De vez en cuando regalo cachorros. Los pongo en la sala de mi negocio y un cartel en la puerta anuncia que el animal se regala. Tiempo atrás pasó un padre con su hija pequeña y al ver el anuncio se acercaron (cualquier cartel en Cuba con las letras de “se regala” es casi un espejismo digno de mirar dos veces). Entonces me sorprende la niña, de apenas 4 o 5 años de edad: ¿Papi… y esto es una “Tienda de Mascotas”…?

Me sorprende porque en mi ciudad no hay “Tienda de Mascotas” en el sentido global del concepto. Habrá en todo caso algunos autónomos autorizados a vender perros, palomas, conejos, hámster, etc., pero ni son tantos ni su actividad goza de alto impacto popular.

La frase debió sacarla de algún dibujo animado extranjero, de las series de televisión, de las telenovelas, de cualquier parte menos del escenario social concreto que le ha tocado consumir.

El mundo de sus representaciones se va formando así, más por aquello que le resulta frecuente y familiar: no se refirió a “cuentapropista criador-vendedor de animales afectivos”— la figura legal que ampara esa actividad económica en Cuba—, sino a “tienda de mascotas”, un constructo lingüístico más accesible no solo para la mente infantil.

El ejemplo ilustra el desfase que tenemos acá entre el consumo cultural más extendido y las dinámicas propias de la sociedad, cuya economía se “actualiza” o se “reforma” al compás de una terminología nueva que raras veces cuaja en lo popular.

Y ahora no piense usted que vengo yo a venderle otra institución, o “Comisión de Avezados Lingüistas” que asesore a la Comisión de Implementación de los Lineamientos (políticas generales que rigen los cambios en la economía cubana), por favor,…que ya de comisiones vamos sobrados en Cuba.

Bastaría con que los encargados de trazar las políticas se acercaran más al contexto en que éstas serán legitimadas, lo cual los dotaría de mejores anclas socioculturales para aportar retóricas coherentes con la vida real.

El lenguaje no es algo etéreo que flota ahí en la energía lindante, y que se pueda soslayar bajo argumentos de urgencias internas o acechanzas externas. Se trata de la cáscara que esconde el palo, pues revela la llamada “mentalidad” de fondo. Y si en algo parece haber consenso respecto a Cuba, es en la importancia de un cambio de mentalidad no solo para administrar el país o decidir sobre sus destinos, sino también para leerlo y participar.

El actual período de cambios ha propiciado la emergencia de debates sociales, entre ellos el relativo a la proyección pública de las nuevas generaciones: vestuario, conductas, lenguaje, etc. Así hubo una especie de cruzada mediática contra las “groserías juveniles”: se hallaron culpables al reguetón, a la masificación de los códigos del SMS, y a la enajenación familiar…

Pero muy poco se dijo del papel de la escuela y del maestro, o de las influencias de un discurso oficial poco respetuoso, que recién escribía en murales consignas bárbaras como “respeten coño”, o ponderaba las virtudes del repudio ante la discrepancia.

¿Negacionismo lingüístico?

En las últimas creaciones de los “adornadores del lenguaje público cubano”— además del circunloquio, las malsonancias y los eufemismos de siempre—, se aprecia una tendencia tácita a la negación… Veamos:

“Cooperativas NO agropecuarias”, “Trabajadores del sector NO estatal”, “Elaborador-vendedor de alimentos y bebidas NO alcohólicas en punto fijo”.

Es como si cada cambio en la economía le generara un dolor profundo, y el NO fuera una especie de analgésico liberado por el subconsciente.

Si encargásemos a estos burócratas la elaboración de una nueva taxonomía zoológica, no dude usted que todas las aves, reptiles e insectos de la biosfera quedarían reducidos al grupo de los “NO mamíferos”…

La jerga popular cubana, por otra parte, está signada por décadas de escasez. En los barrios llaman “Haier” al refrigerador, aludiendo a la marca vietnamita que es dueña y señora de la mayoría de los equipos de refrigeración que usamos en la isla. También algunos le llaman “el coco”: blanco por dentro y mucha, mucha agua…

En Revolico (un sitio web de clasificados para cubanos) se pueden encontrar anuncios de ventas de  “tela metálica plástica”… todo un primor de sintagma nominal. Y en la gastronomía igual nos distinguen aportes de talla mayor, como el “helado normal modificado” del Coopelia de Camagüey, o el “boniatillo de papa con sabor a piña” que alguien jura que probó en una cafetería del Vedado.

En el plano mediático las representaciones del idioma nos juegan muy malas pasadas, sobre todo con vocablos como “libertad”, “democracia”, y “derechos humanos”. Hay quien piensa que estas palabras nos las robó “el imperialismo y sus secuaces” para socavar la Revolución de 1959.

Sin embargo, a mí me resulta difícil concebir semejante “atraco de palabras”; más me suena a renuncia voluntaria, o a descuido mayor.

Luego “derechos humanos”, “libertad” y “democracia”, se interpretan fácilmente en las calles de Cuba como términos infieles a la integridad moral de la nación: una total aberración de los significados.

Esto afecta sobre todo a sectores emergentes de la sociedad civil que luchan por ganar legitimidad, con discursos liberadores del sujeto, reivindicando los espacios de grupos como la comunidad LGBTI, u otros a los que se consideró plenamente integrados durante muchísimo tiempo, como los afrodescendientes y las mujeres.

Desmitificar estos términos y ponerlos en función de una Cuba inclusiva y próspera sería una buena manera de que los medios nacionales de prensa actualizaran sus retóricas.

Quizás ese sea un buen comienzo para seguirle el paso los tiempos.