Hay días en los que no sé qué hacer con mi pelo. Después de haberlo sometido a todo tipo de tratamiento químico, decidí que lo quiero de vuelta a su forma natural, como hace tiempo que no lo tengo. Reconozco que no está siendo fácil el proceso, lo supe desde el principio, por eso decidí llevar a cabo la transición poco a poco.

Desde pequeña mis cabellos siempre constituyeron una lucha constante. Mi abuela era quien me peinaba antes de irme a la escuela, dejaba listo y alisada cada hebra. Recuerdo que mientras lo hacía mi cabeza siempre se mecía ante los jalones producidos por la batalla del cepillo y el peine intentando desenredar mis rizos rebeldes.

Los resultados de ese ir y venir de jalones solían devolverme varios tipos de peinados. El que más odiaba era el de las cuatro trenzas que luego formaban motonetas duales. Me parecía tener un avión en la cabeza por el movimiento que hacían a cada paso. Tampoco me gustaba la apariencia infantil que me daba, atentaba contra la prematura madurez de la que solía vanagloriarme por aquellos años.

No obstante lo rebelde que siempre fue, mi pelo natural era largo y saludable, hasta que comencé a aplicarle diversos tratamientos. El primero de ellos fue una indumentaria conocida como el “peine caliente”, el cual me permitía mantenerlo alisado al menos por un corto tiempo; los efectos duraban hasta que el pelo volvía a entrar en contacto con el agua.

A medida que fui creciendo, también crecían mis deseos de alisarlo permanentemente por varias razones: por un lado, la comodidad que implica mantenerlo peinado y alisado; y, por otro, mi necesidad de apegarme a los cánones sociales preestablecidos. Me gustaba cómo lucían las chicas de mi color de piel con sus pelos alisados, en ese entonces no me cuestionaba por qué quería yo desprenderme de algo que formaba parte de mi esencia misma.

Sumo el hecho de que en mi contexto de pertenencia, la práctica de alisarse el pelo es algo natural por parte de las mujeres de mi color. Los productos y servicios que se ofrecen no están pensados, en su mayoría, para pelo afro, aun cuando es grande la comunidad afro en Cuba.

Según datos ofrecidos por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI, 2016), en Cuba la población negra constituye la de mayor decrecimiento, resultados que se corresponden con los ofrecidos por el Censo de Población y Vivienda del año 2012. Estas estadísticas siguen siendo una apretada síntesis que reporta el predominio de personas autodefinidas como blancas (64,1 %), cuando “en Cuba, más del 30 % de la población tiene una ancestro de origen africano”, según los resultados de un estudio realizado por científicos cubanos y extranjeros.

También se adolece de estadísticas sobre los consumos de productos para el pelo de la población afrodescendiente. Es en Estados Unidos donde más datos existen. De acuerdo a un estudio desarrollado por Investigadores del Instituto de la percepción, llamado “Test de asociaciones implícitas con respecto al cabello”, se pretendía medir si la gente sentía inconscientemente prejuicios contra el cabello de las mujeres.

El estudio arrojó entre sus resultados que la mayoría de los participantes, independientemente de su raza, mostraba prejuicios contra el cabello de las mujeres negras. Casi la mitad (el 48 %) de las afroestadounidenses afirmaba llevar el pelo liso. Además, una de cada cinco mujeres negras reconoció sentir presión social para alisar su pelo en el lugar de trabajo, lo que duplica las cifras de las mujeres blancas. No solo en Estados Unidos, en muchos otros contextos se vive como una realidad la presión social de las mujeres negras por llevar el cabello alisado.

Racismo ¿invisible? en Cuba

En mi caso, siendo sincera, ansío volver a aquella etapa en la cual la rebeldía de cada hebra realzaba su naturalidad, en la cual no pesaba sobre mi cabello ningún tratamiento químico, más que el champú y el suavizador que me ayudaban a tenerlo limpio e hidratado. Después de pasar por mucho: tratamiento desrizador, extensiones, tintes de pelo; ahora busco recuperar su naturalidad en toda la expresión de la palabra.

Aunque tengo este deseo, debo decir que llevar el pelo alisado no ha significado sentirme menos afrodescendiente. Tampoco critico a quienes deciden mantenerlo así, como yo lo he hecho por tanto tiempo. Llevarlo liso era una manera de lucirlo ante la presión por cumplir con atributos estéticamente aceptables y normativos de la “belleza femenina”. Ahora mi decisión sobre este aspecto es una cuestión de actitud. La transición pasará por la necesidad de empoderarme a través de cada elemento de mi cuerpo y el cabello es uno de ellos, define inevitablemente mi territorio de lucha como mujer negra.

Soy consciente de que en esta nueva etapa necesitaré sobreponerme al cambio que implicará. Lo que me ha hecho dudar ha sido precisamente el cambio de apariencia. De tanto tiempo llevando el pelo alisado, me he acomodado a llevarlo así y ha perdido su fortaleza natural a base de tratamientos invasivos.

En Cuba cada día va siendo más común que las mujeres decidamos llevarlo afro y, en consecuencia, van apareciendo en el mercado productos para tratarlo como la línea Qué Negra, creada por la cubana emprendedora Erlys Pennycook Ramos. Se trata de un proyecto que proporciona una alternativa natural de cuidados para el cabello afro, algo sin precedentes en un contexto caracterizado por la carencia de productos destinados a su cuidado y tratamiento. Hasta el momento las líneas de productos para el cabello que se han comercializado no se han especializado en el tratamiento para este tipo de textura.

La iniciativa Qué Negra colabora desde la dimensión estética con el proyecto Beyond Roots, el cual promueve la multidimensionalidad de la cultura afro en Cuba. Los dos proyectos suman esfuerzos a favor de la descentralización de la producción estético-normativa de productos para cabellos ‘lisosʼ, ‘ondeadosʼ o ‘rizados-no afrosʼ; industria que ha reforzado la práctica de negación de ‘la pasaʼ o ‘el pelo maloʼ, algunas de sus designaciones negativas. La consecuencia directa ha sido el rechazo, la falta de referentes y el vacío que ha caracterizado el mundo de la estética afro.

El panorama actual tiene otro horizonte con el fortalecimiento de estas alternativas y otras, las cuales son coherentes con la necesidad de protagonismo que reclaman las identidades afrodescendientes en nuestra Cuba plural y diversa.

 

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