Heydi esperó al piquete de los viernes en el portal de su casa. Ya les tenía todo listo en el billar de la segunda planta —el negocito que le ha salvado la vida a ella y su familia desde hace cinco años—.

La algarabía del grupo la hizo saltar del sillón; se asomó a la reja y los vio doblar la esquina en dirección a su casa. Los mismos de siempre: cuatro muchachos y dos muchachas. Heydi no permite más de seis personas en su billar.

Aunque eran clientes habituales, sintió la necesidad de recordarles las reglas de su casa:

No se permite el consumo de bebidas alcohólicas ni drogas.

No se puede hacer bulla para no molestar a los vecinos.

No se permiten apuestas.

El cierre es a las 12:00p.m.

Heydi alquila el billar casi todos los días de la semana desde las 4 p.m. hasta la medianoche y cobra por 10 cuc por tres horas de juego. Su mesa es criolla; la encargó a un carpintero por 800 cuc. Aunque entre los palos, las bolas, el triángulo y el paño, la inversión inicial fue cerca de 1000 cuc. Rápidamente, su negocio se volvió popular en el barrio y un poco más allá. Recuperó la inversión en unos meses.

—Es un buen negocio. Lleva solo la inversión inicial y un poco de mantenimiento. Siempre tengo clientes, sobre todo jóvenes, porque tienen pocos espacios aquí en La Habana donde salir y pasar un buen rato sin tener que pagar mucho.

Pero Heydi no quiere “ni bulla, ni publicidad”, no se engaña, su negocio, tal como está ahora, no es perfecto. Me pide que no ponga su nombre ni la ubicación de su billar porque tiene miedo. Teme perder la licencia.

—Aquí todos me conocen. Saben que soy buena vecina, que cumplo con todo lo establecido; pero no quiero clientes nuevos, con los que ya tengo me va muy bien. No puede ser que hoy un funcionario me dé la licencia y mañana venga otro y me diga que no se ajusta a mi actividad. Esto tiene que tener un orden.

“Además, nadie se pasa tres horas jugando billar sin consumir nada. Eso no se lo cree nadie. A veces, a los clientes más cercanos que ya son como amigos, les brindo un jugo o les subo unos pepinos de agua, pero de mi propia inspiración. No les puedo vender ningún líquido”.

—¿Por qué no?

—Porque la licencia no me lo permite. Cuando fui a preguntar al Ministerio del Trabajo qué licencia podía sacar para alquilar mi mesa de billar, no me supieron decir.

“Aquí lo más común es que alguien que tenga un bar ponga una mesa como una diversión extra para los clientes, pero en mi caso, yo solo tenía la mesa y no puedo vender ningún líquido ni alimentos a los míos. Por suerte me encontré con una funcionaria con ganas de hacer su trabajo que me ayudó. Me dijo que sacara la licencia de entrenador personal de deportes, que era lo que más se acercaba, porque, en definitiva, el billar es considerado un deporte, ¿no?”.

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El billar en Cuba es cosa vieja. Sin embargo, su relación con las apuestas y los juegos de azar provocó que el nuevo régimen social instaurado en 1959 tratara de borrarlo de un plumazo de la nueva realidad del país.

Hoy no son pocos los negocios particulares que han montado clandestinamente sus propias mesas de billar en restaurantes o en casas de rentas, como una opción más de entretenimiento para sus clientes. ¿Y las apuestas?, subsisten, de la misma forma que en un estadio de béisbol se juegan sumas inimaginables si gana Industriales o si por fin Matanzas se corona campeón.

La diferencia es que la pelota es el deporte nacional a la vista de todos, y el billar es visto como una práctica bicentenaria de raíces burguesas. Aunque el billar es candidato a incluirse en la Carta Olímpica desde que en febrero de 1998 se reconoció como deporte por el Comité Olímpico Internacional,  las autoridades cubanas no lo entienden como tal.

En esa lucha perenne por defender el derecho a la práctica deportiva del billar son varios los nombres que pudieran mencionarse, desde el de Rubén (Picolino) Aguilera, precursor de la masificación del billar en los círculos sociales en la década del 80, hasta otros más recientes como Pancho en el Canal del Cerro, de La Habana, o el cirujano maxilofacial Osdani Cancio, en Sancti Spíritus. En Matanzas destacan dos hombres que han dedicado buena parte de sus vidas al desarrollo de un movimiento deportivo del billar en el país: Guillermo (William) Santana y Carlos Moreno.

