Hasta finales del pasado siglo Cuba tuvo resultados destacables en la velocidad del atletismo masculino. Nunca fuimos Estados Unidos ni la actual Jamaica, pero las marcas y medallas de Rafael Fortún, Enrique Figuerola, Hermes Ramírez y Silvio Leonard, entre otros, demuestran que, para la época, estábamos en la comida. Incluso, hasta los años noventa, los relevos varoniles 4×100 lograban colarse en podios de competencias de nivel. Sin embargo, desde hace varias décadas nuestra velocidad se fue desacelerando.

¿Qué pasó? Los especialistas tienen varias teorías enfocadas en cuestiones materiales y metodologías de entrenamiento. Yo tengo una muy particular. A mi juicio, la causa de la extinción de los velocistas hay que buscarla en el Período Especial, pero no en la alimentación o el deterioro de las instalaciones deportivas como la mayoría podría suponer, sino en otra cuestión al parecer intrascendente, pero en realidad determinante: los calzoncillos. Sí. Me explico.

El eufemismo denominado Período Especial en Tiempo de Paz significó para Cuba la carencia de casi todo lo imaginable, incluyendo la ropa interior. Ante esta situación, la necesidad, que es la madre de la inventiva, parió dos soluciones básicas. La primera y más elemental, tuvo un carácter naturista, libertario y hasta histórico si se quiere: prescindir del uso de ropa interior y andar “a la bola” como popularmente se dice.

La segunda fue retomar la producción artesanal de calzoncillos, comúnmente llamados “trusas”. Estos eran fabricados familiarmente a partir de otras prendas de vestir o recortes de telas, incluida el muy caliente poliéster que puso en riesgo la reproducción de la especie y pudiera ser una de las causas de los problemas de fertilidad que hoy se observan en el país, pero ese es tema de otro análisis.

El caso es, para no desviarme, que un componente esencial de la ropa interior es el elástico, también entre los desaparecidos del Período Especial. Como sustitución, dos variantes fueron las más comunes: 1- Cordones que se amarraban con un lazo; o 2- Cualquier material con propiedades elásticas como preservativos empatados con nudos —una opción para privilegiados— o ligas de recámara de bicicletas recortadas en tiras finas.

Colecciones

Sin embargo, en cualquiera de ambas variantes estamos en presencia de una solución parcial que no cumple a cabalidad con la función primordial del elástico de la ropa interior, que no es otra que evitar que esta se deslice hasta las rodillas. Por ello, el uso de aquellas “trusitas” obligaba a que incluso en condiciones de reposo, hubiera que rectificar cada cierto tiempo el amarre o levantarlas disimuladamente con ayuda de las manos y ligeros movimientos de caderas cuando se sentía que iban “para el piso como Paulito”. Y si eso era en condiciones de reposo, ya pueden imaginarse corriendo…

Durante mis clases de Educación Física —y aquí radica parte de la cientificidad de mi hipótesis explicativa— pude observar cómo esta dificultad con los elásticos fue afectando la mecánica del desplazamiento, que es un elemento clave en las carreras de velocidad. Como nadie quiere llegar a la meta dando salticos con la ropa interior en los tobillos y mucho menos perder los dientes durante la carrera por un calzoncillo enredado entre las piernas, los jóvenes atletas empezaron a adoptar prácticas y posturas que a la larga constituyeron deformaciones casi irreversibles de la técnica.

Dos fueron las más características. La primera era correr con una mano en la cintura, aguantando el calzoncillo, lo cual obligaba a prescindir de una parte del impulso que se genera con el movimiento de las extremidades superiores, poniendo a los atletas cubanos en condiciones de desventaja respecto a los de otros países.

La segunda, separar las rodillas al correr y abrir las piernas para evitar que la ropa interior continuara en su inevitable descenso. De esta forma se limitaba considerablemente el largo de la zancada, además de que producía un molesto bonchecito entre el público nacional que emparentaba aquella postura con la ocurrencia imprevista de alguna necesidad fisiológica.

En el caso de la opción de correr sin ropa interior, esta también tenía consecuencias negativas sobre la técnica de desplazamiento, debido a la molestia que provoca el movimiento de los genitales, sobre todo cuando estos han alcanzado cierto desarrollo, pues además de golpearse contra los muslos suelen adoptar posiciones incómodas respecto a las costuras de las entrepiernas en shorts y pantalones.

De esta manera y explicado con apego a la terminología marxista, las modificaciones en uno de los elementos de la infraestructura —elástico de los calzoncillos— provocó cambios en la estructura de la actividad —formas de correr— que en algunos casos conllevaron a modificaciones supraestructurales —en las concepciones sobre cómo se debe correr—, al punto que, todavía hoy, algunas personas de esa generación al caerle atrás a una guagua se aguantan el calzoncillo, como un reflejo condicionado.

Posiblemente esta teoría sobre el declive de los velocistas en Cuba no será debidamente considerada por la comunidad científica ni la prensa especializada, no obstante, incluye evidencia empírica imposible de obviar. Además de los elementos ya mencionados, está el hecho de que en la actualidad, una vez que los paquetes del exterior y los meroliqueros que viajan a Cancún, Guyana y Panamá han contribuido a superar —algo— las carencias de ropa interior, se han producido marcas esperanzadoras, como el 9.98 conseguido por Roberto Skyers en el último Memorial Rafael Fortún celebrado en Camagüey en febrero.

Por tanto, consciente de la calidad de estos argumentos, no voy a enfrascarme en discusiones estériles con quienes intenten ridiculizar mi peculiar teoría. Más bien, esperaré a que el tiempo me dé la razón y entonces increparé a los escépticos cuando en el futuro inmediato comiencen a resurgir los Fortún, los Leonard, los Figuerola y quizás, por qué no, hasta tengamos un Usain Bolt cubano; uno con los pantalones o mejor dicho, con los calzoncillos bien puestos.

 

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