A veces parece un zombi. Se levanta hacia el mediodía, toma una taza de café, prende un cigarro y se va para la calle. Mi amigo Darío -llamémosle así- tiene 27 años y trabaja de vez en cuando. Vive con sus abuelos, quienes lo han mantenido y educado desde que tenía meses. Es un muchacho risueño. Pareciera que acumula muchísimas ganas de vivir y, paradójicamente, él mismo cercena sus días. Darío es adicto a las drogas.

Comenzó a probarlas desde que despidió a la adolescencia y desde entonces no ha cesado. Tiene períodos de intermitencia en que hace un stop al consumo; mas esto ocurre mayormente cuando le escasea el dinero. Luego, si el trabajo de turno le suministra algún capital, el círculo vicioso vuelve a repetirse, al igual que la serpiente que no deja de morderse la cola. Como en Cuba las drogas ilegales son altamente controladas, el mercado negro le añade altos precios a esos productos furtivos.

Dice que recurre a la marihuana porque esta aumenta sus niveles de felicidad. Mientras me confiesa que con esa hierba todo es sonrisa, me corroe la lástima y la impotencia de no poder hacerle entender el daño que se provoca con semejante espejismo. Y aunque he hablado decenas de veces con Darío, y he insistido en que el día menos pensado esa dependencia lo inducirá a una muerte prematura, mi obstinación no ha servido. Él me escucha silencioso y en ocasiones llega a asentir con la cabeza. No obstante, sé que cuando vuelvo la espalda reinicia el camino que luego se convierte en su propia perdición. A mis consejos sobre un tratamiento de rehabilitación responde con carcajadas.

En el transcurso de los últimos siete años, Darío ha experimentado las señales que evidencian que una persona es adicta. Cuando no tiene trabajo vende su ropa. Cuando ya no tiene ropa que vender, pide dinero a sus abuelos y si estos se niegan corren el riesgo de  perder algo en la casa. Varias lágrimas ha causado a esos viejitos septuagenarios, que ya no saben qué hacer con el padecimiento del nieto, al que el cariño de tantos años ha convertido en un hijo. Varias lágrimas ha derramado él al saber el daño que también les causa, pero después la droga asume la tarea de anular remordimientos.

Tocará a Darío sentenciar a favor o contra de su propia vida

Es muy triste la historia de este amigo de mi infancia. Se hace difícil confirmar cómo poco a poco va dilapidando su vida. Si Darío no modifica ese destino del que se ha hecho esclavo, su hija de siete meses no va crecer con el ejemplo del mejor padre. Lo máximo que podrá suceder  -de no extirpar esos vicios- es que Alejandra madure bajo la sombra dañina de la autocompasión por razones ajenas.

A estas alturas yo estoy consciente de que las determinaciones personales son asuntos intransferibles; pero no dejo de afligirme al observar que existen personas que encomiendan su existencia a una mala decisión. Y es terrible, además, constatar de cerca como resoluciones particulares tan desacertadas irradian en el ánimo de quien está alrededor.

Darío tiene muchas personas que le quieren bien. Gente que sufre cuando él se aparece con las pupilas dilatadas y una risa de artificio; o cuando muestra una violencia que no es intrínseca a su manera de ser. Gente que no cesa de aconsejarlo, porque saben que nunca es tarde para intentar tomar nuevos rumbos y aprender de los errores.

Sin embargo, no hay mejor juez o verdugo que uno mismo. Tocará a Darío sentenciar a favor o contra de su propia vida. Tiene la opción de seguir ejerciendo el papel protagónico de sus derroteros, o puede animarse a pedir ayuda y ponerle frenos a la caída en picada por la que ha estado descendiendo.

Ojalá su futuro tenga tonos más felices que las líneas de este texto. Espero que Darío no termine como Amy Winehouse que alcanzó  el final del precipicio justo a los 27.