“Empecé a revisar un diccionario de religiones. Dije: ‘Por la A’. Abakuá era la primera entrada. Revisé una por una. La segunda era Adoradores del agua. Separé las que no parecían afines conmigo, las que se me antojaron ilógicas o tontas. También aparté las más interesantes, las que consideré investigar más allá de la brevedad del diccionario. Y ahí estaba el budismo.”

Guille García Milián habla con un ritmo lento, saborea el café sin apuro. La taza es inagotable, como los pozos de la meditación. Llegamos a su cuarto, y parece una celda.

“Al principio yo no tenía capacidad crítica. Veía el ejemplo de Cristo, sus enseñanzas, y todo chocaba a las claras con la vida de la mayoría de los practicantes. En la misma Biblia encontré incoherencias. No entendí el castigo eterno, siempre lo he cuestionado. En aquel momento de mi adolescencia, no obstante, el cristianismo era la única religión que conocía. La santería, entonces, me parecía marginal. Y opté por apartarme.”

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Sobre la cómoda, Buda, imperturbable, es una lámina. El agua de un rústico recipiente profundiza la noción de serenidad. Guille dice que el decorado es irrelevante, pero anima. “Se tiene un estereotipo del budismo: velas, incienso y estatuas gigantescas de Buda” –explica–. “En verdad todo es muy práctico, muy llevadero en cualquier tipo de sociedad: no mentir, no hacer daño, no aferrarte a las cosas, buscar paz.” Ni un poco de aire estremece el bol de agua. Sólo el pasado deja oír su lejana tempestad ahora.

“El ateísmo me llegó en un momento de mucha militancia. Comenzaba en la Unión de Jóvenes Comunistas, influido por el marxismo-leninismo, el materialismo dialéctico… Pero van pasando los años, y aquella creencia de que podría lograr todo lo que quisiera con mis propios esfuerzos empezó a debilitarse. La vida es azarosa. Yo estaba ante la misma encrucijada que tanta gente: la ciencia y la religión me parecían opuestas. Con el tiempo aprendí que sólo van a velocidades diferentes.”

Guille fue a la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) durante ese tiempo que denomina “época militante”. “Aquel era el proyecto nuevo del país, la supuesta industria que iba a salvarnos. Parecía que los jóvenes éramos un ejército en aquella nueva conquista. Llegué allá y comencé a frustrarme mucho.” A la larga estudió psicología y tuvo el sueño de hacerse escritor. “Yo lidiaba con demonios en mi literatura” –dice–. “Ahora me gusta enseñar literatura a los niños en el taller de la Casa de Cultura.”

La conversación con Guille sugiere que hay otro ingrediente decisivo, la Historia. Ante los caminos que se separan, ante cualquier camino, la Historia nos zarandea. Pero él cree que todo sucede con algún propósito.

“Una de las pocas cosas que agradezco al Período Especial es el fortalecimiento de mi búsqueda de caminos espirituales. Si yo hubiera tenido un trabajo que me diera tranquilidad económica, un buen salario, quizás me habría mantenido apartado de estas vías, ignorante de un mundo más hondo.”

Guille es el único budista de Placetas. La ciudad está en el mismísimo centro de Cuba y podría pasar por un buen ejemplo de la Cuba “céntrica”, es decir, común. No es pequeña ni es remota. Sin embargo, su diversidad no incluye ungran paisaje espiritual. “Más bien es una ciudad de negocios, una ciudad donde ninguna tradición cultural se afinca. Es un sitio desencarnado” –Guille es rotundo.

“Cuando hablas con cualquier joven de Placetas, adviertes que el centro de su vida es ‘hacer balas’. Usan esa frase para referirse al dinero. Hacer dinero. ‘¿Qué estás haciendo?’‘Estoy buscando cómo hacer balas’. Todo se mueve por ahí: tomar unas cervezas, reservar en una piscina… La vida está pendiente del ahora. No hay proyectos de vida. Todo se reduce a darse un gusto que casi siempre va por el alcohol o el sexo.”

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Cuando sus vecinos van tras las balas, apurados por obtenerlas y dispararlas, Guille se levanta antes de las cinco de la madrugada, medita durante una hora. El budismo le parece muy lejano de la identidad cubana. “Todo se reduce para mí a buscar paz, a buscar silencio, aunque yo sea muy conversador” –dice–. “Hablo de un silencio mental”.

“Los noventa, el Período especial” –y Guille, con 32 años, creció en esos días–, “generó un hambre mental muy difícil de curar. Yo también la padezco. No estoy iluminado ni mucho menos. Estoy en el camino. La mayoría de los cubanos vive con un hambre mental que no se sacia aunque se vayan del país. Llegan al extranjero y empiezan a acaparar. Tienen hambre de propósitos.”