Leonardo Padura lamenta no ser Paul Auster. No tanto por la obra del narrador estadounidense, al que admira sin reservas, sino porque, a diferencia de éste, los periodistas escasamente le preguntan sobre literatura en las largas e intensas giras promocionales de sus novelas: por lo general están más interesados en saber cómo se vive en Cuba (y en por qué él permanece en la isla) que sobre su creación literaria y sus filiaciones estéticas.

Por: Alex Fleites (OnCuba)

Sus declaraciones, muchas veces utilizadas fuera de contexto, cuando no recogidas con error, siempre resultan polémicas a ambos lados del mar ideológico y geográfico que separa a los cubanos. En otras ocasiones aparecen tal cual, y también levantan ronchas. En dos palabras, y parafraseando un montuno célebre, “como quiera que te pongas tienes que opinar”.

Lo “alcanzo” en Bahía, Brasil. Viene llegando de la Feria Internacional del Libro en Lima, donde estuvo como invitado especial. Allí presentó el volumen de ensayos Agua por todas partes. Lo espera un largo periplo en este país; dará conferencias dentro del ciclo “Fronteiras do pensamento” y promoverá la edición portuguesa de La transparencia del tiempo, su más reciente novela publicada, que ya circula, en los idiomas correspondientes, en España, Portugal, Alemania, Francia, Italia y Dinamarca, y aún no tiene fecha de salida en Cuba, que es lo usual.

Padura sigue el deporte nacional, sus esplendores y decadencias, prácticamente desde que tiene uso de razón. Por eso, en estos días veraniegos de desaliento beisbolístico, el tema viene “cantado”.

¿Estás al tanto de la actuación de nuestro equipo de pelota en los Panamericanos de Lima?

No vi todos los juegos, pero sé del desastre. El más estrepitoso de los últimos 150 años. No me sorprenden los resultados. Estaban condenados a no ganar. Pero, como siempre se puede más, se esforzaron en perder de manera vergonzosa. En los últimos años los equipos Cuba dan lástima. Y esta vez la cara de Anglada provocaba deseos de llorar, porque él quería ganar más que los demás.

¿Pensaste que Rey Vicente Anglada iba a revertir los resultados del team Cuba en sus últimas presentaciones internacionales, en picada desde el 2002?

Anglada no es mago. Ningún manager lo es. Un buen manager ayuda a crecer a un equipo, pero nadie puede revivir un muerto. La «solución Anglada» fue tomada desde arriba, por los que saben, pero a esos que saben tanto se les olvida que el problema del béisbol cubano no son los peloteros, sino un sistema que ya no es funcional ni en lo deportivo, ni en lo económico, ni en lo social. Hoy día el único aliciente de los jugadores cubanos es que los contraten en una liga en el exterior, y es lógico que así sea, pues tienen una sola vida y una carrera muy corta. De la imagen de un gran pelotero cubano de los años 80-90 que terminó recogiendo sancocho en una bicicleta para los puercos que criaba, huyen ahora estos jugadores que han perdido el sentido de lo deportivo y están pensado en sus propias vidas, en sus futuros y, sobre todo, en sus presentes.

Un país que ha vivido en crisis durante 30 años, pone en estado agónico muchas cosas. Por ejemplo: ¿qué pasa con la novelística cubana actual? ¿De verdad algún escritor quiere publicar en Cuba y lo asume como un éxito del mismo modo en que ocurría en los años 80, cuando ganábamos todos los campeonatos de pelota y cinco mil pesos y un premio nacional para una novela significaban algo? ¿Y con la música? ¿Y con la agricultura? Y con tantos etcéteras posibles. Las derrotas de la pelota cubana no son una causa de nada, sino la consecuencia de muchas cosas que afectan a la sociedad cubana y cuya solución se ha ido posponiendo como si el tiempo no pasara para las personas, para el país, para el mundo.

Luego, ¿no es posible hablar de béisbol cubano sin referirse a la política?

No, no es posible, porque en Cuba todas las decisiones que no sean las más personales (y a veces ni esas) pasan por la política. En nuestro caso se politizó el deporte, con el mismo estilo de los países socialistas de Europa del este. Se convirtió en parte de una guerra de sistemas. Y se le apoyó como un logro del sistema. Pero la política nos persigue incluso desde otros ámbitos: la cancelación del acuerdo entre la Federación Cubana de Béisbol y la MLB  fue una decisión política del gobierno estadounidense. La pelota, como todo en Cuba, se ha visto afectada por las prácticas del vecino poderoso hacia la isla y eso es algo que no se puede dejar de reconocer. Esto se suma a nuestros propios errores y decisiones políticas ortodoxas, como la de tratar de traidores a deportistas que del modo que podían salían de Cuba, y luego hasta desaparecían de la lista de jugadores con una historial notable en el país.

