Cuando llegó a mis manos no tenía nombre. Era una viajera solitaria, de esas que emprenden un largo camino sin un destino claro más que el de hacerse querer por un tiempo y volver a partir. Se veía cansada, parecía como si tampoco hubiera sido fácil para ella.

Mi madre me la regaló como sorpresa de cumpleaños y cuando mis ojos entraron en contacto visual con aquella criatura, casi se me salen de órbitas por la alegría de tenerla enfrente. Nunca le pensé un nombre, siempre la llamé simple y sencillamente mi muñeca negra.

No le puse nombre porque hacerlo hubiese sido como profanar la originalidad que guardaba su esencia misma. Tocarla era como palpar un dolor desconocido y conocido a la vez. En mi cabeza había trazado el mapa de su vida como si la hubiera acompañado en todo momento, como si cada una de sus vicisitudes formara parte de las mías o fueran similares.

Su sonrisa imperfecta era mi felicidad, lo que me hacía quererla con todas mis fuerzas hasta el punto de no despegarme de ella cuando llegaba a casa. Quizás otrxs la veían como una simple muñeca de trapo pero para mí era mucho más. Sentía que nos unía una extraña comunicación telepática; yo le confiaba mis secretos más íntimos en voz alta y siempre tuve la sensación de que estaba atenta.

Siempre sentí que éramos dos niñas y que teníamos muchas cosas en común. Nuestra extraña conexión no sería pasajera. Mi madre pensaba que era producto de mi imaginación infantil que me inventaba historias en donde ella era mi principal protagonista pero en verdad era el referente cercano del que me sentía privada.

No era yo una niña a quien abundaban los juguetes, quizás por eso la apreciaba, y también por lo diferente que era en comparación con los juguetes de mis amigas, incluyo barbies, todas rubias o morenas con un cuerpo fenomenal. A ella la sentía cercana sobre todo por el parecido a mi color de piel, eso me hizo quererla de una manera especial, hasta el punto de que mi muñeca terminó convirtiéndose en una ilusión de mí misma.

Era distinta de esos otros referentes a los que me sentía también apegada en mi niñez, todos constituidos para ser una metáfora de mujer con el que estábamos llamadas a identificarnos en algún momento de nuestras vidas.

A las niñas cubanas también desde pequeñas se nos familiariza con una realidad en miniatura que representa nuestro “deber ser”, a lo que podemos aspirar. Mediante estos objetos vamos proyectando nuestro futuro papel de mujer.

Más allá de las diferentes realidades geográficas y sociales, los juguetes se convierten en ese mejor amigx y compañerx de aventuras y travesuras y a la vez sirven para reproducir prácticas de una adultez que excluye al ser social diferente a la norma. Por lo general, no son coherentes con los modelos de igualdad social, ya que proponen representaciones, conductas y patrones cargados de estereotipos de género, raza, clase, etc.

Se nos construye una realidad a través de los juguetes tan apegada a modelos hegemónicos, que se convierte en un escándalo y en algo socialmente juzgado cuando una niña comienza a sentir preferencias por algo “no femenino”, lo que también sucede en el caso de los niños cuando muestran interés por algo considerado socialmente “femenino”.

Las muñecas siguen siendo juguetes llamados a representar el papel de “ama de casa” u objeto de deseo consumista que vacía de valor al ser social que representan. Esto nos hace arrastrar con esos valores aprendidos como si fueran legítimamente correctos. La repetida historia de las casitas para las niñas y el deporte o los juegos rudos para los niños tiene una influencia directa en cómo desde nuestra niñez nos apegamos a modelos.

Mi muñeca negra rompía en parte con dichos esquemas y aunque yo no pensaba en ninguna de estas cosas a esa edad, sí sentía que tenía un tesoro entre mis manos. De alguna manera ella representaba la vida de una mujer que ha llegado lejos rompiendo todas las barreras de un mundo a la medida de cánones preestablecidos.

 

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