Sin ser demasiado dramático o sensiblero, ni pecar de filósofo diletante, frente a situaciones de catástrofe humana como la de la COVID-19, cualquiera puede razonar que las batallas improductivas, las mezquindades, las bajezas, el odio en sus múltiples rostros, no valen la pena, y que el antagonismo intelectual o ideológico, si de verdad merece estos calificativos, debe dirimirse en los campos de la argumentación, de la exposición honrada de ideas y proyectos, en aras de conquistar los consensos posibles.

Sin embargo, lamentablemente, ni con la muerte poniéndole un nasobuco al planeta, la racionalidad de algunos parece despertar. Y uno se topa, día a día, con más ataques y contrataques necios o malintencionados de los que deberíamos permitirnos.

Si de ejercicio periodístico en/sobre/por/para Cuba se trata, hay que disponerse a entrar a un campo minado, del que, casi nunca, se sale indemne. Balaceras atrincheradas. Pasiones y enconos. Mugre y chancleteo. Y también luz y buenos juicios, pero a un altísimo precio.

“El periodismo no es un circo para exhibirse, ni un tribunal para juzgar, ni un solar, ni un puesto para ineptos o vacilantes, sino un instrumento de información, una herramienta para pensar, para crear, para ayudar al ser humano en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta”.

Así, sencilla y rotundamente, definió este oficio de la palabra oportuna Julio García Luis, quizá el mayor teórico de la prensa que haya dado Cuba hasta hoy. Revolucionario y militante comunista, pedagogo, cronista, presidente de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana… su vida profesional está marcada por el afán de dotar a la Isla de un modelo periodístico autóctono, socialista, distinto “del modelo de prensa liberal”, pero que tampoco encajara en “un patrón ideológico decimonónico o en uno de tipo soviético o de prensa de Estado”.

Julio murió en 2012. El paradigma con el que soñó sigue siendo un horizonte lejano. Y cada vez más asoman el tribunal, el solar, el circo.

Hace más de una década, y gracias, sobre todo al tardío, pero ya masivo e irreversible acceso de cubanas y cubanos al universo de internet, se ha producido un paulatino agrietamiento del control monolítico partidista/estatal sobre la información de actualidad que se consume en el país. Son muchos ya, y bastante diversos, los actores mediáticos coexistiendo, diciendo, apuntalando criterios y proyectando la nación sobre las realidades que se viven.

Si bien el alcance mayor, dado su dominio casi absoluto de los dispositivos de impresión masiva y las ondas de radiodifusión, sigue siendo de los medios estatales, los otros generadores de prensa —independientes, alternativos, personales, privados, comunitarios, de entidades religiosas o minorías…, llámele cada quien como considere o corresponda— ponen cada vez más sus verdades en la agenda pública.

Pero esto, por supuesto, no lo resisten “los dueños” de la verdad. Y allá van las descalificaciones, las amenazas, los ciberlinchamientos, las difamaciones, los hostigamientos que pueden llegar a la violencia y a la intimidación, a la guapería de barrio o al acoso policial. Al enjuiciamiento turbio y a la cárcel. Ejemplos sobran.

Agáchate, puja y tose

Como también sobran las etiquetas y falta la cordura. Ni lo estatal es “público” o “social” por declararse así, ni lo independiente se vuelve “alternativo” o “contrahegemónico” simplemente por no ser estatal. Gritar “mercenarios” o “ciberclarias” a uno y otro actor no hace mejor el periodismo del que califica.

El panorama se complejiza aún más porque estamos en un terreno comunicacional sin ley. En la época en García Luis dirigió la UPEC (1986-1993) se manejó en el país un proyecto de Ley de Prensa. “Llegó a estar redactado incluso, pero luego fue archivado y no llegó a ser presentado y discutido en la Asamblea Nacional [del Poder Popular]”, refirió el catedrático. Tres décadas después, aún estamos en el limbo de la alegalidad, y las expectativas con el Decreto Ley que debe regular la actividad periodística no son demasiado halagüeñas. Sin embargo, ni ese vacío jurídico justifica la ponzoña disfrazada de comunicación. O peor, enmascarada arteramente en otros dispositivos controladores. ¿A alguien le suena el número 370?

Las historias no son propiedad privada

Trabajé por años y aún colaboro con medios estatales. Trabajo desde hace años en medios alternativos. En unos y otros he aprendido y disentido. He crecido como profesional y comprendido mejor mi tierra. Como cubano me enorgullece tanto el Premio Latinoamericano Gabo a Mónica Baró por un magnífico reportaje de investigación publicado en Periodismo de Barrio, que el Nacional de Periodismo José Martí a Enrique Ojito, un espirituano que ha gastado sus zapatos y sus ojos defendiendo a la gente de a pie en su terruño. La buena prensa, el ejercicio honesto y responsable de esta suerte de conciencia crítica de las sociedades se defiende por sí solo, sin descalificar al contrario aludiendo a sus vías de financiamiento, sus vínculos profesionales o su vida personal. Investíguese. Interprétese. Opínese. Con las herramientas legítimas de la profesión. Sin renunciar al filo, pero sin vivir tocando a degüello. Nadie es infalible, como todos podríamos aspirar a ser ejemplares.

Periodismo cubano, creo, es ya un concepto transnacional y multicéntrico. Es más que escribir desde La Habana Vieja, Miami o Madrid; es más que cobrar poco en moneda nacional y tener un celular “petrolero” o cobrar mejor en dólares y pagar del bolsillo propio la cara conexión nacional. Es más, porque es todo eso y otras incontables mediaciones. Los pedacitos de verdad que entre muchos podamos ponerle al mosaico siempre inconcluso de los días que corren.

Las diferencias —lo sabe Perogrullo— no desaparecerán nunca. Y con estas las oposiciones y antagonismos; pero se puede y se debe disentir con altura, con ética. “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace”, dijo el universal José Julián. Y acotó: “ganémosla a pensamiento”. Él, que ni para los anexionistas, ni para los españoles honrados, al borde de una contienda armada, se permitía la ofensa cruel.

En la década del 80 del pasado siglo, dos montañas de la literatura latinoamericana, Mario Vargas Llosa y Mario Benedetti, sostuvieron en las páginas del diario español El País una memorable polémica. Para la historia quedó como “Mario contra Mario”. La esgrima ideológica de aquellos cuatro textos aún resulta una cátedra. Ninguno cambió sus ideales. La realidad del continente y del mundo les ha dado y quitado la razón a ambos en algunos de sus planteamientos. La obra de los dos está ahí, defendiéndolo del olvido y la desidia.

A la distancia de los años, cuando uno lee aquellos exquisitos disparos verbales, le queda la grata sensación de que se puede hacer, pensar, vivir de forma diversa y enriqueciendo el espíritu colectivo al que nos debemos.