Faltan menos de tres días para que el Festival de Cine acabe y siento que me quedó mucho cine por ver. He visto entre dos y tres películas por día. Nunca más de tres. Hubo días de una sola película y hubo películas que no admitieron que les pusiera encima otra película.

A media voz, de las cineastas cubanas Heidi Hasan y Patricia Pérez, fue una de esas películas que se me prendió como una sombra y me acompañó por horas. El mismo día que la vi intenté adentrarme luego en Sorry We Missed You, del director británico Ken Loach, pero fue un fiasco.

La película de Loach es lenta, aplastantemente lenta, y no logré conectar con ningún personaje ni experimentar la menor curiosidad por la historia.

Tengo un amigo cineasta, que no es Melián, que me dijo hace poco que las películas, al igual que los libros, hay que consumirlos con ganas o dejarlos. A él no le gusta la idea de que alguien se obligue a ver lo que realiza, como quien se obliga a beber un purgante.

Otro amigo escritor, que es uno de los mayores lectores que he conocido en mi vida, decía algo más o menos parecido: la vida es muy corta para terminar un libro que no te gusta.

A mí me cuesta no terminar de leer los libros que empiezo, como mismo me cuesta irme de un cine antes de que se enciendan las luces. Encuentro cierto regocijo en resistir hasta el final algo que empieza no gustándome. Me pasó en estos días con Asfixia, Algunas bestias, Las buenas intenciones, Agosto. De todas me pude haber levantado después de la quinta o sexta escena.

Pero Sorry We Missed You es la única de la que me he levantado que creo que merece una segunda oportunidad. A veces el problema no es la película sino el momento en que decides ir a verla. En un Festival el margen de decisión es muy estrecho: vas a lo que quieres ver cuando toca en el programa o no vas.

Después de A media voz yo no debí haber intentado nada más. El documental me dejó en una especie de limbo donde solo existía la nostalgia. Más que la emigración, o la amistad entre dos mujeres, yo diría que esa es la materia esencial de A media voz: la nostalgia.

La película de Heidi y Patricia es la película que mi amiga Claudia y yo hubiéramos hecho si fuéramos cineastas. Claudia vive en Toronto desde hace unos seis o siete años, yo en La Habana.

Pero escribimos, nos escribimos cartas. Tenemos una relación epistolar de unos quince años. Incluso cuando nos encontrábamos diariamente en la escuela y hablábamos por teléfono durante horas, nos escribíamos cartas. Sin embargo, yo creo que desde que estamos lejos nos escribimos menos.

De lejos las cartas no son lo mismo. Parecen servir solo para recordar eso: que estamos lejos. La distancia que hay de Cuba a cualquier país del mundo es siempre distinta, superior, a la distancia que hay de cualquier país del mundo a Cuba.

Mi Festival va terminando justo como comenzó en el concierto de Haydée Milanés, con la certeza de que La Habana me es cada vez más ajena. Ni yo soy la misma que podía ver cinco películas en un día, porque ya no tengo tanta resistencia, básicamente tengo diez años más, ni mi ciudad es ya la ciudad de mucha gente que hacía que yo sintiera que mi ciudad era mi ciudad.