En el elevador un gordo como de 40 años le está acariciando el pipi a una niña por arriba de la licra. Ella se eriza, aprieta las piernitas, masculla cosas. Subí al elevador con tres personas y dos son la niña y él. La tercera es la madre de la niña, que disimula viéndose en los espejos, evita la escena y yo no sé si evitarla pero lo hago no sea que me rajen de un piñazo. El tipo insiste, pasa el dedo índice por arriba de la licra, pone risas, mira a la madre y la madre lo evita, la niña aprieta y la madre la evita, mirando espejos. La niña se zafa y va a meterse casi detrás de mí, que estoy casi temblando. El tipo le dice: “Si no me dejas no te voy a comprar la bicicleta”. La madre ríe: “¿Oíste lo que dijo? Después no estés pidiendo bicicleta”. La niña vuelve y abre las piernitas e intenta no cerrarlas mientras el gordo empuja con el dedo hasta que me bajo, aguantando el vómito.

En el consultorio no había médico. La enfermera mandaba a todo el mundo hasta el policlínico, que está a seis cuadras. Eran como las nueve de la mañana y yo había pasado la noche pegado a la taza del baño, vomita y vomita. Había soltado las bilis, la vida. En el policlínico me dijeron que es probable que sea una bacteria. Me remitieron al gastroenterólogo, es decir, me dieron un papelito para que vaya al Vedado, al Instituto, a sacar el turno. Un día, cuando pueda. Mientras, me recetaron Metocopramida, que lleva meses en falta. El farmacéutico cogió el teléfono para localizarla. Fue por gusto.

La que vende chucherías en carrito está hablando con el que vende periódicos del problema nuevo con los periódicos, la cosa de que tienen menos páginas; están diciendo que esta es la antesala del Periodo Especial como si no estuviéramos, quién sabe exactamente desde cuándo, viviendo la segunda temporada. Como si yo, jodido del estómago, no hubiera salido de la farmacia a hacer cola en una tienda en la que solo me dejaron comprar dos paquetes de pollo, porque está normado, porque están racionalizando todo; como si los tenderos no hubieran interrumpido la cola para sacar sus propios paquetes de pollo de la nevera; como si hubiera algo en la nevera que no sea pollo; como si no tuviera que darle gracias a Dios porque el médico me dijo que comiera pollo hervido, y el pollo no se hierve con aceite.

En la televisión, programas de esos donde la gente canta parecido; un documental sobre cómo un koala quedó atrapado en un poste de luz en medio de una ciudad muy transitada. El animal estaba allí, traumado. Tuvieron que llamar a los bomberos. Después la historia de un perro atrapado en un cubo de metal. Música tensa. Veterinaria: “Toby estaba nervioso. No lograba entender por qué su cabeza estaba allá adentro. Estaba al borde del colapso”. Bombero: “No podíamos cortar el cubo así que empezamos a halarlo. El perro haló con fuerza y logró salir. Estaba tan contento que lamió la mano del rescatista”. La película del elevador era más interesante. La hubiera visto, pero en estos días todo me da ganas de vomitar.

 

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