Si se disputa un partido de béisbol, allí los muchachos no pueden jugar al fútbol. El campo está en medio de un estadio de pelota y a los peloteros no les gustan las interrupciones cuando están entrenando.

Por eso los improvisados futbolistas de esta zona llegan a las cinco o las seis de la tarde, alegres y gritones. No les importa la lluvia, si cayera. Vienen de la escuela, a veces con el uniforme puesto y el traje guardado en la mochila; llegan del trabajo, se escapan de su casa, se toman un tiempo después de ganarse la vida.

Sus edades oscilan entre los diez y los cuarenta años. El tamaño también es variable. Va desde el metro y medio hasta el 1.96 de un negro casi gigante que practica voleibol en la escuela de deportes. Muchos son flacos, también los hay obesos.

Para los muchachos no habrá Santos FC, cazatalentos, Boca Juniors, escudetto o Botín de Oro
Vienen descalzos, bien vestidos, astrosos, generalmente sin canilleras, con zapatos viejos, pulóveres repletos de agujeros, usan auténticos botines de fútbol. Algunos visten camisetas del uruguayo Luis Suárez, del equipo Brasil o del Villa Clara. De esos, dos o tres han recibido su equipamiento del extranjero, otro heredó el traje de un amigo, aquel se ha vuelto mago reciclando su propia ropa. Unos pocos se pavonean, orgullosos, con el uniforme completo, cortesía del párroco de la Iglesia Católica, que es fan del deporte y a veces les sirve de sponsor.

El pueblo tiene casi 10 mil habitantes y ningún terreno de fútbol. Se llama Esperanza, y esperanza es lo que les sobra a estos muchachos. Quizás ninguno de ellos vaya a una Olimpiada ni a un mundial de fútbol, pero son campeones mundiales en evitar lesiones, tienen tobillos de acero y son pichichis de una sola tarde.

Saben qué hacer cuando el balón cae en un yerbazal o para no resbalar en la arena que rodea el home beisbolero. Han aprendido cómo ganar la guerra del pie contra el botín, cómo barrer una pelota sin sacarse sangre con las piedras y a reconocer a sus compañeros de equipo entre tantos “uniformes” disparejos.

Las reglas de los torneos de fútbol en Esperanza son simples: Evitar que el balón golpee a los carneros que pastan pegados al muro o a los caballos que podan la hierba junto a una de las porterías. Si por una casualidad de la vida eso ocurre, el balón pasa al equipo contrario.

Se cobra tiro de esquina cuando el balón sobrepasa una de las porterías. No hay árbitros, jamás se pita una falta a no ser que un jugador quede tendido en el campo.

Cada partido son varios partidos. Está el principal, que se juega en el terreno y con las porterías de madera o tubos metálicos. Los que esperan también se entretienen haciendo dominio con un balón viejo y medio desinflado o practicando las gambetas que harán cuando les toque jugar a ellos. Y está la liguita de los pequeños, niños de entre cinco y diez años que no pueden entrar en este deporte de alto riesgo. Para que no se aburran, los mayores les permiten pasarse, a la vera del terreno y patear ¡una pelota de básquet!

Estos muchachos han trastocado la tradición deportiva y son quizás la primera generación de cubanos que puso al fútbol por encima de la pelota, el deporte nacional. Según ellos, prefieren el balompié no porque sea más promocionado (como dicen los comentaristas de la televisión nacional) sino porque es más barato. “Compras una pelota y están corriendo 22 personas”, dicen con la convicción de quien ha sacado bien las cuentas.

“Están bien”, dice un hombre que los observa junto a mí, y se refiere a la leyenda de que Pelé jugaba con un coco y Maradona con una media. Yo no digo nada, pero estoy en desacuerdo con él. Para estos muchachos no habrá Santos FC, cazatalentos, Boca Juniors, escudetto, Botín de Oro ni siquiera balón oficial. Su fin es irse del terreno casi anocheciendo y colgar la ropa del fútbol hasta el otro día o hasta el último día que puedan seguir jugando.

Es una rutina que no varía ni siquiera cuando se van de Esperanza. Cuando llegan a otro pueblo, estos muchachos invencibles buscan enseguida a los fanáticos locales y los convencen para que los inviten por la tarde, esa misma tarde, a echar un partidito.