Los sex shops o tiendas de sexo abundan en ciudades de España, Canadá, Estados Unidos, México, Colombia, Argentina y otros países. Con la apertura del trabajo por cuenta propia, en Cuba se autorizaron empleos tan surrealistas como forrador de botones. Quizás por paranoia genital o sexofobia, la lista no contemplaba al “vendedor de consoladores, dildos u otros objetos destinados al placer”.  Desconozco cómo se dictamina cuáles son las costumbres sexuales adecuadas y cuáles, las subversivas.

Este archipiélago del trópico, famoso por sus ardientes machos y mulatas frondosas, carece de comercio legal con juguetería erótica.  A pesar de las restricciones, hay quienes ansían esa porción prohibida y buscan el placer en la travesura solapada. Anunciados por Revolico, ocultos en equipajes foráneos o en alguna casa clandestina los “artefactos” también encuentran compradores.

El 8 de diciembre del 2007 el periódico Juventud Rebelde publicó  el titular “Aumentan pacientes que introducen cuerpos extraños en el recto o la vagina”. Me hizo gracia. Un rótulo raro en nuestra prensa. Las oscuras tentaciones de la ingle suelen provocar espasmos moralistas. A pesar del discurso entre aleccionador y jocoso, era una nota valiente y confirma que en el mercado nacional quizás la oferta se muestre inmunodeficiente, pero la demanda ha estado en moda.

Desde 2011 un grupo de jóvenes diseñadores se unieron en el proyecto DiaHavana  con la intención de rediseñar límites. Aunque han realizado la ilustración gráfica para varios negocios citadinos, sueñan con otros que aún no cuentan con el amparo de la legalidad, entre ellos el sex shop Luz roja. Su proyecto, por ahora solo visible en un ilusorio dossier, incluye coberturas para cada objeto “picante”, lencería femenina, catálogos. Está por verse cuándo podrán los creativos emprendedores materializar tal propósito.

Aquí seguimos sonrojándonos al solicitar, con la voz más angelical del repertorio, una caja de condones a la dependiente; mientras en el mundo las grandes farmacias y supermercados como CVS, Walgreens, Kroger, Safeway, Target y Walmart incluyen entre sus productos a los vibradores. Solo en 2012 sus ventas superaron los 4.4 millones de dólares. Tal vez alguna pareja criolla quiera probarlos una vez agotados sus ardides  para reinventar la pasión cada noche; o alguien, hombre o mujer, desee autocomplacerse  penetrándose con sugestivas formas. En muchos sentidos somos buenos renacentistas, alfabetizamos y llevamos la luz de la enseñanza a cada apartado rincón; pero, impedimentos de este tipo me hacen sospechar que en materia sexual nos estacionamos en el medioevo.

Algunas feministas creen que el consolador ha significado más para la emancipación de la mujer que el voto, la igualdad política y los sueldos igualitarios. Me agrada la idea de que cada una llevara en el bolso su propio falo para estimularse sin necesidad de contrapartes. No pretendo defender lujuriosas perversiones frente a tantas necesidades más básicas e imperiosas: el petróleo, la papa, el papel higiénico…. Ya lo dijo un literato muy listo, “todo se trata de sexo, excepto el sexo”.