En la TV un comentarista dijo que ahora se impone un simposio o algo así donde se debata la situación de nuestra pelota, que hay que oír criterios…

No estaría mal ese simposio. En él se dirían cosas que se están repitiendo desde hace mucho tiempo. Pero, ¿habrá voluntad de oírlos? Y, ¿oírlos permitirá que se logren algunos cambios? La solución del béisbol cubano está a la vista: crear una liga profesional. Ahora bien: ¿la economía de la isla lo soportaría? Claro que no. ¿Es deseable políticamente? Creo que tampoco. Entonces, ¿para qué hablar más?

Dicen que todos los cubanos somos manager del Cuba. De serlo en realidad, ¿cuáles serían tus decisiones más drásticas?

¡Renunciar! También lo haría si fuera el DT de la selección de fútbol.

Muchos daban por cierto que recuperaríamos el grandísimo prestigio que tenía nuestro deporte nacional. Mirando hacia atrás sin nostalgia, ¿éramos realmente tan buenos en el pasado?

Hubo épocas en que, salvo cinco o seis jugadores que estaban en activo en las Grandes Ligas (Luis Tiant, Tony Oliva, Tany Pérez), los equipos de Cuba se formaban con los mejores peloteros nacidos en la isla. Y esos equipos, ni antes ni nunca, han jugado contra los mejores equipos posibles de países como Estados Unidos, Puerto Rico, Venezuela, República Dominicana… Y sucedió, además, que fueron años en que el país dio un par de generaciones de jugadores de grandísimo talento: desde Marquetti, Capiró, Vinnent, Rogelio García, los dos Sánchez y Changa Mederos, hasta la época de Omar Linares, Kindelán, Pacheco, Tati Valdés, el Duque Hernández, Lazo, Vera, Germán… Hoy en el equipo nacional no hay un solo jugador de la calidad de esos que he mencionado así, al azar, de una lista que podría llegar a los 50 nombres sin bajar mucho la calidad.

A perro flaco le caen todas las pulgas. Comenzó el período especial en 1989, luego las fugas de talentos, la entrada de los profesionales en los campeonatos internacionales y el desarrollo de técnicas muy vinculadas a la revolución digital. Nos quedamos atrás en todo. En un país donde por años nos cocinamos en nuestra propia salsa, resultaba difícil avanzar a un ritmo de desarrollo como el que se vive hoy. Vamos a pagar por mucho tiempo nuestro desfasaje en diversos terrenos, como el del acceso a la información a través de las nuevas tecnologías.

Por otro lado, el hecho de que pareciéramos tan buenos hizo que el deporte, no solo la pelota, se permeara de un espíritu de campeonismo que se garantizaba con el deporte selectivo, de alto rendimiento. ¿Dónde se juega hoy pelota, básquet o voleibol en Mantilla? ¡En ninguna parte! Y eso pasa no sólo aquí en la capital, sino también en todas las provincias. Aun así, como por obra divina, entre nosotros siguen surgiendo peloteros de calidad, algunos de ellos ni los conocemos, pues emigran cuando son adolescentes.

Has dicho “aquí, en la capital”. ¿No estás en Brasil?

Cuba siempre es aquí, mi aquí. No importa donde esté. Ahora en la isla todo el mundo quiere ser futbolista. Y me parece muy bien. Quizás el equipo que fue a la Copa de Oro y perdió aguantando 14 goles sin anotar ninguno sea mejor que el de pelota que permitió nueve cerreras en un inning de un juego que ganaba con ventaja de ocho.

¿De dónde te viene la afición por el béisbol?

La pelota está en mi vida desde antes de nacer. Mi padre soñó con que su primer hijo –que vine a ser yo– fuera varón y zurdo, para que se hiciera pelotero, y pudiera lograr las oportunidades en el terreno que él no disfrutó por tener que trabajar todos los días desde muy pequeño. Por eso en mi cuna de recién nacido había una pelota. En una de las primeras fotos que tengo, cuando apenas doy los primeros pasos, estoy vestido de pelotero. Claro, el uniforme es el del Almendares. Alicia, mi madre, simpatizaba con el equipo Cienfuegos y Min, un tío muy cercano, era habanista furibundo. Esa fragmentación de lealtades era típica en las familias cubanas de aquellos años.

¿Cuándo comenzaste a jugar?

Antes de tener cinco años; con mis amigos del barrio, en un placer que quedaba en la esquina de mi casa, donde ahora está la panadería de Mantilla, mi barrio de entonces y de ahora. Mi padre me había enseñado a lanzar, fildear, batear, pero creo que lo demás lo aprendí solo. En Cuba uno aprende a jugar pelota jugando pelota, aprende sobre la pelota viviéndola todos los días: es una relación cultural tan íntima que no necesita intermediaciones.