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Transcurría el año 1994, el más duro del Periodo Especial y Carlos se volvió loco, decían sus amigos. Echó par de mudas de ropa en su mochila y se fue a recorrer la Isla en busca de todos los jugadores de billar para hacer un campeonato nacional. Pero su aventura rindió frutos: en 1995 se realizó en Jovellanos, provincia de Matanzas, el primer torneo nacional, en la modalidad de Chicago.

“En el 97 ya había más organización, otros jugadores se enteraron de nuestros torneos y se integraron,  pero a la vez iban desapareciendo las mesas de billar en los círculos sociales. Se hacía muy difícil practicar para las competencias”, dice.

En esa misma época, Guillermo (Wiliam) Santana comenzó a armar su primera mesa con unas vigas de pinotea y unas pizarras de billar milagrosamente rescatadas. “Estéticamente era un desastre, pero allí ya podíamos entrenar”.

Con los años vendrían las reparaciones y transformaciones, hasta que se enteró de que alguien por Los Mangos (en Matanzas) tenía una mesa original arrimada a un rincón y allá fue a dar, para comprársela. “Luego un amigo me hizo otra con angulares y granito”. Así nacería, en el patio de su casa, su club de billar. Varias han sido las generaciones de billaristas que se han formado allí, desde su hija Lisset, que fue toda una sensación local en su momento, hasta Vladimir de Armas, uno de los tres mejores de la disciplina en el país actualmente.

Guillermo Wiliam Santana con su alumnos. Foto cortesía del entrevistado.

Carlos, por su parte, se mudó en el 98 para Cárdenas. “Ya estando aquí comenzamos a ponerle más seriedad y organización al movimiento, pero encontramos mucho rechazo a todos los niveles, tanto en el gobierno, como en el Partido; que si el billar era un juego de dinero, un vicio… y tuvimos que cambiar esa perspectiva para que la gente lo viera como un deporte.”

Juan Carlos Álamo, metodólogo de Recreación del Instituto Nacional de Deporte, Educación Física y Recreación (INDER) en Cárdenas, ha sido su compañero de lucha, y no pocos disgustos se ha buscado. Esgrime la Resolución 54/2012, del INDER, que avala el desarrollo de los juegos tradicionales, ha amparado el desarrollo de este proyecto comunitario, porque el billar en Cárdenas es realmente una tradición.

Entre Moreno y Álamo han delineado los estatutos y reglamentos de los campeonatos. Nada de bebidas alcohólicas o cigarros en el área de juego, y cero griterías porque el billar es un juego mental y lleva mucha concentración. Ni hablar de apuestas. De hecho, Carlos cuenta con su propio equipo de seguridad para velar que nadie se “ponga pesado” o viole lo establecido.

Más de 80 jugadores de 13 provincias se dan cita cada año en Cárdenas. Y con medios propios realizan las competencias.

Poco a poco se han distinguido tres copas: la Ciudad Bandera, que es la nacional; la Copa Elite, que se realiza con los 32 mejores jugadores y tiene carácter selectivo, y la Rubén (Picolino) Aguilera, que se realiza con algunos jugadores invitados. Según los resultados alcanzados por cada jugador se ha hecho un ranking nacional.

Desde hace algunos años se compite en las modalidades de bola 9 y 10, que son las más practicadas a nivel internacional. Según Carlos y William esto favorece la preparación de los deportistas cubanos, para que una vez aprobada la Federación Cubana de Billar, los jugadores puedan estar al mismo nivel de los de otros países.

Junto al movimiento adulto, va creciendo el infantil. En estos momentos Cárdenas cuenta con unos 40 niños en las categorías de 7 a 14 años. Matanzas tiene un grupo menor y Santi Spíritus también ha formado su equipo.

“Desde 1994 Cárdenas ha ganado 7 títulos nacionales por equipos y 15 individuales, sin contar los segundos y terceros lugares. En esta última copa nacional ganamos 4 de los 6 trofeos en disputa”, cuenta orgulloso Moreno, quien se gana la vida como informático de la Corporación CIMEX, pero vive por su pasión: el billar.

Carlos Moreno después de la última competencia. Foto cortesía del entrevistado.

