La añoranza no entiende de estéticas. Aquello que nos despierta gozo cuando somos niños, es difícil que de adultos no nos cause conmoción. El culto a un limitado canon de exquisitez inhibe, por suerte, a la infancia.

El jueves traía cada semana la felicidad. Después de almuerzo, la maestra formaba en fila india una veintena de alumnos. Entonces nosotros -uniforme arreglado, peseta en mano- caminábamos con pasos de liebre, el trecho de la escuela primaria al cine del pueblo.

Penetrábamos alegres la penumbra de la sala por tres presumibles razones. La primera conjugaba aquel ciclo vespertino con la liberación de las clases. La segunda nos convertía a hembras y varones en pequeños bufos de oscuridad. La tercera también estaba clarísima: los muñequitos rusos lucían inmensos en la pantalla cinematográfica.

Para mí eran simples animados. Me distraían al igual que otros, aunque carecieran de las tonalidades brillantes con que un tal Walt Disney coloreaba a Cenicienta. Tenía menos de diez años y no le daba mucha importancia al acto de discernir.

Después crecí un poco y aprendí que a mucha gente los muñes de mis tardes de cine no le agradaban. Pero seguía sin percibir el por qué. Años más tarde, alguien me dijo que décadas antes de mi nacimiento, los niños no podían ver otra cosa por la falta de nuevas opciones.

Aquel punto de vista era comprensible. La saturación puede terminar devorando hasta la raíz, lo que un día causó interés.

Y si ello no fuera bastante, en afán de silenciarme, llegaron a enlazar la idea de que esos dibujos recordaban las torpezas de la sociedad soviética. Entonces entendí mucho menos. Para recalcar la opinión, hubo un notable énfasis a la hora de mencionar el desplome de la URSS, el período especial, la demagogia aprehendida.

Yo seguía, sigo sin concebir cómo al Conejo y al Lobo, a Los músicos de Bremen, al Cartero fogón, al Cocodrilo Guena y a tantos personajes infantiles, se les medían con la vara de tales tropiezos.

No conozco a ningún cubano que aborrezca a Mickey Mouse, el Rey León o Shrek por ser oriundos de donde proviene el bloqueo

A fin de cuentas no todos eran rusos. Llegaban a las pantallas de la Isla animados húngaros, polacos, checoeslovacos, rumanos y búlgaros. Sin embargo, esa constatación tal vez no resulte significante a sus detractores. Puede que me respondan que “no es lo mismo pero es igual”, como la copla de una canción.

Habrá quien solo vea tinieblas en estos muñes, cuando en verdad ostentan un abanico de claroscuros. Habrá quien imagine al mismo pincel rellenando de día a El Antílope dorado, y esbozando de noche decenas de pancartas del bloque socialista.

Para mí eran, seguirán siendo, diversas siluetas dentro de un encuadre. Unos más graciosos, otros más aburridos, como todo en este mundo.

A estas alturas deberíamos estar acostumbrados a matizar la vida y no hacer silogismos llanos, para después quedar a medio camino

Otras perspectivas también son reales, la pasión no nos puede cegar. Los muñequitos rusos no tenían la misma factura visual que los creados en consorcios norteamericanos. Quizás no hacían derroche de los argumentos reestudiados para generar fascinación en diversos grupos etarios. Pero abordaban temáticas universales y les sobraba espacio para lecciones y moralejas. Al final entretenían, gracias a un básico sentido lúdico.

Nunca olvidaré el único antídoto que alivió mi enojo una mañana de lluvia. Llegaba molesta a casa por un temporal que de súbito encharcó mis zapatos. Mi mamá quería hacerme reír pero todo intento era en vano, una causa perdida. Se asomaron Lolek y Bolek al televisor y el aguacero de enfado comenzó a disiparse.

Junto a aquellos chicos conocí sobre diferentes países y culturas, repasé geografía. El hecho de que no hablaran era insignificante, porque así me gustaban. Los gruñidos suplantaban diálogos, lo cual le añadía un encanto especial a sus aventuras.

En complicidad con estos dibujos, escruté por primera vez el perfil de un enamorado. La negrura del cine y el retumbar del sonido disfrazaban cualquier vestigio de timidez. Las tandas de los jueves de primaria, quedarán para siempre en mis anaqueles de recuerdos con sonrisas.

Muchos me tildarán de loca, pero si tuviera que salvar elementos de la niñez ante el diluvio del olvido, los muñequitos rusos navegarían a salvo en mi arca de Noé.

Delante de mis nostalgias, se hunden las convenciones.

Konec