Luego, cuando tuve unos años más, pasaron tres cosas importantes en mi vida, relacionadas con la pelota. La primera y más dramática fue que en 1961 mi padre dejó de ver pelota. Así, de un día para otro. Fue el momento en que se decretó la eliminación del profesionalismo deportivo en Cuba y, en consecuencia, desaparecieron los viejos clubes de béisbol y se fundaron otros nuevos, revolucionariamente integrados con jugadores amateurs. Recuerdo que mi padre hizo un esfuerzo en medio de su incapacidad de comprender lo que estaba pasando (¿cómo se puede vivir sin que exista el Almendares, o el Habana, o el Marianao, o el Cienfuegos?) y me llevó un día al estadio de La Habana. Tengo en la mente un flashazo, y sé que es cierto porque recuerdo nada más y nada menos el momento en que un jugador llamado Rigoberto Rosique entró en la caja de bateo. Coño, puedo verlo ahora mismo si cierro los ojos. Mi padre no volvió a ir hasta que yo lo conminé a regresar en los ochenta, más de veinte años después, veinte años en los que aquel hombre que sufría y disfrutaba cada partido del Almendares estuvo sin ver un solo juego de pelota organizada.

Otro de los hechos importantes de mi relación con el béisbol fue que mi tío Min se cagó en la noticia y, cuando cambió el sistema del béisbol en Cuba, siguió viendo pelota y asistiendo al estadio, a cualquier estadio, y como no tenía hijos varones en aquel momento, pues me llevaba a mí a ver pelota casi todos los días en su carro carmelita y blanco, creo que un Buick medio destartalado. Ese fue mi gran aprendizaje sobre el beisbol cubano de los años 60.

¿Y el tercer hecho?

Cuando yo tenía unos diez años, mi padre fue a hablar con Fermín Guerra, el gran cátcher, para pedirle que me incluyeran en una especie de academia que había en un campo deportivo cerca de mi casa. Mi padre conocía a Fermín –y lo admiraba hasta babearse– no solo porque había sido un gran pelotero, sino también porque era masón, como él. Y de la mano de esa leyenda aprendí desde dentro, de verdad, qué cosa era la pelota.

De esos días en aquel campo deportivo todavía recuerdo a un zurdito, a quien Fermín atendía personalmente, y del que decía que si aprendía a tirar strikessería el pitcher más grande de Cuba. A aquel muchacho los de su edad le decían Changa. Se llamó Santiago Mederos y fue de los grandes grandes de la pelota cubana.

¿Qué tal eras como jugador?

Siempre fui más hábil e inteligente que bueno como jugador. Pero como siempre he sido tan empecinado, saqué de mis aptitudes físicas más de lo que había en ellas, y jugué mucho tiempo en torneos improvisados y también en algunos oficiales, hasta el nivel provincial. Por ser zurdo, me desempeñaba en la primera base y en los jardines. Pero la primera base necesita un jugador de mayor altura y de más fuerza al bate, y por eso no podía avanzar mucho por esa vía.

Pero aún con esas limitaciones integrabas los equipos.

Lo que ocurría es que en esa época se jugaba tanto y en tantos lugares, que incluso los más malos teníamos un espacio, y yo agoté ese espacio hasta los veinte años, cuando jugué en la Universidad y en unos torneos de barrio por mi zona.

Recuerdo un juego con los Tigres de Filología, un equipo francamente lamentable, en que bateaste de 4, 3. Fue memorable sobre todo porque a un filder le cayó un fly en la cabeza. Creo que era un morito de apellido Cicero.

En la Universidad me dio por escribir, y se jodieron los domingos dedicados a la pelota. ¿Te imaginas el terremoto que fue para mí el  descubrimiento de la literatura, que logró separarme de la práctica de la pelota?

¿Desde cuándo sigues a los Industriales?

Creo que soy industrialista desde 1963 o 1964, apenas se creó el equipo. Era, de alguna forma, el club heredero del Almendares, y muchos almendaristas, por ser fanáticos de la pelota, se pasaron de inmediato a la afición por Industriales, y eso ocurrió no solo en La Habana, sino en todo el país.

¿Quiénes eran tus ídolos de entonces?

Yo me hice muy pronto admirador de varios de aquellos jugadores tremendos de los años 1960, unos tipos que no tenían gran técnica, no eran los mejores peloteros de Cuba (los mejores tenían contratos profesionales y no pudieron volver a jugar en los campeonatos cubanos, que eran solo para amateurs) pero eran los seres con más ganas de jugar pelota que he visto en mi vida: jugaban, de verdad, por jugar, competían por competir y eso los hacía especiales. De aquellos jugadores mi ídolo absoluto era Pedro Chávez, pero también Tony González, Urbano, Manolito Hurtado, Ricardo Lazo… y luego dos jugadores de otra generación pero espectaculares: Marquetti y Capiró.

