El tráfico del erotismo figura siempre como un hecho censurable. Pero si detrás de esa acción vemos un par de tacones, una minifalda y labios rojos, es difícil sorprendernos. Pensaremos que estamos ante una práctica ancestral en el sexo femenino. Ahora bien, si en su lugar observamos una complexión masculina perderse en ese tipo de comercio, nos llevaremos los brazos a la cabeza en franco gesto de contrariedad. Adoptar tales presunciones significa que no son pocas las secuelas de una sociedad machista como la nuestra.

No obstante, creo que a pocos les ha de extrañar el hecho de que exista prostitución masculina en Cuba, al igual que en otras naciones del orbe. Tengamos en cuenta que la inclinación por ganar dinero “fácil’ para sufragar las necesidades individuales, se puede dar en cualquier persona, sea esta hembra o varón. Nótese que entrecomillo el vocablo fácil, porque más allá de lo que muchos puedan pensar, la decisión de hacer transacciones con la intimidad corporal, supone la pérdida de libertades en aras de la satisfacción variable de quien proporciona el pago.

Hace días presencié un performance teatral que ilustraba a cabalidad este tema. Sobre la escena, tres muchachos forcejeaban por abrirse paso entre una selva sombría que la mayoría de las veces oferta y demanda la pérdida de valores. Una de las imágenes más grotescas de la puesta, correspondió a los instantes en que un joven debía palear y echarse encima montones de piedras. Con la escena se nos sugería a los espectadores la manera en que la prostitución llega a ser, también para los hombres, el episodio donde se exponen a un ejercicio demasiado duro.

Vi con asombro el testimonio de un transexual que era determinante en su estilo de ver la vida. Aunque tuviera todos sus problemas y necesidades resueltas -decía- no podía prescindir del acto de ofrecerse a aquel que le liquidara.

De esta forma, advertimos que semejante fenómeno se da por causas heterogéneas. Existen los que se unen a él con el objetivo de solventar sus situaciones económicas. Otros lo ven como vía para arribar a distintos niveles de recreación y consumo, o para asegurar visas al extranjero, y hasta propuestas de matrimonio.  Sin embargo, no faltan –como el trans del performance- quienes eligen este comportamiento porque en alguna medida les suministra placer.

Hay de todo en la viña del Señor, y los destinos personales son tan subjetivos como lo somos los seres humanos. Como mismo no conviene etiquetar únicamente a los homosexuales desempleados como el sector más vulnerable a ejercer la trata carnal, tampoco podemos ser absolutos al pretender identificar cuáles son sus motivaciones exactas.

Y es que la prostitución masculina no es una manifestación nueva, aflorada al calor de los tiempos modernos.  Asegura el especialista Julio César González Pagés, que en Cuba ya se producía desde el siglo XIX, en los barracones de esclavos africanos. Puede que a lo largo del tiempo hayan cambiado los impulsos para ingresar a esta suerte de negocio, pero el fenómeno sigue teniendo similar naturaleza.

No se debe ignorar, por otra parte, los riesgos inherentes a esta clase de prácticas. Sobre ellas levitan los peligros de contraer infecciones de trasmisión sexual, y las posibilidades de ceder ante los abusos y la violencia física o mental. Aquellos que de todos modos decidan apegarse a esta maquinaria para desenvolver sus vidas, no deben pasar por alto una realidad rotunda: alquilar el físico implica, además, la peligrosa renta del alma.