Este artículo también podría tener un subtítulo: Diez productos que no hacen falta para vivir pero que hacen la vida más vivible.

En Cuba se ha extendido la concepción o filosofía, de que el disfrute de las minucias es nocivo para la prestancia de espíritu y la disposición a la resistencia.

Lo anterior no lo he leído en ningún manual de cómo hacer férrea el alma de la ciudadanía —más allá de lo que en sus distintos momentos propusieran Licurgo en Esparta y Gaspar Rodríguez de Francia en Paraguay, con milenios de diferencia— pero salta a la vista cuando observamos la vida cotidiana cubana.

Nadie hubiera podido adelantarse a anunciar que la filosofía estoica tendría tanta aceptación en Cuba, y que nuestra aparente gozadera o alegría desenfrenada no se puede probar más allá del reguetón y las carnavalescas canciones de Laritza Bacallao.

Nosotros, los cubanos, parecemos condenados, por ser faro de América y del Tercer Mundo, a no dejarnos llevar por el consumo y sobre todo por el consumismo, aunque la gente de aquí lleve décadas burlándose de nuestra miseria cuando dicen que sí tenemos consumismo: consumismo pantalón, consumismo par de zapatos, etc.

Como somos el único país de América que no tiene Supermercados con “de todo”, como se dice en Cuba, y no por decisión popular sino porque los funcionarios lo han decidido por nosotros, entonces tenemos algo que otros no: una gran ansiedad por llenar un carrito de tienda, aunque sea para dejarlo parqueado en la puerta del establecimiento, al menos para entrenar.

Yo propongo que cuando se haga el referendo para aprobar o no el Código de Familia, se incluya una boleta con otras preguntas, una de ellas podría ser si el pueblo quiere vivir para siempre sin pasas; aceite de oliva; queso con huequitos; leche líquida; carne de res; mantequilla tipo mantequilla con sabor a mantequilla; manzanas y peras o al menos nísperos y marañones, que no tengan el precio de la manzana de Blancanieves; pescado sin bigotes y sin baba, como aquel que vendían cuando éramos tan tontos, que nos cansamos de la merluza y el calamar; jamón de agua, fíjense que no digo serrano, ni pata negra, ni nada de eso, no, digo jamón de agua, o de seis pesos, como le decíamos cariñosamente en los 80.

Y paro, porque la lista anterior puede ser demasiado larga y porque ya me ha picado el pudor del que les hablaba al principio del artículo. No puedo sino tener vergüenza de estos anhelos porque sé que medio mundo siente hambre, está más jodido que nosotros, está más desolado, más expuesto a las guerras y a la inseguridad.

Pero por eso mismo quiero reivindicar nuestro derecho a ser menos frugales o, al menos, a decidirlo soberanamente. Yo creo que el socialismo puede ser riqueza a chorro lleno, como anunciaba el pobre Carlos Marx, yo creo que no somos menos revolucionarios por mojar un pan patriótico en aceite de oliva de algún lugar del Mediterráneo; que merecemos disfrutar de las cosas menudas de la vida, como mortales imperfectos que somos y hasta podemos marchar en la Plaza de la Revolución con la barriga llena de mayonesa hecha en Cuba, y podemos arremeter contra el enemigo desde una trinchera, con la cabeza puesta en el amor que hemos dejado en casa y con el recuerdo vivo de una fiesta familiar donde un día comimos carne asada.

La cosa del pueblo