En esos años 60 yo me pasaba el día jugando pelota. Hubo un curso en el que tuve un 66% de asistencia a clases y, según mi madre, ella me mandó todos los días al colegio. Te imaginarás lo que yo hacía. Y en clases dibujaba terrenos de pelota, hacía alineaciones. En la casa, recortaba y pegaba en una libreta fotos y box scores. Cuando corría por la calle imaginaba que recorría las bases de un terreno porque había decidido un juego. Comía y cagaba pelota… ¡Porque había adquirido el “vicio de pelota”!, como se le llamaba en esa época. Yo estaba entre los más viciosos de todos mis compañeros, junto con Jipi el Polaco y su hermano Ale el Burro, Danilo el Gordo y Rafelito el Cojo. Éramos lo peor. Todos, además, industrialistas furibundos.

¿Ibas solo al Estadio Latino Americano?

Con esos y otros amigos empecé, creo que a los 9, 10 años, a ir solo al Latino. Como no me llevaba mi padre, había asistido con frecuencia con mi tío Min, pero qué va, ¡ir con los socios era lo máximo! En ese piquete también estaba Jorge Luis el Conejo, el Gordo Montes de Oca, el Negro Pello, Manolo Palacios… Coño, recordar esto me afecta. Imagínate, de esa gente nada más quedamos en Mantilla Ale el Burro y yo, y cada vez que nos vemos (casi nunca) nos ponemos a hablar de pelota…

Ir a Latino, en aquella época, era no solo un acto de fe deportiva, sino una especie de frontera que se quebraba: uno empezaba a ser un “hombrecito” porque lo dejaban ir solo hasta allá, para lo que había que coger una o dos guaguas, y se regresaba a la casa tardísimo. Te juro que nunca volvió a ser igual: por lo que significaba espiritualmente y por lo que me ofrecía en lo deportivo… Si me pongo, ahora mismo puedo recordar varios juegos, con protagonistas y todo: Julio Rojo, Rigoberto Betancourt, Changa Mederos, Eulogio Osorio, alias Cara de Vieja… ¡Me acuerdo hasta de la rubia que era novia del Tony González, y se sentaba sobre el dougout de tercera!

Referido al béisbol, ¿qué diferencia hay entre un fanático y un aficionado?

Yo era un verdadero fanático de la pelota, en una época en la que no sé por qué, creo que por la retórica revolucionaria, resultaba más elegante ser aficionado. Era como cuestión de grados, y creo que todavía lo siento así: el aficionado es alguien que gusta de un deporte. El fanático es como yo, un vicioso que vive todo el cabrón día pensando en ese deporte.

Teniendo en cuenta los muchísimos descalabros sufridos por los Industriales en los últimos años, y el precario estado general de la pelota en Cuba, ¿sigues teniendo un sentimiento de pertenencia hacia ese equipo?

Sigo siendo industrialista porque, como bien dijo Manuel Vázquez Montalbán, uno puede cambiar muchas cosas en su vida: de país, de mujer, de partido político, pero nunca de afición por un club deportivo si adquirió esa pertenencia en la niñez. Y yo soy industrialista feroz. Aunque cada vez menos feroz, en realidad, porque ya ni voy al estadio ni sigo demasiado los campeonatos; lo que veo en los terrenos no me gusta nada. Es una pelota que no se parece a aquella que yo gocé en los años 1960, la que luego vi en los años siguientes, hasta la década del 90, cuando todo empezó a joderse porque el mundo cambió y la gente cambió y Cuba no cambió y… se fue a la mierda el juego de pelota. Sobre eso he escrito y reflexionado, así que me paro aquí. ¡Cuánto hubiera dado por ser un buen pelotero, coño!

Está a punto de comenzar la Serie Nacional. ¿Qué esperas de los Industriales?

Que hagan lo que puedan. En una pelota cuyos niveles cualitativos son tan lamentables como lo demuestra la selección nacional, puede pasar cualquier cosa. Todo esto me pone muy triste y me hace pensar en la persona que fui en el año 1967, que lloró, y mucho, cuando los Orientales de Alarcón les ganaron a los Industriales en una serie memorable. Entonces amábamos tanto a la pelota y hasta a Glenda, no Torres, solo Glenda, la de la película inglesa, cuando también ir al cine, como al estadio, era una fiesta.

 

Este texto fue publicado originalmente en OnCubaNews. Se reproduce íntegramente en elToque con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.