Por sus quince años, Susana pidió pasar una semana en un hotel de Varadero y una fiesta en la playa con sus amigos. Además de las fotos (que costaron alrededor de 400 dólares) y los regalos, tenía una lista de deseos, estilo Amazon. La mueca plañidera en la que transformó su rostro cuando le preguntaron “¿A qué se dedica tu mamá?” sintetiza el conflicto de las familias de un grupo bastante amplio de muchachas cuya enajenación como adolescentes puede llegar a ser, por momentos, alarmante.

“Desde que empezó el curso, todas las niñas de la escuela estaban en lo mismo. Es lo que tocaba. Nadie quería ser menos”, dice ella en un arranque de espontaneidad. Todas quieren -casi todas quisimos- ser princesas. Pero ahora la presión social, no solo entre adolescentes, hace de esa ilusión una meta en la que va la vida. Hay un estatus en juego.

La presión es además homogénea: las jóvenes aspiran a los mismos patrones y, lejos de la ansiada originalidad, terminan pareciéndose demasiado unas a otras. Las quinceañeras cubanas son hoy víctimas de un mercado que no solo se traga sin piedad sus ingenuas pretensiones de rockstar, sino también del presupuesto de sus familias, en ocasiones, ahorrado durante años.

Los padres, sin una visión crítica respecto a estas ceremonias, también permiten e incitan la superficialidad.

La madre de Susana fue a trabajar a España con este fin. Allí solo pudo desempeñarse como cuidadora de ancianos. Pasó frío. Estuvo sola por dos años en el viejo continente: “Al final no pudo traerme el IPhone que me había prometido y uno no promete cosas si no las va a poder cumplir. Pasé meses soñando con un teléfono así”, dijo su hija. Quizás es cierto, no se promete lo que luego no se puede cumplir.

Vestidas y dispuestas a celebrar su día. Foto: Kako

El rito

Las cuatro jóvenes llegaron puntuales. De hecho, estaban encantadas con la idea de socializar sus experiencias como nuevas quinceañeras… hasta que el grupo de discusión se fue desarrollando, aumentó la confrontación y afloraron otras diferencias sobre sus respectivas jornadas de celebración.

“¿Qué quería? Un momento único. Reunir a todos mis amigos y familiares, ir a un lugar nuevo, comprarme bastante ropa, fiesta… Me dijeron que pidiera y pedí”. Violeta, 15 años.

“A mí me anunciaron que tenía que elegir entre una gran fiesta y las fotos, así que, claro, preferí la segunda opción. Era lo que más quería, guardar ese recuerdo”. Patricia, 15 años.

En cambio, Olivia, menos interesada en el asunto, terminó por ceder ante la insistencia de su madre, quien deseaba celebrarlo “por todo lo alto” y proporcionarle los gustos “que a ella no pudieron darle cuando joven”.

Recuerdo que también los sociólogos Yaineris Pérez y Armando Rangel afirman en su texto Quince años: impacto social y familia* que en estos rituales de iniciación (como clasifican a esos festejos) se expresan desigualdades sociales ya existentes, reproducidas en el tiempo. Los investigadores demuestran que no es lo mismo una fiesta en la calle 70 y 29 F (barrio obrero) que ese mismo brindis a unas cuadras —y niveles económicos— de distancia, por quinta avenida (barrio residencial).

Maquillarse, ‘arreglarse’ el pelo y las uñas (o ponerlas de silicona), las fotos, el video, la fiesta, la salida, la compra de ropa y accesorios… Aunque existen muchas ofertas, el costo de toda la ceremonia sobrepasa hoy, como promedio entre las entrevistadas, los mil dólares. No es una cifra a la que todas las familias cubanas puedan llegar, pero la mayoría de las veces es, como mínimo, el estándar anhelado.

“Lo más importante eran las fotos [todas están de acuerdo]. Es una de las pocas oportunidades que una tiene de verse así, perfecta como una modelo. Quería contratar  a la gente de Eikon Habana, que son de los mejores, por eso cobran tanto. Y así lo hice”. Es Patricia nuevamente.

Han venido con sus álbumes, prácticamente con la factura y el diseño de una revista de moda. Las imágenes funcionan, por el momento, como tarjeta de presentación.

No obstante, la mayoría de estas fotos no reflejan lo que las jóvenes son, sino lo que quisieran ser. Constituyen un —atractivo, sí— alarde de vanidad.

Las hojeo durante largos minutos y pienso que si en el futuro alguien decide estudiar a las quinceañeras cubanas de hoy, deberá comenzar por estas representaciones.

Maquillando a la jovencita. Foto: Kako

El rito ha sido definitivamente reelaborado. Las condiciones sociales que le dieron origen se extinguieron; obviamente las familias no asumen esta tradición con la intención de exhibir a sus hijas, listas para el matrimonio. Nadie las “presenta en sociedad”, por el contrario, ahora ellas se presentan solas.

“Ya es más fácil salir los fines de semana. No hay que pedir tantos permisos, más bien dinero”, ríe. “En mi casa se trata más de informar a dónde voy que de rogar para que me dejen salir”, dice Violeta.

Susana se rasura las piernas desde los doce años. Con esa edad a Olivia le fue permitido tener su primer novio “formal”. A los trece, Violeta tuvo su primera relación sexual. En ese punto Patricia comenzó a sacarse las cejas, pero ya desde antes le permitían maquillarse y salir sola con sus amigos, mayores por lo general. La temprana sexualización de las niñas en Cuba ya no es un secreto. Aceptarlo es también el primer paso para entenderlo y manejarlo como sociedad.

¿Estás satisfecha con tu cumpleaños?, le pregunto a Susana. Pudo haber sido mejor, responde, indolente. Ya para siempre, lo prometido por su madre es deuda.

 

* El artículo aparece en el libro Cuba etnográfica, publicado por la Fundación Fernando Ortiz en 2014.