Tras echar su suerte en el trabajo por cuenta propia, a Douglas Pineda Gregorio (30 años) le martillaba la cabeza una sola idea: lo que pudiera edificar tenía que distinguirse por encima de otras propuestas. Corría el año 2012 y Trinidad, la tercera villa de Cuba, entre tumulto de extranjeros y demasiadas ofertas, veía crecer como hierba silvestre los nuevos negocios privados.

Una casa antigua y una historia no contada. El inmueble colonial donde otrora vivieran las viejas generaciones de su familia también fue una taberna en el siglo XVIII. Traerla al presente le resultaba una idea tentadora. Así nació La Botija, bautizada con el mismo nombre de antaño, adornada por una decoración rústica que indudablemente da la bienvenida a cualquiera.

Lo más difícil es comercializar el lugar, crearse nombre en una ciudad llena de ofertas como la nuestra.

“A eso súmale el no hay esto, no hay lo otro… y tendrás un camión de estrés. Tratar de darle el sello distintivo siempre ha sido mi obsesión”.

Un día, en aquellas jornadas pre 17D, cuando agosto y septiembre sentenciaban los polos turísticos al vacío de habitaciones, mesas y, por ende, al del bolsillo, Douglas creyó que era tiempo de encender la bombilla.

“Tuve la idea de buscar artistas de verdad a cantar aquí en mi restaurante, yo, que soy un amante de la buena música, de la trova, del jazz… decidí que era tiempo de arriesgarme. Durante un año, todos los sábados, creé una peña con músicos de primera. Por aquí desfilaron Kelvis Ochoa, Ray Fernández, Tony Ávila, Diego Gutiérrez, Pablo Menéndez, el grupo Interactivo… y muchos más”.

“¿Cómo los contrataba? Al no tener licencia, no les podía pagar. En cambio, los invitaba a la ciudad por varios días. Venían y conocían el entorno, descansaban, pasaban un buen rato y eran invitados a ofrecer una presentación en el restaurante”.

Foto: Luis Orlando León Carpio

“El primero fue Kelvis Ochoa, y vino un 14 de febrero. Lo conocí por mediación del dúo de trovadores Cofradía, muy populares también.  Por Kelvis llegué a conocer a otros, y por esos otros a otros más, y así vinieron unos cuantos. Los que llegaban me daban los contactos de sus colegas”.

La Botija perdió su etiqueta de restaurante para ganarse un prestigio como proyecto cultural.

Los artistas extendieron su criterio por todo el país y se hizo famoso no solo por el confort y la calidad de los precios —moderados desde la perspectiva del CUC— sino por su contribución a la cultura.

Pocos proyectos en Trinidad lograron aglutinar cada sábado a músicos de primera línea y promotores del buen gusto.

“Pero el gobierno del municipio la mandó a parar porque no tenía basamento legal y porque según ellos, este tipo de proyectos les competen solo a organismos como Cultura. Por tanto yo no podía continuar. De hacerlo corría el riesgo de perder el negocio.”

Desde entonces, no ha surgido otra idea que revitalice las noches culturales de Trinidad, necesitada de espacios como este, en un contexto donde el signo del peso convertible define más que el arte.

“Yo creí que esta peña iba a ser eterna. Estaba orgulloso del proyecto, porque cuando abrimos el 8 de julio hace casi cuatro años, me fue muy difícil el emprendimiento. No sabía nada de economía y negocios, apenas los conocimientos de servicios gastronómicos que adquirí en mi Técnico Medio en FORMATUR. Comencé a los 27 y ahora tengo 30, imagino que aun tengo mucho por aprender”.

Si vuelve o no el proyecto cultural, ahora mismo queda fuera del imaginario de este joven propietario del restaurante La Botija. Desde ya, su obsesión por distinguirse se encamina a los nuevos tiempos. Los tiempos de una Cuba visitada por Obama, en espera de una avalancha de norteamericanos que tantos vaticinan como épica.