En 2003 me convertí en madridista. Ya en 1994, a los siete años, me había hecho devoto de la Selección Brasileña de Fútbol, pero aún no lo sabía. Aquella tanda de penaltis entre brasileños e italianos, en la final del Mundial de EE UU, me sensibilizaron con un equipo que en 2002 volvió a levantar la Copa del Mundo, convirtiéndome en un adolescente feliz, pues en ese entonces ya lo sabía: siempre que jugase la verdeamarela, fuera con quien fuera, querría verla ganar. De más está decir cuánto he sufrido desde esa fecha.

No me he disociado, solo que a través de la Selección de Brasil, o más bien de su jugador insigne por aquellos años, es por donde le entra el agua al coco; claro que estoy hablando de Ronaldo Luís Nazário de Lima, el más grande depredador en el área chica que ojos humanos hayan visto.

Cuando “El Fenómeno” fue fichado por el Real Madrid, tras el Mundial de Corea-Japón, este equipo pasó a ocupar mi interés. Otros dos conjuntos me agradaban, el Chelsea Football Club, y la Juventus de Turín. De este último llegué hasta tener un pulóver al que le di bastante uso por aquel entonces. Aquellas franjas blancas y negras me sentaban a la perfección. Cuando llegó la fase final de la Liga de Campeones de 2003, se enfrentaron en semifinales el Real Madrid y la Juventus. Me sentía raramente dividido. Quería que Ronaldo marcara. Pero también deseaba un buen desempeño de Trezeguet, Del Piero, y Pavel Nedved. Mientras veía ese último partido, que la Juventus dominó cómodamente, comprendí que no estaba fraccionado, toda mi ansia estaba de parte del club merengue. El club que llevaría la peor parte, pues el Madrid perdió. Esa tristeza me hizo madridista.

Desde entonces sigo su juego, denigro al FC Barcelona, y trato de estar al tanto de las principales ligas de Europa. Los mundiales de fútbol son para mí sagrados, en el mes que ocurre solo giro en torno a cada partido; por culpa de ello he estado a punto de perder empleos, amistades, y alguna que otra enamorada.

En este tiempo he visto cómo el fútbol ha ido ganando adeptos, y espacios en la Televisión Nacional —hubo un tiempo en el que durante la semana solo se trasmitía un pedazo de juego, diferido, los domingos—; aunque también ha tenido —y tiene— sus detractores. Cierto afán nacionalista lo ha llevado a recibir una buena dosis de desdén por parte de quienes lo consideran un intruso en esta geografía en la que debieran reinar —y reinan— las bolas y los strikes. Si vamos a la Historia y nos ponemos extremistas, incluso podríamos renegar del béisbol, pues no lo inventamos nosotros, sino los americanos, y gran parte de su vocabulario pertenece al anglosajón.

¿Puede un cubano sentirse madridista? Me pregunto y la respuesta es evidente. Si de raíces se trata puedo decir que me siento venezolano (me refiero a mi municipio), avileño, cubano; pero también latino y terrícola; y si atiendo a mis dos apellidos, he de decir que después de cubano, me siento rotundamente español. A veces tengo el recuerdo impostado de mi bisabuelo, Andrés Galiana, caminando ensimismado por las calles de Almuñécar, repensando ese definitorio viaje a Cuba con su esposa Ana Lozano y sus dos hijos pequeños. Espero algún día caminar por Almuñécar tan bien acompañado como mi bisabuelo. Desandar Segovia y detenerme ante la casa en la que viviera, y escribiera, Antonio Machado. Y por las calles de Sevilla sentirme tan solo como Luis Cernuda, poeta de la meditación y del ardor por la belleza.

También espero llegarme hasta el Santiago Bernabéu y ver ganar o perder a los de blanco. Sentirme eufórico o triste. Da igual. De ambos estados se pueden sacar buenas tajadas.