Para muchos Mayo es el mes de las flores y los aguaceros divinos. Otros lo identifican con el desfile de su primer día. Para mí posee cierto matiz grisáceo y me trae una remembranza: las pruebas de ingreso a la Educación Superior.

Mi etapa escolar no estuvo caracterizada por la presencia de novios. Tampoco tuve el anhelo de ser una chica popular. Solo me preocupaba por las estrellitas que colgaban del uniforme y por tener unas notas destacadas. “La polilla” me decían y tal apodo para nada me impactaba.

La universidad siempre fue el propósito mayor. Siendo pequeña afirmaba que de grande no sería médico como mis padres, pero que sí estudiaría. Lo único indiscutible de mi universo de niña, era la obligación de asistir diariamente a la escuela.

Termina la enseñanza primaria y con buenas calificaciones llega la secundaria. Para entonces estoy convencida de que lo mío son las letras, lo que equivale a decir que odio la Matemática. Adoro los ejercicios de gramática y me fascina la redacción.

El preuniversitario ya está en la puerta. Ya en este tiempo la idea de subir la escalinata y llegar al Alma Mater se torna una declaración de fe. Después del bachillerato tocará la comunión con una carrera definitiva. Mi madre la revela cuando describe el Periodismo, haciéndolo concordar con mi pasión de escribir. Con vocación definida y un alto promedio queda lo inexorable: encarar las temidas pruebas de ingreso.

Me adentro en el fenómeno de moda para los estudiantes de doce grado: los repasos particulares.

Cada semana mis padres le restan cifras a sus bolsillos impulsados por la inversión necesaria.

“Desde hace bastante tiempo semejante hecho se ha vuelto una convención”.
Signados por los experimentos escolásticos, los nacidos en 1992 asistimos con pesadumbre hacia otra transformación. Apenas comienza el duodécimo grado y el Ministerio de Educación Superior anuncia una barrera al acceso universitario. En nombre de las ciencias exactas se impone una condición funesta para alumnos como yo. Un examen de Matemática, inédito hasta el momento, centrará el ciclo de evaluaciones. Al hecho de reducir plazas para altos estudios se le coloca un disfraz con nombre de asignatura.

La paradoja interviene y el absurdo hace de las suyas. Quien suspenda esta prueba se quedará en el camino, sin que importe la naturaleza de la profesión futura. Miles de estudiantes echarán a un lado la geometría del espacio cuando el examen acabe, pero esa realidad no parece interesar.

Foto: Omairy Lorenzo

La sensación es de encierro, pero hay que encarar el reto a falta de otro remedio. Los días pasan entre sesiones de estudio con maestros veteranos. El volumen del cilindro y la trigonometría abruman como una neblina espesa.

Y entonces mayo hace su entrada. En alguna parte había escuchado que el número siete traía buenos presagios. El 7 de mayo de 2010 confirmé la poca veracidad de la teoría. Me enfrenté a la prueba y la suspendí. Olvidé todas las lecciones y terminé multiplicándome a mí misma por el valor de cero.

No había sentido nunca lo profunda que puede llegar a ser la desesperación. Veía desaparecer los sueños porque no era aventajada en una materia contraria a mis intereses.

 La derrota aumentaba con el curso de las horas.

Estaba a solo un paso de saberme periodista, ya que había aprobado antes el pase de aptitud inherente a la carrera. Al constatar que aquel mérito había sido en vano me venció la decepción. Los objetivos de varios jóvenes cubanos se juntaban en un cesto de basura.

Pero toda causa es incompleta si no acarrea un efecto. Las reacciones de cientos de padres disgustados no se hicieron esperar. Los teléfonos del Ministerio de Educación Superior se llenaron de protestas, el descontento bullía ante aquella situación.

Después de tres o cuatro días en el noticiero de las ocho leen una nota oficial. En casa alzan el volumen del televisor mientras mi respiración se agolpa. Acaban de informar de una segunda vuelta para las pruebas de ingreso. Todos mis familiares gritaron entusiasmados; creíamos merecida una nueva oportunidad.

Atravieso otro mes devorando teoremas. Como una criatura obceca advierto ángulos hasta en la puesta del sol.

Llega por fin el esperado día y los nervios se disparan. Pero otro acontecimiento sale a la superficie y arrecia como una ola. La prueba de Matemática se ha filtrado en una provincia oriental y deber ser postergada. Al fraude le ha dado por cobrar una venganza.

El contexto se condensa en un lienzo surrealista. Hay que regresar a casa al rencuentro con Pitágoras. Una semana más tarde visibilizo otra vez el camino de la escuela. Al cabo de tantos traumas, la perseverancia triunfa con las notas posteriores.

Ha pasado un quinquenio y me quedan pocos minutos para defender la tesis. Pienso en mis padres y en el título que estoy por acariciar. Me burlo de aquellas históricas pruebas de ingreso; ahora doy por seguro un cinco. A fin de cuentas, los números no pueden cortarme las alas.