Un amigo cubano, residente en Ecuador, me dijo hace unos días, en una visita de pocas horas a La Habana, que era más fácil que su hija pequeña nacida en Cuba, se convirtiera en ciudadana ecuatoriana, que una niña nacida en La Habana, con madre domiciliada en Santiago de Cuba, se convirtiera en habanera.

También es más fácil en las noches calientes de la capital de Cuba, beber cerveza holandesa o dominicana, que cubana, por lo que aquel eslogan de Lo Mío Primero, parece estar hoy más cercano al título de este artículo.

Los cubanos hemos percibido durante décadas una especie de discriminación por nuestro origen nacional, que no ha sido practicada por ninguna potencia enemiga sino por nuestro propio estado.

Durante mucho tiempo fuimos los únicos que no pudimos comprar en tiendas de divisas, fuimos los únicos que no podíamos hospedarnos en hoteles, todos ellos del estado, y todavía existen trabas para que podamos usar los transportes marítimos en territorio nacional.

Los cubanos no podemos invertir en un negocio importante para el desarrollo económico del país, porque la ley solo prevé la inversión extranjera, y el nuevo Proyecto de Constitución garantiza la inversión de este tipo y no acoge a la nacional.

Los cubanos, que ahora sí podemos hospedarnos en nuestros hoteles, los que están construidos sobre suelo del pueblo, no somos beneficiados por los paquetes turísticos que permiten a los extranjeros pagar por un hotel todo incluido en Varadero, con viaje adicionado, casi la mitad que lo que un ciudadano cubano paga en una agencia estatal, ubicada en cualquiera de nuestras ciudades.

Nosotros, los nacidos y vividos en la mayor isla del Caribe, no hemos recibido la esperable defensa de nuestro estado por el tratamiento vejaminoso que recibimos en embajadas y consulados extranjeros en Cuba, cuando intentamos viajar a esos países por distintas razones.

He sido testigo de la brutalidad que los nacionales cubanos sufren en embajadas y consulados, cuando no llevan su documentación organizada como el funcionario de turno lo considera, o cuando el nervioso cubano no responde de forma correcta la pregunta inaudita que hace el tramitador.

He observado cómo se obliga a los cubanos a hacer colas bajo el sol para esperar a ser entrevistados o para recibir la noticia sobre su visado.

Muchos hemos sufrido la sospecha con que se nos mira en estas oficinas en las que nos hacen mentir sobre cuentas bancarias que muy pocos tienen en Cuba, sobre propiedades que no todos pueden demostrar con documentos jurídicos.

Hemos llegado a la absurda situación de tener que cargar con una maleta de dinero en efectivo, prestado de antemano, a veces por un garrotero, para que lo podamos enseñar en un consulado que solo así te considera confiable para viajar a su país.

Los estados extranjeros pueden creer de nosotros lo que les plazca, pueden castigarnos por vivir en el comunismo, por no oponernos al socialismo, por ser bullangueros o diletantes, pero nuestro estado no puede permitir que en nuestra propia tierra nos obliguen a pagar más de cuatrocientos dólares por un visado, como si fuéramos ciudadanos peligrosos.

En Cuba se han hecho varias revoluciones o una sola, como se quiera interpretar la historia, para lograr la independencia, para valer lo mismo que los extranjeros que nos han sojuzgado, para no estar atados a un solo cultivo, a una sola forma de producción de riqueza, a un solo importador y a un solo socio comercial. Hemos luchado y vivido en sacrificio por ser soberanos, por no tener dueños ni amos, pero todavía hay cadenas que cargamos, como si los machetes de antaño solo sirvieran para ser conservados en vitrinas de museos.

El destino es a veces grosero y jodedor, a cambio de la cerveza Cacique nos ha puesto delante apenas la Presidente, como si nuestro pasado de liderazgo y de fuerza hubiera sido subrogado por otro más moderno, extraño y ajeno, que nos propone, todavía, vivir en dependencia y discriminación.