 y el 41. Hoy por la tarde le voy a poner 20 pesos a todos los empezar 4, y diez pesos a los números que terminan en 4. Tú vas a ver cómo agarro algo.

—¿Y el banco admite eso?

—Lo del banco es que entre su dinero. Además, uno da un golpe grande una vez cada cien años. Por eso no se puede jugar bolita con miseria. Para ganar hay que tener entrada, que te manden dinero de afuera o un trabajo como el mío, que dé resultado. El que juega para comer —prende los ojos como dos faros— siempre pierde.

***

El hijo de Pedro ha salido para la calle con nosotros. Faltan dos minutos para los ocho.

—Voy a salir—. Pedro se pone la camisa.

—¿A dónde tú vas a esta hora?, mira que ya oscureció —le grita su mujer desde la cocina—. Espera sentado ahí, tú verás que ahorita pasa alguien.

En febrero de 1959, a un mes y medio del triunfo de la Revolución, Fidel Castro anunció la supresión de la próspera Lotería Nacional, a la cual consideraba una fuente de corrupción, inmoralidad y manejos políticos de toda índole. Durante muchos años la bolita, su variante clandestina, fue perseguida con saña. Sin embargo, hoy es tolerada como un vicio tan nacional como orinar en las calles, gritar por cualquier razón o propalar noticias falsas, las famosas “bolas”.

—Si gano hoy me pagan mañana por la tarde—dice Pedro ansioso por saber qué número finalmente saldrá.