“Cuando en la ciudad necesitan un ladrillo o una rasilla vienen al barrio de Sakenaf, porque nosotros hemos hecho que se reconozca a este lugar por eso”, confiesa entusiasmado y sin sombra de exageración Pedro Enrique Pérez Rodríguez, un joven de 32 años nacido y criado en este suburbio de Santa Clara.

Todo es muy rústico en su taller, pero mientras funcione, lo rudo de sus maquinarias no es impedimento. “Producimos ladrillos macizos y huecos, rasillas para impermeabilizar techos, lozas de pisos de mosaico y de granito, rodapiés de mosaico y de granito, elementos de batea, meseta y fregaderos a base de granito. Tenemos una producción pequeña de yeso, desarrollamos una línea de pintura y trabajamos el cemento ecológico”.

Toda esa “variedad” ha sido resultado de su trabajo a partir de la “herencia” que le dejó su padre antes de partir a los Estados Unidos: el taller inicial. “Cuando comencé, el trabajo por cuenta propia en Cuba era algo sombrío, parecido a lo ilegal, entonces mi taller, que no se parecía a lo que tengo hoy, andaba por caminos sospechosos. Muchos me conocían y yo intentaba mantener mis vínculos en lo lícito” (por difícil que fuera, pienso yo).

Foto: Luis Yaim Martínez Acebal

Aun así, la persistencia de Pedro Enrique cobró resultados. En un terreno amplísimo que mantiene capacidades para continuar extendiéndose, hace progresar un negocio lleno de las enrevesadas tramas del trabajo no estatal en Cuba.

“Estamos tratando de insertarnos en la prestación de servicios para empresas. Hemos visto que hay varias deficiencias en productos, como por ejemplo, la solución impermeable. Aquí se está aplicando la manta asfáltica, una manta que se fabrica en Cuba con materias primas exportadas, su colocación es cara y tiene una duración de cinco años. Nosotros utilizamos la llamada rasilla tradicional, que tiene una vida útil de 30 años y queremos extenderla.”

“También hacemos una pintura que se está aplicando en las escuelas, las empresas, las universidades. Es un vinil, al cual se le han hecho pruebas con muy buenos resultados. La pintura dura más de un año a la intemperie.”

Pero las constantes trabas se hacen notar y causan cansancio, según comenta este joven que ha podido medir sus ideas en otros países, como Ecuador y los resultados han sido favorables. “Allí puedo ser un empresario de la construcción, pero decidí que mi proyecto de vida fuera en Cuba y no en otro lugar”, apostilla.

No obstante la disposición, el contexto sigue afectando su desarrollo personal. “Hoy estoy a la espera de la aprobación de un proyecto de cooperativa para constituirnos como una persona jurídica para poder interactuar más con el mercado, porque tenemos muchas limitaciones con la contratación y la posibilidad de darle servicios a entidades estatales. El mercado empresarial cubano es conservador ante los bienes que aportan los trabajadores no estatales”.

Foto: Luis Yaim Martínez Acebal

“Ceracom, cooperativa de materiales cerámicos y para la construcción”, es el proyecto que reposa entre los papeles archivados de Pedro Enrique, como un sueño posible pero lejano en el tiempo. “La idea es poder utilizar todas nuestras instalaciones y todos nuestros talleres en función de lograr productos terminados, que vayan desde la ejecución de viviendas hasta reparación de instalaciones, restauraciones y construcción de parques, de piscinas…”. Por tener ya tiene incluso sus diseños, en los que usaría hasta un tipo de cemento alternativo que produce en su taller, con asesoría de la cercana Universidad Central.

Pedro Enrique presenta sus ideas con la emoción de quien sabe lo que sus manos tocan y su pensamiento genera. Es de esos que si pudieran caminar sobre el suelo fortalecido de una legislación estimulante construirían más de lo que hoy les dejan hacer.