Él, además, tiene una patente de cuentapropista como operador de equipos de recreación, que le permite poner parte de los ingresos recibidos en función del billar, pues, aunque reciben muchos donativos de ex-jugadores que emigraron hacia el extranjero, siempre hace falta comprar algunos implementos como los paños, bolas, yeso, tacos, que son carísimos, o subsidiar de su bolsillo parte de los gastos de los eventos.

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No todos los espacios donde se juega billar están ocultos o tienen trabas. El billar del hotel Kohly, que opera bajo la gestión del grupo hotelero Gaviota, del sistema empresarial de las Fuerzas Armadas, es uno de los más populares de La Habana. En el área recreativa hay una mesa y una bolera. La entrada al local cuesta 10 cuc por persona, a consumirlos dentro sin límite de tiempo. El área también cuenta con un bar donde se expenden varias bebidas, incluidas las alcohólicas. Está abierto todos los días hasta las 2:30 a.m.

Como este, hay mesas de billar en otras instituciones recreativas o turísticas en el país. Varadero entre ellas. Allí no predomina una visión deportiva, si no meramente económica; pero bajo recaudación estatal.

—Acá tenemos todo tipo de clientes, pero sobre todo vienen muchachos jóvenes de todas partes de la ciudad. El billar siempre está lleno, o sea, la mesa siempre tiene cola. Es muy popular. Sí vendemos bebidas alcohólicas pero es un ambiente muy tranquilo. Alguna que otra vez uno se ha pasado de tragos, pero nunca se ha dado una situación de peleas ni nada de eso. Es un juego sano. Aquí vienen a divertirse y a relajar. El precio puede ser un poco alto para los jóvenes, sobre todo los que son estudiantes, pero entendemos también que aquí no viene todo el mundo. Como mismo no todo el mundo se hospeda en un hotel, dice quien se nos prsenta como Alberto, encargado de recreación del Hotel Kohly.

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Como Heydi, Norma también pide anonimato para ella y su billar. Teme que le decomisen la mesa comprada con dinero de la familia. A diferencia de Heydi, Norma no tiene licencia como cuentapropista. Ella insiste en que no cobra un centavo a los que juegan en su mesa, la mayoría, vecinos, jóvenes del barrio de Nuevo Vedado y amigos de sus nietos adolescentes.

—A veces, cuando me llaman por teléfono para saber a cómo alquilo el local, digo que tienen el número equivocado. Solo dejo pasar a los que conozco del barrio y los que vienen recomendados. Esto aquí siempre ha sido muy tranquilo y así quiero que siga.

—¿Y cómo mantiene el local?

—Como todo el mundo, ¡inventando!, ¿Entiendes?

—Pero el muchacho que me habló de este lugar dijo que cobraba la entrada por persona a 10 CUP y la hora de juego a 1 CUC.

—Bueno, mira, ahora mismo los que están jugando son todos amigos de mis nietos que vinieron a celebrar los resultados que sacaron en la escuela. Puedes entrar y preguntarles.

— ¿Y a los demás?

—… — Norma se encoge de hombros.

Ella encargó su mesa original en el extranjero. Su familia quería garantizarle una entrada monetaria que le permitiera hacer dinero sin salir de la casa y una oportunidad de ahorro para su futuro.

—Preparamos el último cuarto de la casa para el negocio y fui directo a sacar la licencia a la dirección de Trabajo del municipio (Plaza). ¿Puedes creer que me dijeron que para eso yo no podía pedir licencia? Me quedé fría. No pedí directamente la de entrenador deportivo aunque un amigo del Cerro me lo había recomendado, solo llegué, dije que tenía una mesa de billar y que quería pagar el impuesto por alquilarla. Se supone que allí deben darte asesoría y enseñarte el camino correcto para que tu negocio sea legal. Honestamente, yo no entiendo cómo pueden despreciar así a alguien que va con la mejor intención de hacer las cosas bien y pagar lo que debe. ¿Qué me hago yo entonces?, ¿Boto la mesa?, ¿La dejo ahí cogiendo polvo? No la compré para jugar yo. De algo tiene uno que vivir.

La cantidad exacta de mesas de billar en Cuba no se puede calcular, no hay estadísticas al respecto. Unos las han maquillado con licencias de trabajo por cuenta propia de otra actividad, otros operan clandestinamente y solo el Estado puede montarlas con tranquilidad. Lo que no se puede ocultar es interés de las personas de jugar, como deporte o por entretenimiento.