Existe una guerra sorda en Cuba entre los seguidores del reguetón y los que lo critican y detestan.

Los primeros, al compás de la vida, lo bailan y lo escuchan en taxis y cuando caminan, como si se tratara de música instrumental.

Los segundos lo odian porque representa violencia, machismo, disminución de la música a esquema tribal y porque en secreto se han descubierto creyéndose maestros del perreo, nombre del baile espasmódico que el reguetón propone.

Se supone que somos un país culto pero el reguetón prendió aquí con tanta fuerza como el marabú, tal vez porque en ambos casos es propicio para su proliferación un suelo abandonado.

Al marabú ahora lo convertimos en carbón exportable y en madera pesada para la construcción de muebles. Pero todavía no sabemos qué sacarle de bueno al reguetón.

Hasta ahora tenemos, como producto líder de la industria del reguetón, una ciudadanía que se comporta en la vida cotidiana como si estuviera en medio del perreo de un video clip y que considera sano que los niños y niñas de Cuba crezcan oyendo y aprendiendo de la salvaje belleza de canciones que matan el idioma, la decencia, el amor romántico, la ternura, y por ahí todo lo demás que llamamos virtud.

¿Pero no será que padecemos del mal de la inadaptación y que no entendemos que vivimos un cambio de época, la muerte de un estilo de vida, la desaparición de un universo de valores, el triunfo de la irracionalidad y la violencia, la victoria de la tosquedad, el fin de la literatura, de la poesía, de la caballerosidad, de las damas y las señoritas?

¿No será al fin que debía morir todo aquello que nos hacía movernos, todo aquello que nos movilizaba, para que naciera este otro mundo de jóvenes afeitados de pies a cabeza, dibujados de tatuajes, expertos en computación y telefonía celular, que dejaron detrás la vida pausada, a Dostoievski, a Martí y a toda nuestra moral cristiana de sacrificio y dolor?

Ya no sé si deberíamos todos definitivamente perrear en cada esquina, hacernos de un uniforme de reguetonero, o al menos de charanguero, que es otra versión de lo mismo, comprarnos una gorra de visera gigantesca, una cadena dorada como para atracar un barco mercante, unas gafas espectaculares para tapar el sol y cualquier otra luz, una camiseta de tres tallas mayor que la nuestra de un equipo de fútbol americano, un abrigo de visón perfecto para el trópico ardiente y hacernos acompañar de un ejército de mujeres hermosas, sin preguntarnos por sus derechos ni nada por el estilo.

Quizás seamos nosotros los descompasados, los que esperamos que la vida se resuelva mediante la entrega de otra vida, los que esperamos un desatador de entuertos, los que creemos en héroes y en la lindura de enamorar con cartas perfumadas.

El reguetón se ha impuesto, ha ganado la batalla decisiva de las secundarias básicas, de las escuelas primarias y las fiestas juveniles. Ningún joven hoy oye sin ver, la música ya no se escucha, sino que se realiza audiovisualmente, y los videos de reguetón acompañan la vida de nuestras nuevas generaciones.

La cultura del reguetón ha desbordado la del pop, la de casi toda la música, la de los espectáculos. Las antiguas divas almibaradas tuvieron que calzar calenticos para cantar reguetones o ya nadie las oía más.

El reguetón le queda perfecto a despolitización. No hay nada más parecido a un reguetonero que un burócrata cubano. No hablan español, solo se entienden entre ellos, naturalizan el maltrato, no proponen nada nuevo, no cambian nada de lo que molesta, te piden que goces cuando más encabronado estás y no entienden por qué la gente habla mal de ellos.

La política en Cuba se ha convertido en un reguetón intenso. El perreo es transmitido por todos los canales. El mal gusto y la irracionalidad, la falta de ideas frescas, la repetición de estribillos aburridos y groseros inunda los periódicos. Las elecciones no son para elegir candidatos sino para votar por la patria o el líder ya fallecido.

Si en las últimas elecciones el pueblo hubiera cumplido con el llamado de votar por la patria, por Fidel o la unidad, todas las boletas hubieran quedado anuladas porque la patria, Fidel y la unidad no eran candidatos.

En las últimas elecciones para constituir el Consejo de Estado los elegidos para los más importantes cargos ya tenían sus discursos de investidura escritos e impresos, antes de realizarse las votaciones y no se ocultaron para leerlos delante del mundo entero.

No creo que debamos quejarnos del reguetón. Gobierna en los bares, las fiestas y las asambleas.

Ahora nos toca decidir si perrear o resistir.

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